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La democracia en peligro


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Vivimos tiempos en los que el pesimismo está cargado de razones. Polarización, predominio del discurso de la derecha extrema, manipulación informativa, peligro de guerra, precariedad, exclusión social, pobreza, calentamiento global, falta de expectativas, inseguridades e incertidumbres diversas. La idea de progreso sobre la que se sustenta la civilización occidental desde la Ilustración se ha demostrado más débil de lo que esperábamos. Ahora, cuesta mucho defender la idea de que avanzamos con algún propósito. Dentro de las clases subalternas, probablemente seamos la última generación que ha logrado unas seguridades y unos niveles de bienestar aceptables, mejores sin duda que la generación de nuestros padres, al igual que los nuestros padres mejoraron y mucho la de nuestros abuelos. La generación de nuestros hijos, con mucha formación y habiendo vivido en un entorno cultural y tecnológico relativamente cómodo, tiene muy difícil evitar que su situación social, económica, material y de independencia para construir su propio proyecto de vida mejore; ya no es posible la clase media. El mundo del establishment, de las élites es, cada vez más, otro mundo.

La crisis de la política actual, con escasa credibilidad de sus formas y contenidos, así como la eclosión y predominio de formas extremas vinculadas a la indignación de la ciudadanía, no es algo temporal, una explosión momentánea, sino más bien un movimiento profundo que tiene que ver con la infeudación de la política por parte de la economía, o lo que es lo mismo por la minoría beneficiaria del capitalismo desatado. La democracia ha sido despojada sino de todo contenido, sí al menos de buena parte de él. El neoliberalismo mantiene una relación poco feliz con la democracia, algo evidente si tenemos en cuenta que la sociedad democrática se sostiene sobre el trabajo remunerado, algunas seguridades y unos ciertos límites a la desigualdad. Una vez dinamitado todo esto, una vez el famoso ascensor de la movilidad social hace tiempo que sólo funciona hacia abajo. Hay una merma enorme del capital social. El nuevo capitalismo está consiguiendo que haya crecimiento sin empleo y que la población tenga miedo y acepte cualquier cosa. Se criminaliza de la pobreza y el Estado-nación va quedando ahora reducido a sus funciones penales de vigilancia y castigo.

En la recuperación de la política como actividad y función extremadamente honorable, habrá que aprender a distinguir a los líderes de los mesías, las propuestas razonables del populismo. Todas las promesas de redención, ya sea en el cielo como en la tierra, han acabado siendo formas de dominación. En la nueva política ha adquirido un renovado protagonismo una narrativa basada en la desinformación y el miedo. El peligro del populismo es grande allá donde las estructuras democráticas son especialmente débiles. Se impone el recuperar los valores inherentes a la cultura democrática de tolerancia, reconocimiento, respeto a la diversidad y la razón ilustrada como base de cualquier debate y discusión. También distinguir los hechos veraces de las meras invenciones fraudulentas. Se impone no seguir ignorando por más tiempo nuestros problemas comunes y “nuestro destino común”, para eso necesitamos de un marco de interacción política y moral. Se requiere de un proyecto institucional de signo cosmopolita, consistente en la consolidación de un derecho público democrático a nivel mundial que revise y supere el concepto tradicional de soberanía. El modelo liberal de soberanía vinculada a un territorio ya no sirve, cuando los grandes desafíos se han justamente desterritorializado. Si la globalización ha supuesto el triunfo de dinámicas transfronterizas, alterado la democracia y control de los gobiernos a nivel nacional.

Para que esto sea posible, el concepto de ciudadanía debe seguir avanzando, a ser posible sin retrocesos étnicos y tribales, hacia un cosmopolitismo en el que la misma noción de ciudadanía no esté basada en la pertenencia exclusiva a una comunidad territorial, sino en normas y principios generales que puedan ser arraigados y utilizados en diversos escenarios, una ciudadanía de varios niveles, con una legitimidad democrática de varias capas. Se impone lo múltiple y lo complejo. Parafraseando a Tony Judt y su pragmática defensa de la socialdemocracia, podríamos concluir que la política democrática no representa un futuro ideal; ni tan solo un pasado ideal. Pero es la mejor de las opciones que tenemos hoy, justamente para recuperar el presente y el futuro.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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