ÚNETE

528 años de la expulsión de los judíos

“Porque Nos fuimos informados que en estos nuestros reinos había algunos malos cristianos que judaizaban y apostataban de nuestra fe católica, de lo cual era mucha culpa la comunicación de los judíos con los cristianos, en las Cortes de Toledo de 1480 mandamos apartar a los judíos […] dándoles juderías y lugares apartados donde vivieran juntos en su pecado […]. Consta y parece ser tanto el daño que se sigue a los cristianos de la participación, conversación y comunicación con los judíos, los cuales […] procuran siempre, por cuantas vías más pueden, de subvertir y sustraer de nuestra santa Fe Católica a los fieles cristianos, y apartarlos de ella, y atraer y pervertir a su dañada creencia y opinión, instruyéndoles en las ceremonias y observancia de su ley.

Por ende, Nos, con el consejo y parecer de algunos prelados, grandes nobles y caballeros, y de otras personas de ciencia y de conciencia […], acordamos mandar que hasta el fin del mes de julio que viene salgan todos los dichos judíos y judías de nuestros reinos con sus hijos, de cualquier edad que sean, y que no osen tornar […] bajo pena de muerte. Y mandamos que nadie de nuestros reinos sea osado de recibir, acoger o defender pública o secretamente a judío ni judía pasado el término de julio […] so pena de confiscación de todos sus bienes.”

Decreto de los Reyes Católicos expulsando a los judíos. Granada, 31 de marzo de 1492.

El 31 de marzo de 1492 se promulgó el Decreto de expulsión de los judíos residentes en los reinos de los Reyes Católicos. Tenían hasta finales de julio como plazo si no se bautizaban. En ese período, los judíos estarían amparados por los monarcas para poder poner en orden sus asuntos y vender sus bienes, aunque no podrían sacar oro y plata ni algunos tipos de mercancías. Aunque es difícil precisar datos concretos, se calcula que la decisión afectó a 90.000 judíos en Castilla frente a unos 12.000 en la Corona aragonesa. Los judíos sufrieron muchas penalidades en la salida. Los que sobrevivieron se asentaron en Portugal, en el norte de África, Italia, y en posesiones turcas en Grecia y Palestina.

La expulsión coronaba una situación de persecución que había comenzado un siglo antes en 1391, cuando la relativa convivencia se truncó. En ese año estallaron persecuciones, comenzando en Sevilla, y promovidas por parte de la nobleza y el clero, que provocó mueres y destrucciones, y afectó considerablemente a las comunidades judías. Muchos judíos se convirtieron, comenzando el fenómeno de los judeoconversos o marranos, es decir, de los que se convertían, aunque una parte importante de los mismos seguía practicando el judaísmo en la clandestinidad.

El odio, la violencia y el recelo se instalaron en los distintos reinos cristianos peninsulares a partir de entonces. Se mantuvo la relación entre parte de la minoría judía y la realeza en lo referido a las finanzas, ya que el creciente poder de las Coronas necesitaba grandes aportaciones económicas, pero en lo político y administrativo los judíos fueron desplazados.

En principio, los Reyes Católicos no desarrollaron en el inicio de su reinado una política especialmente negativa hacia los judíos, pero a partir de 1480-81 la situación cambió, y comenzó una clara presión sobre los mismos, con la dispersión ordenada de las zonas consideradas como peligrosas, y que aparece citada en el propio Decreto de expulsión. Unos pocos años antes se había establecido la Inquisición moderna, encargada no sólo de velar por la ortodoxia, sino, sobre todo, por vigilar la sinceridad de la conversión al cristianismo de los judeoconversos. Esa nueva Inquisición no dependía de Roma sino de la Monarquía, y fue durante mucho tiempo casi la única institución común a todos los reinos de sus herederos los Austrias, a través del Consejo de la Inquisición.

Esta idea de la unidad religiosa, establecida por los Reyes Católicos, tuvo una clara repercusión en muchos ámbitos de la España moderna, desarrollándose una verdadera obsesión por la “pureza” de la sangre, con la división entre cristianos viejos y cristianos nuevos, estableciéndose los estatutos de limpieza de sangre, como requisito para poder ingresar en muchas instituciones.