Historia de las Matronas en España, de Dolores Ruiz-Berdún
La editorial Guadalmazán acaba de publicar el libro de Dolores Ruiz-Berdún, titulado, Historia de las Matronas en España.
- Publicado en Cultura
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
La editorial Guadalmazán acaba de publicar el libro de Dolores Ruiz-Berdún, titulado, Historia de las Matronas en España.
El sistema internacional de la Restauración y de la Santa Alianza, diseñado por el político austriaco Metternich, entró claramente en crisis con los coletazos de la Revolución de 1848, la consiguiente caída del político austriaco, la guerra de Crimea, las intervenciones exteriores de Napoleón III, especialmente en el proceso de unificación italiana y, sobre todo, la aceleración de la unificación alemana bajo la tutela prusiana.
Los socialistas se quejaron intensamente de Niceto Alcalá-Zamora en el otoño del año 1919, al considerar que controlaba a los caciques de Jaén, aunque, como sabemos, el todavía político monárquico era natural de Priego de Córdoba. La queja se derivaba de cómo actuaban los caciques dependientes del político.
Una vez consolidado el régimen republicano en Francia, un asunto que ya hemos tratado en El Obrero, se inició una etapa política más estable. Este período, que abarcaría entre 1879 y 1885, estuvo dominado por dos grandes figuras. En primer lugar, estaría Léon Gambetta, que pesar de ejercer muy poco tiempo el poder y morir en 1882 ejerció una gran influencia en vida y dejó muchos partidarios. El otro personaje es Jules Ferry, que ejerció diversas responsabilidades en aquella época. En realidad, estamos hablando de las dos grandes ramas del republicanismo francés en el poder. Ferry, junto con Grévy, encabezarían la Gauche Républicaine (Izquierda Republicana), aunque luego pasaría a llamarse la Union Démocratique. Sus integrantes defendían un cierto progresismo, pero moderado y creían en la integración de los sectores políticos mucho más conservadores en el sistema político republicano. Los gambettistas, por su parte, formaron la Union Républicaine, a la izquierda de la anterior formación. Pero, además de los sectores monárquicos conservadores y católicos hacia la derecha, había fuerzas republicanas a la izquierda, los radicales, y más a su izquierda, aunque en ocasiones no muy alejados, los socialistas; de hecho, comenzó a hablarse en las campañas electorales de los radical-socialistas. En el seno del radicalismo destacaría una figura que posteriormente tendría un mayor protagonismo en la III República. Nos referimos a Clemenceau, que luchó por la plena separación entre la Iglesia y el Estado, contra la política colonial, y a favor de la supresión del Senado.
El Consejo Obrero de Manchester y Salford se reunió el día 15 de abril de 1931 y tomó una serie de resoluciones en relación con la llegada de la República en España, y que comunicó a la UGT en una carta dirigida a Largo Caballero. Es de destacar la fecha, justo un día después de la proclamación del nuevo régimen.
La enseñanza de la agricultura, en España, desde el último cuarto del siglo XVIII hasta la muerte de Fernando VII se enmarcaba desde los presupuestos ilustrados como un medio para la difusión de la nueva ciencia agronómica y la revolución agrícola con relaciones un tanto ambivalentes con la revolución de las estructuras económicas del Antiguo Régimen.
En la siguiente entrega de El Socialista sobre el informe de Bauer acerca de la carestía de la vida, publicado en el periódico en el otoño de 1916, se seguía hablando del crecimiento acelerado de la población en las grandes ciudades y los territorios industriales poniendo ejemplos de Alemania y de los Estados Unidos.
Desde el final de la Primera Internacional hasta la Primera Guerra Mundial se asistió a un período en el que se multiplicaron y consolidaron los partidos socialistas de orientación marxista, en toda Europa.
El concepto de Monarquía ha cambiado de forma evidente en la Historia. Solamente se ha mantenido como un principio común el hecho de que la máxima dignidad política estaría representada por un rey o monarca. Nosotros comenzamos la Historia del concepto desde la época moderna.
Las mujeres de la burguesía comenzaron a organizarse en torno a la lucha por el reconocimiento del derecho al sufragio, lo que explica su denominación como sufragistas, en la segunda mitad del siglo XIX. Pero las sufragistas no solamente lucharon por los derechos políticos de las mujeres, sino también por la igualdad en otros aspectos y campos. Dieron prioridad a la lucha por el voto porque consideraban que una vez conseguido accederían a los parlamentos y podrían cambiar las leyes e instituciones. Aunque las principales sufragistas pertenecían a la burguesía, como hemos señalado, defendieron los derechos políticos de todas las mujeres, aunque las relaciones con las feministas socialistas nunca fueron fluidas, ya que, aunque éstas también eran partidarias de la lucha por el sufragio, acusaban a las sufragistas de defender, en última instancia, el dominio de la burguesía.
El principio de solidaridad entre los trabajadores más allá de las fronteras propias llegó con la constatación de que los problemas de los mismos eran comunes en todos los países al ir extendiéndose el capitalismo. Este principio cristalizaría en la reunión en San Martin´s Hall (Londres) en 1864, momento fundacional de la A.I.T. Pero el proceso que condujo a este verdadero hito fue cuando menos complejo.
Como prometimos en la entrega anterior, terminamos la serie dedicada al Informe Beveridge de la mano del escritor y político republicano español Carlos Esplá, y lo hacemos con lo que el denominó la “tormenta política” cuando el Gobierno británico llevó a los Comunes la fórmula transaccional (por etapas), generada en su seno, del Plan, como vimos en el artículo anterior.
En el anterior artículo de esta serie nos quedamos con una agricultura en la Segunda Revolución Industrial donde no se habían aumentado los precios de la producción. En la siguiente columna publicada en El Socialista finalizando el mes de octubre, siguiendo el informe de Bauer, se afirmaba que, en todo caso, la agricultura también había tenido su desarrollo técnico: maquinaria, abonos artificiales, perfeccionamiento de los cultivos, y asociación estrecha entre la agricultura y la industria. Todos estos avances habían permitido un amento del rendimiento agrícola.
Una vez presentado el informe del Plan al Gobierno británico en el otoño de 1942 se planteó el primer problema, ya que en el ejecutivo había conservadores y laboristas. El acuerdo no podía ser fácil. El primer escollo se salvó a través de una transacción. El Plan sería aceptado, en principio, como un programa, pero su realización se haría por etapas.
En un artículo anterior explicamos el inicio del artículo por entregas que El Socialista dedicó en el otoño de 1916 a analizar la carestía de la vida en ese momento. En la segunda entrega se seguía con el informe de Bauer que iba a presentar en el Congreso de la Segunda Internacional que se tuvo que desconvocar por el estallido de la Gran Guerra. En esta parte se hace un análisis histórico de la economía mundial desde el siglo anterior, con especial incidencia en la Segunda Revolución Industrial.
Esplá, una vez explicadas las particularidades del funcionamiento del Plan, pasó a plantear la cuestión de la relación de la pobreza y la riqueza en el mismo.
En este nuevo capítulo para ahondar en las razones que hacen que una persona abrace una determinada causa, y en concreto, el socialismo, llegamos a un personaje histórico femenino de trayectoria intensa y final trágico, a Hildegart, a través de la entrevista que a principios de diciembre de 1931 le hizo El Socialista.
En nuestra ronda de personajes destacados del socialismo español para conocer las razones por las que decidieron abrazar esta causa, dentro de la preocupación que siempre hemos tenido sobre las motivaciones por las que las personas deciden un determinado compromiso político y social, le ha llegado el turno a uno de los socialistas catalanes más destacados de la Historia, y que, seguramente, mayor dimensión internacional tuvo. Estamos hablando de Antonio Fabra i Ribas.
Carlos Esplá explicaba en su extenso artículo que el Plan Beveridge ofrecía la particularidad de que el seguro empezaba a repartir sus beneficios al mismo tiempo que comenzaba a percibir el importe de las cuotas. Al parecer, eso no era completamente original, porque ya se aplicaba en el seguro del paro obrero, pero sí lo era en relación con el seguro social ordinario, que se basaba en el principio de capitalización, es decir que para que el asegurado pudiera percibir alguna cantidad había de comenzar a pagar sus cuotas durante un tiempo, beneficiándose entonces de los intereses de ese capital acumulado más la proporción correspondiente del importe de las otras pólizas no reivindicadas, menos los gastos de administración y gestión, que en las empresas privadas solía ser alto. En el Plan Beveridge todo esto no se daba, ya que un asegurado, insistía, podía comenzar a cobrar aún antes de empezar a pagar.
Como señalamos en la anterior entrega de la serie sobre el Informe Beveridge, explicado por Carlos Esplá, estudiamos la financiación del Plan.
Entre los meses de octubre y noviembre de 1916 el socialismo español realizó en las páginas de su órgano oficial un análisis, por entregas, acerca de la carestía de la vida, bajo el principio de que era un “problema viejo”. Intentaremos, en distintas entregas, estudiar su interpretación.
Entre las medidas del programa laborista para combatir el paro en las elecciones de 1929 estaba el de prorrogar hasta los quince años la edad obligatoria escolar. Al formar Gobierno llevaron esta medida a la Cámara de los Comunes y la sacaron adelante en el otoño de 1930.
En la primera entrega de nuestra serie sobre el Informe Beveridge desde la perspectiva de Carlos Esplá nos quedamos en la enumeración de las clases en las que el autor del plan había dividido a la sociedad inglesa para aplicar el Seguro, un Seguro que daba derecho a percibir ayudas, y que no se concedía en virtud de ninguna prueba de necesidad.
El artículo del periodista y político republicano Carlos Esplá en los años cuarenta, titulado “El Plan Berveridge”, publicado en Mundo libre, nos ofrece mucha información sobre Beveridge y su trabajo, pilar del estado del bienestar (“welfare state”) que se puso en marcha después de la Segunda Guerra Mundial, desde su propia interpretación, un material poco conocido, aunque ya hemos trabajado con parte del artículo para una pieza sobre los seguros sociales británicos previos al establecimiento del Estado del Bienestar. Ahora nos tocaría analizar el Informe con los ojos de Esplá, en distintas entregas de una serie, en conmemoración del ochenta aniversario de la publicación del Informe.
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