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La concepción del poder en la Francia del Renacimiento


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

En el Renacimiento el pensamiento político desarrolló el fortalecimiento del poder político monárquico. En este artículo nos detendremos en el caso francés por su importancia.

En la Francia de los Valois hasta el fin del reinado de Enrique II en el año 1559 se desarrolló una clara concepción de reforzamiento del poder monárquico, aunque los intensos conflictos políticos no permitieron un desarrollo en la práctica, a la espera del triunfo absolutista del siglo siguiente, después, eso sí de nuevos conflictos (Fronda).

Los juristas franceses se nutrieron de la idea del Imperium romanum, superando la idea de que el monarca era el primer señor y el vértice de la pirámide de las relaciones de vasallaje, aunque no se abandonó realmente. Tampoco se olvidó que el monarca francés era Ungido de Dios, descendiente de San Luis y escogido por el santo entre los santos, siendo el Justo al que los súbditos pueden recurrir ante los agravios en una concepción paternalista del poder. A todas estas connotaciones medievales se unió o se sobrepuso la idea del poder imperial absoluto. El monarca se convertía en una especie de héroe, alguien ajeno a las contingencias terrenas. Era un modelo de virtudes que, precisamente, por ello, le permiten estar al frente y a la cabeza del reino.

En este tiempo es fundamental la figura de Guillaume Budé, que en 1518 escribe L’Institution du Prince. En esta línea estaba el canciller Duprat que remarcaba la obediencia al rey y el no cuestionamiento de sus órdenes.

Pero la gran elaboración moderna del absolutismo se debe a Jean Bodin, que escribió su Seis Libros de la República, en el año 1576. El poder absoluto era ejercido por el monarca sin que los súbditos pudieran ponerle límites. Bodin definía la soberanía, es decir, el poder de elaborar leyes, como indivisible e inalienable y correspondía al rey. Además, este príncipe era el juez supremo. Estamos hablando, pues, de una unión de poderes en su persona. En todo caso, Bodin no consideraba el monarca como un tirano, ya que existirían leyes divinas y naturales que limitaban su poder.

El rey tenía obligaciones. En primer lugar, estaba obligado con la propia Corona pero también hacia sus súbditos. Esas obligaciones eran asegurar la recta administración de la justicia, el bienestar o prosperidad de todos y la obligación de contribuir a su salvación. El rey no podría hacer lo que deseara solamente lo que era bueno y equitativo. Las leyes de Dios le obligan, pero también las denominadas “buenas costumbres”, y el respeto a las “leyes naturales” de los súbditos.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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