Capitán Richard F. Burton. Hacia la Meca. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Sir James Hogg, director de la Honorable Compañía de las Indias Orientales, a quien tan fácilmente se identificaba como “ese Hogg”, desestimó la propuesta de Burton. Es difícil creer que Burton fue tan ingenuo, como para pensar que Hogg estaría favor de sus planes. Pese a todo, se pudo llegar a una solución de compromiso que, a los dos hombres, bien acostumbrados a las sutilezas de Oriente, les salvó la cara a ojos del público. A manera de compensación por el desaire, a Burton se le concedió todo un año de permiso, “para que prosiguiese mis estudios, allá donde mejor pudiese aprender, las lenguas de mi interés”.
Burton procuró prever, cualquier crisis que pudiera planteársele. Llegó, incluso, a aprender los rudimentos del oficio de herrero, para remplazar las herraduras de los caballos. En abril de 1853, vestido como “un príncipe persa”, partió rumbo a Egipto, en un vapor que zarpó de Southampton, en compañía de un amigo, el capitán Henry Grindley, de la caballería de Bengala.
Burton se había dejado crecer los cabellos, al estilo de los shiíes persas. En los volúmenes de “Mi peregrinación a La Meca”, aparece alternativamente, como un noble iraní y derviche errabundo. Hasta que no estuvo bien instalado en Egipto, no decidió resolver las ambigüedades, que aún sentía al respecto, para optar, a la postre, por una caracterización dentro de la cual, tendría que transformarse mínimamente. Al fijarse que, “entre los orientales, el vagabundo, el mercader y el filósofo, muy a menudo de conjugan en una dola persona”, retomó su viejo personaje de santón errabundo, que tan bien le había servido en el Sind. Tuvo que volver a aprender a realizar mecánicamente, todas las minucias del comer y el beber, del sentarse, del orinar y defecar, del dormir y, sobre todo, del orar, ya que parece ser que, a despecho de su ferviente adhesión al islam en los tiempos de la India, había dejado de realizar, sus prácticas musulmanas.
Cuando atracó el barco en Alejandría, Burton iba a alojarse con un amigo, John F. Larking, pero para evitar cualquier sospecha, de que aquel musulmán, fuese en realidad un inglés, su anfitrión lo alojó en un edificio, separado de su casa. Los criados tomaron a Burton por un ajami, es decir, por un shií persa. Se hizo de inmediato con los servicios de un jeque y, se lanzó de lleno, una vez más, “a los intrincados recovecos de la Fe; reviví mis recuerdos acerca de las abluciones, leí a fondo el Corán, volví a convertirme en un adepto, del arte de la postración”. “No tuve la oportunidad de ver un “Al-nahl”, la danza de las abejas” y, habían de transcurrir aún unos cuantos meses, ante de que mis ojos pudieran deleitarse de nuevo, en tan placentero espectáculo”. Las danzarinas eran las famosas mujeres de Walid Nahl. Eran en realidad gitanas, aunque Burton no tuviese conciencia de ello, en aquel entonces. Hasta mucho después, en su obre inconclusa y titulada “The Gipsy” (El Gitano) no las describiría con detalle: “archiseductoras”, cuya belleza personal es tanta, que las convierte en verdaderos peligros; las más jóvenes son danzarinas, mientras que la de mayor edad, son adivinas”.
En Alejandría, Burton se apasionó por completo, imbuido por una enorme alegría de vivir. “Ahora estamos sentados en silencio, quietos, escuchando la monótona melodía de Oriente… la suave brisa de la noche que vaga por el cielo cubierto de estrellas, por entre los árboles repletos de hojas, con voz de melancólico sentir”. Es, dice, lo que los árabes llaman “kayf”, una especie intoxicación. Es, añade, “·el sabor de una existencia animal”, que “insufla en el alma, una gran predisposición a la voluptuosidad, desconocida en las regiones del norte… No es de extrañar que el vocablo “kayf”, sea intraducible a nuestra lengua materna”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.
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