Cuando hace ya unos años, comenzó todo este movimiento de dudas sobre la democracia y, la floración de partidos autoritarios, muchos historiadores – incluso los que lo somos con “h” minúscula – experimentamos una especie de “déjà vu”, sino vivido, sí leído. Por ejemplo, Anne Applebaum, nos recuerda el diario personal, del escritor rumano Mihail Sebastián, que abarca los años de 1935 a 1944. En él relata la crónica de un cambio aun más extremo, producido en su propio país. Como Applebaum, Sebastián era judío, aunque no religioso y, también como ella, se situaba en la derecha política. En el diario describía cómo, uno a uno, sus amigos se habían sentido atraídos por la ideología fascista, del mismo modo que un grupo de polillas, se precipitan irremediablemente hacia una llama. Describía la arrogancia y la confianza en sí mismos, que habían adquirido todos cuando dejaron de identificarse como europeos – admiradores de Proust, aficionados a viajar a París – para, en cambio, pasar a autocalificarse como rumanos “de sangre y tierra”. En una novela autobiográfica que escribió al mismo tiempo, Sebastian nos cuenta como el narrador, le ofrece su amistad a un viejo conocido, de quien le había distanciado la política. “No, te equivocas – le responde este – nosotros dos no podemos ser amigos. No ahora ni nunca ¿No percibes el olor de la tierra que emana de mí?