Reducir la semana laboral
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
Reducir la semana laboral es una aspiración lo suficientemente lógica en un mundo en el que el aumento de la productividad lo hace posible y si queremos repartir el trabajo disponible que cada vez será menos. La tecnología y la mejora de procesos ha hecho disminuir, y lo hará aún más, el trabajo necesario, a pesar de las nuevas funciones y profesiones que la sociedad y la economía irán requiriendo. En el mundo occidental se da la paradoja de que la tasa negativa de reposición de la población provoca falta de población en edad de trabajar a la vez que existe un paro estructural bastante elevado. Esto tiene que ver en la necesidad de cubrir puestos de trabajo en el segmento bajo de la ocupación, mal remunerada, que se realiza con mano de obra procedente de la inmigración que, por su situación está dispuesta a trabajar en condiciones laborales más precarias. En cambio, existe una población joven, a menudo bien formada, que le cuesta encontrar empleo. Esto es compatible con la movilidad hacia otros países buscando mejores remuneraciones y condiciones, como ocurre por ejemplo en el sector sanitario. El trabajo disponible no es una bolsa única, sino que conforma un mundo complejo hecho de segmentos muy diferentes y difícilmente interconectados.
Desde 1995 hasta ahora, la producción en España ha aumentado un 50% y la productividad lo ha hecho a un ritmo del 1,5% anual. Esta progresión económica no ha ido acompañada de un aumento proporcional de los salarios y, menos aún, de la disminución de la jornada laboral. En términos de capacidad de compra, los salarios están estancados, mientras que la jornada laboral media se mantiene en las 40 horas semanales. Sólo ha mejorado el salario mínimo en España y de forma bastante contundente. Lo ha hecho en los últimos años, con una revalorización del 40% y sobrepasando los 1.100 euros mensuales. El estancamiento salarial global tiene que ver con el crecimiento de sectores como la hostelería y el turismo que, como algunas industrias intensivas de mano de obra, se fundamentan y sostienen en bajas remuneraciones. España tiene un mercado laboral muy ineficiente y pese a los aumentos, la productividad española crecía a un ritmo menor que la de sus socios comunitarios. Esto pone de manifiesto un problema estructural que no se ha acabado por afrontar.
En España, vuelve a estar sobre la mesa la disminución de las horas de trabajo, tema que plantean tanto el gobierno como los sindicatos, mientras la patronal y los partidos liberal-conservadores se manifiestan en su contra. La propuesta del Gobierno es oficializar una modesta reducción de jornada a unas 37,5 horas que en muchos sectores ya está establecida, mientras que los sindicatos reclaman bajar hasta las 32 horas/semana. Parece lógico que la reducción del tiempo de trabajo deba implantarse gradualmente, pero la propuesta sindical parece del todo razonable atendiendo a los tiempos que vivimos ya los niveles de productividad que no harán, con mayor incorporación tecnológica, más que aumentar. Los efectos a medio plazo serán positivos. Reparto del trabajo disponible y mejora de la conciliación familiar. También aumento de la productividad, puesto que las largas jornadas no hacen sino disminuir la intensidad de éste. A nivel global, el propio Bill Gates de Microsoft reclama ir hacia una semana laboral de tres días como escenario realista. Las patronales españolas están respondiendo a esta cuestión de forma simplista estimando que esto representa sólo un aumento del coste-empresa, ya que significa que el empleado trabajará menos manteniendo el salario. Planteado así, el tema es muy reduccionista. Si se replantean los puestos de trabajo y se armonizan las condiciones, el margen de mejora de la eficiencia productiva es grande, especialmente en la industria, pero también en los servicios. Pero esto significa salir de estrategias de bajos precios que implican precariedad, bajos salarios y escasas perspectivas de futuro como es el caso flagrante del sector turístico. Se olvida a menudo, además, que el mercado laboral debe servir de mecanismo de reequilibrio o compensación de la tendencia a la polarización de rentas que genera nuestra economía. La intervención regulatoria debe tener la función de asegurar que el crecimiento económico lo sea para todos y no sólo un mecanismo para concentrar riqueza y aumentar la desigualdad.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR