El mensaje perdido
- Escrito por Alberto Vila
- Publicado en Opinión
El periodismo está en crisis y con él la esencia propia de la democracia. Abundan los publicistas o propagandistas, pero, los periodistas, escasean. Esta situación produce informaciones falaces. Contenidos inciertos. Fuentes ficticias o notablemente inconsistentes. Ello, contradice el principio de que el periodista tiene un compromiso con la búsqueda de la verdad, desde sus creencias genuinas. Esto, máxime cuando en el mundo de la política se considera a la mentira como una herramienta más de la gestión y la ética se ausenta de sus obligaciones. Los mensajes se retuercen y lo falso se convierte en propuesta.
Tal vez Ryszard Kapuscinski, expuso la situación del ejercicio profesional cuando definió que:
“La revolución tecnológica ha creado una nueva clase de periodista. en estados unidos les llaman media worker. los periodistas al estilo clásico son ahora una minoría. La mayoría no sabe ni escribir, en sentido profesional, claro. Este tipo de periodistas no tiene problemas éticos ni profesionales, ya no se hace preguntas. Antes, ser periodista era una manera de vivir, una profesión para toda la vida, una razón para vivir, una identidad. Ahora la mayoría de estos media workers cambian constantemente de trabajo; durante un tiempo hacen de periodistas, luego trabajan en otro oficio, luego en una emisora de radio… no se identifican con su profesión”
De este modo, las redes permiten hoy que activistas, blogueros y periodistas independientes, produzcan contenidos informativos en su mayoría gratuitos. Curiosamente, es el territorio preferido de las fakes news. Además, los que interactúan son a la vez consumidores y productores de información. A estos, Alvin Toffler, en su ensayo “La Tercera Ola” de 1980, los bautizó “prosumidores”. Desde ese momento el mensaje se extravió. El trumpismo dio fe de ello, aunque no fue ni el primero ni el único.
Desde la primera década de este siglo los mecanismos han ido cambiando. Entonces, en las redacciones los periodistas eran quienes redactaban la mayoría de las noticias. Pese a que una gran parte de los estadounidenses se informaban a través de la televisión, la mayoría de reportajes e historias se escribían en las redacciones de los periódicos. Esto ha ido cambiando con la dinámica de las redes sociales y los prosumidores.
Ello obligó a los periódicos a hacer lo mismo en la predominante modalidad online. Si a ello sumamos la dudosa fiabilidad de la fuente. entonces estamos frente al “mensaje perdido”. Todo, con el beneplácito de los centros de poder y en su defensa de la propia imagen aún a costa de alterar la verdad.
Los fondos de publicidad institucional deberían prohibirse. Son una potencial fuente de corrupción del mensaje en favor del statu quo.
En la pugna por el control se utilizan los soportes con una finalidad puramente propagandística. A estos aparatos de alteración de la verdad informativa el gran Umberto Eco los bautizó “la Máquina del Fango”. Aparatos para cuestionar la veracidad de los mensajes de los oponentes, creando dudas o generando información alternativa para desplazar el eje de atención de las audiencias. Prensa difamatoria que asesina cotidianamente a la Verdad.
Imponer la tarea de recuperación del “mensaje perdido” es una obligación ciudadana.
Alberto Vila
Economista y analista político, experto en comunicación institucional.