Baruch Spinoza. Epidemias y tulipanes
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
En Holanda las luchas en el campo militar, político y religioso en 1630, fueron acompañadas de diversos trastornos de carácter social y económico.
En 1635 y 1636, tuvo lugar una epidemia de peste, particularmente severa. Más de 25.000 personas murieron en dos años en Ámsterdam (20% de la población) y unas 18.000 en Leyde (casi el 30% de sus habitantes). El bacilo de la peste, no hacía diferencias entre las religiones y, sin duda, los judíos de Ámsterdam, que se mezclaban con el resto de la población, fueron golpeados tan duramente, como cualquier otro grupo. Es posible incluso, que los asquenazíes, que vivían en los barrios más poblados de la isla de Vlooienburg, conocieran una tasa particularmente elevada de la infección.
Pero de todas las tempestades, que debieron sufrir los holandeses, en el curso de este periodo, la más célebre pudo ser y, ciertamente la más extravagante, fue la de la “tulhipomanía”, que se adueñó de los ciudadanos, a mediados del decenio.
El tulipán no es originario de los Países-Bajos. Fue importado en el siglo XVI del Próximo Oriente (de Turquía, para ser más precisos) y tuvo un gran éxito, bajo el clima y el suelo holandés, en particular en los alrededores de Haarlem. Rápidamente se convirtió en la flor de moda de Europa del norte y, en un objeto de admiración estética y científica. Muy pronto los holandeses, se convirtieron en maestros en el arte de cultivarlo y, crearon un número increíble de variedades, modificando el color, el tamaño y la forma. Enseguida el interés por el tulipán, sobrepasó el círculo de los especialistas en horticultura y jardineros profesionales, para alcanzar a la clase media e inferior, que vieron en esta flor, no solamente un ornamento simple y seductor, para embellecer un jardín o decorar una casa, sino también un producto en el que invertir. A diferencia de mercancías más raras o más caras, el comercio de los tulipanes, en particular el de las variedades más banales, se puso al alcance de personas que disponían de poco dinero, sobre una escala menor, seguramente, que la de los ricos inversores. Comprar y vender bulbos de tulipanes al por mayor o, incluso, por unidades, se convirtió en un medio popular, de ganar algunos florines.
El mercado de tulipanes se desarrolló rápidamente y, conoció un auténtico entusiasmo. El número de transacciones por una sola entrega de bulbos y, por tanto, el número de partes interesadas en el negocio, creció de manera peligrosa, puesto que los compradores secundarios, decidían a voluntad, ofrecer sus participaciones a otros. Como las transferencias se hacían generalmente en pagarés, raros eran los casos en los que se manejaba realmente dinero. No fue sino cuestión de tiempo, para que esta actividad sobre papeles, se convirtiera en un mercado en sí. En 1637, las propias participaciones y no los bulbos, constituyeron el objeto real de la especulación. Lo que, bien sûre, hizo subir el precio de los bulbos, a alturas estratosféricas. La gente hacía locuras, para entrar en un mercado que parecía muy lucrativo.
Cuando el crac llegara, lo que no podía dejar de ocurrir, produciría numerosas víctimas. Todo ocurría como en el juego de la “patata caliente”: nadie quería estar en posesión del papel (el pagaré), el día de su vencimiento. Más que obtener un beneficio, el comprador final, se encontraba con un montón de bulbos de tulipanes. El Tribunal Supremo de Holanda, estaba preocupado al contemplar a ciudadanos generalmente serios, arruinarse llevados por un viento de locura. Cuando los rumores, concernientes a una intervención inminente de las autoridades, comenzaron a circular, las cotizaciones se hundieron rápidamente, todo el mundo trataba de librarse de sus participaciones. En abril de 1637, los tribunales anularon todas las operaciones, efectuadas después de la temporada de siembra de 1636. Un gran número de familias y fortunas fueron destruidas, en el crac que vino a continuación. Les hizo falta tiempo a los horticultores, para rehacerse de sus pérdidas financieras y, para recuperar su reputación, pues numerosos eran, los que les reprochaban haber alimentado la histeria en origen.
No sabemos en que medida, los judíos se dejaron arrastrar por tal entusiasmo. Se resintieron, sin ninguna duda, de los efectos indirectos de esta crisis, breve pero profunda, de la economía holandesa. Y sería sorprendente que ellos mismos, dado su sentido del comercio, no hayan sentido la tentación, de entrar en la mêlée. Como el cultivo de los tulipanes, era una actividad relativamente nueva, ningún gremio reglamentó los diversos aspectos de la misma. Era por tanto, un dominio en el que los judíos eran libres de entrar.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.