EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Cómo las advertencias de un filósofo francés sobre la velocidad y el poder describen la carrera actual por la IA
Daniel Janin/AFP via Getty Images

Con la carrera por construir sistemas de inteligencia artificial más inteligentes que cualquier ser humano ha llegado un auge de los «accidentes». En una prueba de seguridad realizada por la empresa Anthropic, su propio agente de IA chantajeó a un ingeniero para evitar que lo desconectaran. Los delincuentes han utilizado agentes de IA para llevar a cabo campañas de extorsión de datos y piratear organismos gubernamentales, bancos y empresas tecnológicas. En otras pruebas, los modelos han escapado de entornos de prueba y han llegado a sistemas reales de organizaciones.

Varios investigadores que renunciaron a sus puestos en importantes empresas de IA en 2026 han acusado a sus empleadores de no tomarse los peligros lo suficientemente en serio. En septiembre, Bill Gates dijo en el programa «Meet the Press» que la IA es «lo bastante poderosa como para desencadenar acontecimientos que podrían causar mil millones de muertes».

Paul Virilio, filósofo francés, dedicó su carrera a analizar las relaciones entre tecnología, velocidad y poder. Murió en 2018, mucho antes de que la IA generativa y los temores que suscita alcanzaran su intensidad actual. Pero dudo que muchas cosas le hubieran sorprendido.

Como investigador de los medios generados por IA y de cómo las personas los interpretan, considero que tres ideas de Virilio explican el momento actual de la IA mejor que cualquier cosa escrita desde entonces. Sostenía que cada nueva tecnología introduce un nuevo tipo de accidente en el mundo; que la velocidad nos arrebata el tiempo para pensar; y que los sistemas conectados a escala mundial pueden fallar en todas partes al mismo tiempo.

La tecnología de la velocidad

Virilio nació en París en 1932. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, su familia se trasladó a Nantes, una ciudad portuaria cercana al Atlántico. Durante la ocupación nazi de Francia, Alemania empezó a construir el Muro Atlántico, una serie de fortificaciones defensivas que se extendía por la costa desde España hasta Noruega.

Pero en septiembre de 1943, cuando tenía 11 años, Virilio vio aquello que el muro no podía detener. Los bombarderos estadounidenses que tenían como objetivo el puerto de Nantes alcanzaron en su lugar el centro de la ciudad, mataron a unas 1.400 personas y destruyeron más de 700 edificios en dos incursiones.

Una fotografía en blanco y negro muestra a varias personas en el exterior observando una calle llena de escombros.
Los restos de una biblioteca en Nantes (Francia) tras el bombardeo del 19 de septiembre de 1943.Keystone-France\Gamma-Rapho vía Getty Images

«La guerra fue mi universidad», dijo a un entrevistador. «Todo procede de ahí».

De joven, Virilio pasó años fotografiando los búnkeres abandonados del Muro Atlántico. La lección que extrajo de ellos tenía que ver con la velocidad: los alemanes habían construido una enorme fortificación militar, pero los aliados la sobrevolaron y la rodearon; el muro apenas consiguió ralentizarlos.

Los muros eran una tecnología del espacio, mientras que los bombarderos eran una tecnología de la velocidad: esa oposición inspiró su enfoque filosófico para comprender el mundo.

El barco y el naufragio

De adulto, Virilio estudió muchos otros ejemplos de fallos tecnológicos, como el accidente de la central nuclear de Chernóbil de 1986, el peor accidente nuclear de la historia.

En su libro de 2005 «El accidente original», Virilio resumió su idea principal en una frase sencilla: «Inventar el velero o el barco de vapor es inventar el naufragio». El tren inventa el descarrilamiento; el avión, el accidente; la central nuclear, la fusión del reactor. Toda invención, no solo las peligrosas, lleva aparejado un tipo específico de fallo que antes no existía.

Según Virilio, el «accidente» no es una consecuencia de la mala suerte que se añade después. Nace en el mismo momento de la invención, aunque quien la inventa no pueda verlo, porque la creación se utilizará de maneras que nunca imaginó.

Virilio no creía que esos accidentes pudieran evitarse. Pero pensaba que, observándolos con atención, las personas podrían contener los fallos y prevenir las catástrofes. Sostenía que las sociedades tienden a tratar cada desastre como un hecho aislado, llorarlo en televisión y olvidarlo, de modo que el siguiente accidente tecnológico llega por sorpresa.

En 2002, organizó una exposición en París como ensayo para su proyecto de crear un «Museo de los Accidentes». Reunir información sobre naufragios, accidentes aéreos, desastres industriales y colapsos financieros, argumentaba, permitiría mostrar el patrón: toda invención tiene su fallo y ese fallo puede anticiparse.

La IA ha generado no un solo accidente, sino varios. Los propios informes de incidentes de las empresas tecnológicas forman una especie de «museo», pero no uno objetivo.

El dominio de los más rápidos

La segunda idea clave de Virilio surgió durante la Guerra Fría. En 1977 publicó «Velocidad y política», escrito en un mundo en el que los misiles nucleares podían atravesar el planeta en cuestión de minutos.

Virilio llamó a esta idea «dromología», término derivado de la palabra griega que designa un hipódromo o pista de carreras: «dromos». Cada época avanza al ritmo de su máquina más rápida, escribió, y todo aquello que no puede seguirla —incluidas la ley, la deliberación y la conciencia— queda fuera de escena. «No hay democracia, solo dromocracia»: el gobierno de los más rápidos.

Los escritos de Virilio sobre la velocidad, el poder y la tecnología merecen ser recordados hoy.

La IA puede comprimir meses de trabajo en unas pocas horas. En septiembre de 2026, OpenAI anunció que 10.000 de sus agentes de IA habían elaborado una demostración matemática de un problema que llevaba un siglo sin resolverse, un problema que dos matemáticos habían intentado resolver durante un año.

El temor más profundo de Virilio respecto a la velocidad no era que las personas se quedaran rezagadas frente a las máquinas, sino que quedaran excluidas de la toma de decisiones. Incluso cuando las personas intentan mantenerse al tanto, los agentes de IA actúan tan deprisa que los trabajadores humanos a menudo no detectan los problemas ni las solicitudes maliciosas.

En todas partes al mismo tiempo

La tercera idea de Virilio es la del «accidente integral»: un fallo que, debido a que la misma tecnología funciona en todas partes, se produce en todos los lugares a la vez.

Durante la década de 1990, Virilio observó cómo la televisión por satélite, internet y los mercados electrónicos permitían que un acontecimiento ocurrido en cualquier lugar, como una crisis financiera, se sintiera en todas partes. Más tarde predijo que, en un mundo conectado en red, los accidentes integrales, y no la guerra, serían «la continuación de la política por otros medios».

La IA ha intensificado la interconexión del mundo. Se utiliza para ayudar a equilibrar las redes eléctricas, gestionar barcos y puertos y redactar historiales de pacientes en hospitales.

Tomemos como ejemplo el modelo Claude Mythos de Anthropic, que detecta vulnerabilidades de seguridad en programas bancarios más rápido de lo que los bancos pueden corregirlas. Muchas entidades financieras utilizan los mismos programas, por lo que un delincuente que dispusiera de un modelo así podría entrar en varios bancos al mismo tiempo.

La mano en la palanca

Virilio escribió que una sociedad que vive únicamente en el presente hace más probables los accidentes. Una sociedad demasiado ocupada para conservar registros de su pasado o para pensar en el futuro no puede aprender de sus errores y, por tanto, los repite.

Diría que esa frase señala tres cuestiones que conviene tener presentes.

La primera es el registro, conservado por alguien independiente. Los documentos que analizan los accidentes de la IA no deberían quedar exclusivamente en manos de las empresas cuyos fallos documentan.

La segunda es la pausa. Los reguladores, investigadores y empresas necesitan tiempo y autoridad para deliberar y, si es necesario, detener un sistema antes de ponerlo en circulación.

La tercera es la destreza. Una destreza es el resultado presente de una práctica pasada. Cuanto más trabajo delegan las personas en la IA porque es más rápida, más necesario resulta que conserven la capacidad de hacerlo por sí mismas: redactar un primer borrador, comprobar una suma a mano. Son hábitos que permiten a las personas verificar lo que produce la IA.

La lección de Virilio no consiste en destruir las máquinas, sino en mantener la mano sobre la palanca, aumentando las posibilidades de que, cuando llegue el accidente, podamos verlo, comprenderlo y revertirlo. La velocidad no nos arrebata los mandos, pero hace más difícil que las personas logren mantenerlos.The Conversation

Shahnaz Bashir, doctorando en Comunicación, Universidad de Massachusetts Amherst

Este artículo se vuelve a publicar de The Conversation bajo una licencia Creative Commons. 

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