Sobre la Copa América de Vela
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
Barcelona tiene ya una larga historia de hacerse y reponerse a golpes de eventos. Las grandes Exposiciones Internacionales, de 1888 y 1929, mostraron al mundo la fortaleza de la ciudad industrial y permitieron inversiones y darse a conocer en el mundo. El Congreso Eucarístico de 1952, en pleno franquismo, aparte de rehacer más o menos la fe de los catalanes dejó como resultado un barrio de viviendas sociales e impulsó un templo de la Sagrada Familia que todavía no había sido víctima de la desmesura de los sucesores de Gaudí. En 1992, probablemente vivió la ciudad el acto de promoción más emblemático y de exhibición de modernidad que tuvo como resultado aparte de ser admirada, la apertura al mar, las rondas y otra remodelación urbanística y de estilo, aunque el contrapunto ha sido la turistificación que vino después y que, hoy, resulta ya insoportable e insostenible. Tras las Olimpiadas se quiso crear otro evento, más bien fallido porque nadie entendió su sentido, como fue el Foro Mundial de las Culturas en 2004. Aunque gran alcalde, Pasqual Maragall no acertaba todas las ideas que ponía sobre la mesa. Joan Clos lo gestionó con tanta dignidad como pudo. Ahora se ha encargado que hiciera el papel de revulsivo, la Copa América de Vela.
Los grandes eventos, y así se plantean, son excusas para disponer de un objetivo compartido que ponga en marcha procesos de cambio movilizando dinero, esfuerzos, proyectos urbanísticos, consensos ciudadanos, el orgullo de la ciudad..., para que funcionen como un momento de voluntad de cambio y que más allá de los hechos organizados, quede una ciudad diferente y se refuerce su reputación e imagen de marca. No sé si una competición de vela, por más pretensiones que tenga, por los sectores sociales a los que interesa ya pesar de una promoción empalagosa da para tanto o, mejor dicho, si no genera más efectos no deseados que de los demás. Se ha ordenado el Port Vell, y eso quedará, pero poco más aparte de ver durante mucho tiempo cómo los ricos muy ricos juegan a un deporte que ni entiende ni interesa a casi a nadie. Para que los organizadores se dignaran en instalarse Barcelona esta edición, han sido necesarios unos cuarenta millones en subvenciones públicas directas y un paquete de beneficios fiscales difíciles de explicar. No pagan impuestos de sociedades, se les devuelve el IVA y se les rebaja un 65% el IRPF. No está mal. Para justificarlo, se dan unas cifras de impacto económico positivo tan generosas como difíciles de creer. Los informes oficiales hablan de una incidencia de 1.200 millones de euros y de un retorno de 6,35 euros por euro invertido. Claro que esta proyección se hace calculando que la competición llevará a 2,5 millones de visitantes adicionales -como si hicieran falta más-, y que crea 19.000 puestos de trabajo. Pura fantasía. La mayor parte de personas que se acercan al Puerto a curiosear ya están o venían a Barcelona. Los puestos de trabajo prometidos, ni en broma.
Lo cierto es que la última Copa América se celebró en Nueva Zelanda, exactamente en Auckland y provocó pérdidas notables asumidas por las administraciones públicas del país y que sólo interesó a 38.000 visitantes, muy pocos para tanta parafernalia y pretensiones desmedidas. Más allá de la exhibición de riqueza y poder que hacen las embarcaciones y sus sponsors, ésta es una competición de ingenieros que tiene poco espectáculo y menos visto a pie de puerto. Los valores inherentes a un mundo de riqueza y exclusividad no sé si son los que más conectan con la mayoría de la ciudadanía y si son los que nos convienen. Seguramente estos días sirven para llenar hoteles y tiendas del lujo, pero, suponiendo que así sea, resulta algo indecente cuando los problemas y las prioridades de la gente de la ciudad son otras. Barcelona ya no necesita excusas para hacerse un nombre en el mundo que ya tiene, a menudo con exceso. Su constante puesta al día debe poder hacerse sin unos subterfugios que no necesita. El recurso al “gran evento” resulta, en estos momentos, algo provinciano.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR