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18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Elegir o ser elegido: lo que el deporte revela sobre las dinámicas sociales en la adolescencia
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En las clases de educación física y deporte, las relaciones entre el alumnado ocupan un lugar central. Basta con realizar un trabajo en equipo para que afloren afinidades o divisiones. Hay alumnos a los que siempre eligen y otros a los que les cuesta constantemente encontrar su sitio en el terreno de juego. Estas dinámicas, sustentadas por lógicas sociales, son importantes para la autoestima.

En los patios, las aulas o los pasillos de los institutos hay algo parecido a una coreografía invisible: miradas que se esquivan o se cruzan, silencios a veces cargados de significado. Durante la adolescencia, los vínculos se tejen como redes frágiles y cambiantes. Lejos de ser fruto del azar, estas afinidades obedecen a reglas sociales implícitas, a lógicas de género, de estatus, de rendimiento o de origen.

En ese mundo en miniatura que es la escuela, las relaciones entre adolescentes cuentan una historia. Estas dinámicas, a menudo consideradas anecdóticas, son en realidad estructurantes: determinan la autoestima, el sentimiento de pertenencia y, a veces, mucho más.

En la escuela, hay una asignatura que está en el centro de las interacciones entre el alumnado: la educación física y deportiva (EF). Basta con realizar un trabajo en equipo para que algunas alianzas queden al descubierto, afloren las divisiones y las afinidades y exclusiones se hagan visibles en directo, ante todo el mundo. Algunos serán elegidos y otros no...

Las agrupaciones espontáneas o no en las clases de EF (educación física y deportiva) obedecen a reglas implícitas que merece la pena descifrar.

Lógicas de género en los espacios deportivos

Desde el momento de pasar lista, los grupos empiezan a dibujarse: por un lado, los chicos, a menudo inquietos y competitivos; por otro, las chicas, ya sean discretas o charlatanas, replegadas a priori en un espacio propio que les resulta tranquilizador.

Durante la adolescencia, el cuerpo se convierte en objeto de las miradas. El espacio deportivo acentúa esa visibilidad. Allí se juzga y evalúa a los alumnos no solo por su rendimiento, sino también por la manera en que habitan su cuerpo. La fuerza, la velocidad y la iniciativa —a menudo consideradas naturales en los chicos— se valoran positivamente. Las chicas, en cambio, deben lidiar con una expectativa contradictoria: participar, pero sin excederse; mostrarse, pero sin exponerse. De hecho, a menudo las chicas tienen objetivos distintos de ganar, vencer o rendir en las clases de EF.

Las normas de masculinidad y feminidad pesan sobre las afinidades: los chicos populares evitan que se les vea con alumnos «demasiado estudiosos»; las chicas que rompen con lo establecido se muestran juntas, en una sororidad marginal, pero fuerte.

En la práctica, las actividades consideradas «masculinas» (fútbol, rugby) concentran las expectativas de virilidad. Las chicas que se atreven a practicarlas deben redoblar su habilidad o recurrir a la ironía para hacerse un hueco sin que se burlen de ellas. A la inversa, los chicos que prefieren la danza o el acrosport tienen que justificarse y construir una postura de «burla activa» para no quedar excluidos del círculo masculino.

La segregación de género nunca resulta tan visible como en las clases de EF, e incluso a veces los propios docentes la refuerzan implícitamente con indicaciones aparentemente inocuas del tipo: «¡Venga, chicas, daos prisa!».

El estatus académico... y el rendimiento deportivo

La formación de grupos en las clases de EF sigue lógicas implícitas. Quienes tienen más soltura física se agrupan, dominan el espacio, imponen su ritmo y cuestionan las reglas. Quienes se sienten menos cómodos intentan pasar desapercibidos, quedarse en los márgenes del terreno de juego y no exponer sus carencias, tan visibles cuando llega el momento de marcar un punto o encestar.

Los alumnos con dificultades académicas pueden recuperar cierta legitimidad a través del rendimiento físico, mientras que los «buenos alumnos» pueden ser estigmatizados en ocasiones. La EF constituye un microcosmos social en el que las jerarquías habituales pueden alterarse y redistribuir las cartas del «prestigio adolescente».

En los deportes de equipo, por ejemplo, el momento de formar los equipos revela una cartografía implacable de la red de relaciones de la clase. Los más hábiles son elegidos primero, trazando una auténtica jerarquía visible para todos. Esta selección pública puede vivirse como un rito de paso, especialmente doloroso para quienes siempre son elegidos los últimos. Así, allí donde el docente suele creer que está fomentando cierta autonomía, en realidad expone a los cuerpos a la prueba de ser elegidos o no: no ser elegido significa comprender que, en el fondo, uno no cuenta...

Al mismo tiempo, cuando se reconoce como legítimo a un alumno del que no se esperaba un rendimiento excelente, ese reconocimiento crea puentes temporales que trascienden los estereotipos y abren brechas en la segregación cotidiana: la EF puede ofrecer, por tanto, espacios de revalorización para algunos alumnos. La popularidad se construye en la intersección de diversas variables, entre ellas, la conformidad con las expectativas del grupo.

El filtro de la variable social

Los niños de entornos favorecidos suelen tener redes de amistades más amplias y una mayor capacidad para desenvolverse en los códigos de la sociabilidad escolar. Este capital invisible, pero decisivo, participa en la socialización secundaria. El cuerpo revela entonces las desigualdades a veces de forma más cruda que el lenguaje.

Al dominar los códigos y conocer las reglas y expectativas, se construye una asimetría de carácter social. Estos alumnos, cuyas familias fomentan la práctica deportiva y el rendimiento, tienen más confianza en sí mismos y responden con mayor facilidad a las expectativas escolares. En última instancia, establecen más vínculos que sus compañeros de entornos más desfavorecidos.

Por ejemplo, en las actividades físicas en las que hay que construir una secuencia, como el acrosport o la danza, los alumnos que conocen los códigos tienen más facilidad para crear grupos de trabajo. En cambio, quienes hacen «ruido», se agitan y no responden a las normas de la escuela tienen más dificultades para salir de «su grupo social» en este tipo de actividades.

Jugamos, corremos y cooperamos con quienes se parecen a nosotros o, más bien, con quienes comparten nuestros mismos códigos. Bajo una apariencia de neutralidad, la EF prolonga así una cultura en la que el espacio de trabajo se convierte en un lugar de reproducción simbólica de las desigualdades.

La educación física y deportiva, un revelador de los mecanismos de inclusión y exclusión

La adolescencia dibuja un mapa relacional en permanente transformación, en el que se entrecruzan múltiples influencias. El género, el origen social y el estatus académico no son variables aisladas, sino fuerzas que interactúan constantemente.

En esta geografía cambiante, algunos adolescentes, como exploradores, atraviesan con soltura distintos territorios. Otros, más sedentarios, construyen su identidad en espacios más acotados. Ninguna de estas estrategias es intrínsecamente mejor que la otra: responden a necesidades diferentes y a contextos particulares.

La EF, por su dimensión corporal y emocional, actúa como un potente revelador de los mecanismos de inclusión y exclusión que operan en el mundo adolescente. Además, por su carácter colectivo, ofrece oportunidades únicas para establecer vínculos que trasciendan las fronteras habituales de los grupos de afinidad. De hecho, al modificar los grupos y los objetivos, el docente de EF también puede contribuir a que todos los alumnos trabajen juntos.

A menudo basta con separar el juego de lo que está en juego y poner de relieve otras lógicas distintas de la victoria o el rendimiento para que los alumnos descubran otras formas de practicar, como la empatía o la ayuda mutua, y para restar importancia al hecho de no ser elegido o de ser elegido en último lugar.The Conversation

Raffi Nakas, investigador asociado del laboratorio ECP (Educación, Culturas, Políticas), Universidad Lumière Lyon 2

Este artículo se vuelve a publicar a partir de The Conversation bajo licencia Creative Commons.

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