La Revolución francesa. 18 y 19 de Brumario. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
A los dos años de haberse constituido, las cosas no pintaban nada bien para el Directorio: las desventuras de la guerra y el deseo de paz, el cansancio de las discordias civiles, la crisis de autoridad, el desprecio general en el que había caído el régimen representativo, el temor suscitado por el empréstito forzoso y por la ley de rehenes... La opinión pública refluía hacia la monarquía, como hacía el recurso único, moldeado por los siglos. La idea de encomendar a uno sólo la salvación de todos, no era todavía en Francia, una idea cesárea, sino una tradición monárquica. Y los republicanos sobreestimaban las fuerzas de la Restauración.
De modo que, ante este oscuro panorama, Sieyès tomó a su cargo, la tarea de salvar a la República. Barras le cedió la vez, pues tenía muy perdida su reputación, intrigaba con todos, incluso con los monárquicos, y no atendía más que a salvarse a sí mismo. Por el contrario Sieyès, el antiguo diputado del Tercer Estado parisino, era un excelente símbolo del espíritu revolucionario, pues, aunque odiaba a los nobles, era un teórico de la dominación burguesa. Y fue así, sucesivamente, el inspirador de los Estados Generales y de la Llanura. Su temperamento sacerdotal, se complacía en aquellas mascaradas de augur semisecreto, que le habían valido una extraordinaria reputación.
En el año VII, todo su pasado le designaba para ejercer el gran papel público, que él aceptó, con el fin de asentar a la Revolución, sobre unas bases que, por fin, fueran razonables. Se trataba de ampliar el partido termidoriano a toda la “gente honrada”, y de congregar así, todo lo que había sido revolucionario desde hacía diez años, alrededor de una Constitución que reforzase el Ejecutivo y que, a la vez, salvaguardara las libertades individuales, y los derechos sagrados de los propietarios. Sus adversarios de la época, tan pronto le acusaron de haber sido fiel al duque de Orleans, como de haber tanteado – desde Berlín, en donde era el embajador del Directorio – a un príncipe alemán. Cierto era que aquel “gran elector”, que preveía en su modelo de constitución, para coronar al Ejecutivo, podía fácilmente ser sustituido, por un rey constitucional. Pero, aun en dicha hipótesis, aquella voluntad de sustitución monárquica, reforzó todavía más la hostilidad de Sieyès al Antiguo Régimen. Por lo demás, y para convencerse de ello, nos basta con enumerar los nombres de los primeros brumarianos, los de la primavera del 99: Daunou, José-María Chénier, Cambacérès, Benjamin Constant, Talleyrand, el “Instituto”, la Convención, los antiguos protegidos de Barras… es decir, todos aquellos que hicieron el 18 de fructidor contra el rey, contra los nobles y contra los sacerdotes, todos los que anhelaban una república moderada, una monarquía constitucional
Pero para imponerse al régimen vigente, el Directorio, el “complot” republicano tenía necesidad del ejército. Y ahí, es donde se anudó el verdadero drama de Brumario. Sieyès no podía contar con los generales jacobinos, prisioneros de un mito y neciamente sectarios. Sieyès tanteo a Joubert, que aceptó, pero que en agosto murió en la batalla de Novi. Y cuando las victorias de vendimiario, hubieron restablecido la situación y frenado el impulso jacobino, pensó en Moreau, pero justo en el mismo día de octubre, en que Paris se enteró del regreso de Bonaparte. El desembarco del mismo en Fréjus, introdujo en la política francesa, un nuevo dato que no había previsto Sieyès: la popularidad del héroe.
El retorno de la idea monárquica, que todo el mundo reconocía como un signo de los tiempos, re realizaba así, a través de un hidalgüelo corso, que iba a deslizarse dentro del papel de salvador, que la historia había reservado para el rey de Francia. Pero es que el papel, le iba a Bonaparte como un guante, y lo representaba maravillosamente, recusando las facciones, actuando ya como árbitro, como reconciliador, como un nuevo Enrique IV (el primer Borbón) de aquellos tiempos democratizados por la idea nacional. No había hecho más que llegar, y ya era el vencedor de sus futuros socios, porque él era el pueblo en medio de los notables.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.