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La judicialización y el otoño de Antonio Colinas


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La judicialización está servida. En 1996, la crisis que acompañó la transición del gobierno del PSOE de González al PP de Aznar tenía un observatorio de batiscafo por debajo del nivel del mar que no era otro que el judicial. La financiación irregular (filesa, matesa, tainespor, que se recitaba en los medios adictos a la necesidad de cambio como la delantera del equipo de los amores), los cafelitos del hermano del vicepresidente Guerra, con los añadidos de la guerra sucia y Barrionuevo-Vera, sumatorio de todo ello producía el caldo de cultivo de una nación desnortada, clientelar y pobre, pero sobre todo con la facultad sobresaliente del aspecto judicial, a tenor de la crítica de la insatisfacción con ausencia de poder.

Los referentes éticos del partido socialista presentaban causas pendientes en la territorialidad de la justicia y el marco del derecho no beneficiaba la idoneidad de gobiernos con esta característica. La cocción tuvo su punto álgido de calor y los nacionalistas CiU y PNV no tuvieron más remedio que alterar el juego de equilibrios. El final del ejecutivo de Zapatero, amén de surtir en la realidad política como resultado de un extraordinario suceso trágico como el 11-M cuya gestión por parte del PP de Aznar no resultó ejemplar en su relación con la verdad, tuvo más que ver con la coincidencia con la adversa situación económica.

El momento presente con Sánchez y Feijóo como agentes activos conserva mucho más parecido con la primera de las transiciones, si bien aún no se sabe si el candidato gallego culminará la sucesión tan ansiada y pernoctará en el palacio de la Moncloa en algún momento de su vida pública. El modo matemático de acceso a la formación de gobierno a través de la investidura no pudo ser plataforma adecuada para Feijóo pese a ganar en votos las últimas elecciones generales pero perder en apoyos para su entorchado ejecutivo. Consecuencia de ello es la necesidad de una estrategia definida para la permanencia en la primera fila de la alternativa de su partido. Y así se ha encontrado el arma cargada de pasado que no es otra cosa que la judicialización, que ya se emprendió con exhibición de éxito en la década final del siglo pasado.

A este respecto, se tiene que dar por descontada la elección del perfil por el González víctima de aquel sortilegio en el que participaron primeros espadas del periodismo más combativo en el recambio, según confesión de Luis María Anson, presente en el estadio de la Romareda, de Zaragoza, en un mítin de Aznar, con llegada en helicóptero de Julio Iglesias, conmovidos los tres por la deriva de la nación española. Es decir, la repetición de un relato ya de reestreno, si acaso ahora con el cruce de trinchera de González como novedad más sustantiva, en el papel del desaparecido Anguita como resurrección de la carne. La mujer del presidente Sánchez, el ex ministro Ábalos y el fiscal general García Ortíz, copan el interés en los despachos de tribunales y audiencias.

El fiscal general, natural del salmantino Lumbrales, cuna de los hermanos Martín Patino y algún alcalde tránsfuga con participación de socialistas de segundo nivel cercenados por Antonio Hernando, en su etapa con Pepe Blanco, exhibe una gran entereza ante la imputación, sabedor de su némesis en la contienda: un delincuente que muestra confesión ante el mundo y ante su mujer de hecho, presidenta referencial del PP. García Ortíz, desde sus vidrios con apariencia Shostakovich, aparca sus propia anatomía con la frialdad del poeta Antonio Colinas, muy conocedor de sus espacios salmantinos, quien escribe sobre esta estación, en el poema Espeso otoño, (Visor, 1984), “acepto y reconozco la locura de este otoño”.

 

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.


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