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Waterloo y la disrupción histórica


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Puigdemont ha elegido un viernes, final laboral de la semana por lo general, para manifestar que se ha acabado el ambiente político que sostenía el entendimiento entre su formación, Junts per Catalunya, y el PSOE, que fue en su día, hace un verano, una alianza capaz de producir grandes disgustos en el Partido Popular, que se había encaprichado hasta la formación de una seguridad con la idea de gobernar España, con o sin las ayudas hipotecarias de Vox, fuerza entonces al albur de la proyección de su escasa sombra en Europa y ahora en la parte central del área de influencia de la administración Trump hasta el punto que Santiago Abascal ha sido invitado a la ceremonia de exaltación presidencial, lamentablemente sin la ayuda traductora de Iván Espinosa de los Monteros, ahora alejado del genio estratega del hombre de Amurrio.

El president Puigdemont, como le intitulaba una periodista en su pregunta, sigue en Waterloo, a veinte kilómetros de Bruselas, donde peregrinan acreditados periodistas en número abundante cuando habla el exiliado más mediático del momento, sabedor de sus siete cifras mágicas que trastornan el sueño del presidente Sánchez. El ubicado en la ciudad que dio golletazo geográfico final a Napoléon, en 1815, juega sus cartas matemáticas para las que la ayuda del cálculo y de la ciencia es de mucho interés, razón por la cual hace de la flexibilidad virtud a la hora de la administración de los apoyos y su desmentido para con las necesidades del gobierno de coalición encabezado por el presidente Sánchez, quien a su vez fue seducido por los encantos de la aritmética para seguir habitando los espacios del palacio de la Moncloa cuando todo parecía que las cuentas no daban para una suma fructífera.

Puigdemont ha anunciado el fin de los apoyos “sectoriales” al partido en el gobierno, lo que puede interpretarse como la clausura de las ayudas en casos de orden menor, si bien ya había dado muestras de escaso interés en calados también menores, como la tributación energética. Esta amenaza de menor cuantía podría ir a estados de mayor preocupación o incluso el fin de todo tipo de colaboración, si bien existe una puerta de apertura a la esperanza de entendimiento que tiene su próxima estación en Suiza, donde se acomodan con especial confort los relatores internacionales que despejan los desacuerdos en última instancia y hacen un especial trabajo en las penúltimas ocasiones en que muchas veces se deshace el nudo de la controversia. Puigdemont parece muy inclinado al apego a las ciencias, he ahí las matemáticas con su ponderable reino de las exactitudes.

Parece menos inducido a la atmósfera de las calidades sentimentales, a las incorpóreas, aquellas que le podrían llevar a un escenario de negación y alejamiento de cualquier entendimiento con la coalición gobernante para terminar con la imposibilidad de presupuestos, la sucesión de derrotas parlamentarias del ejecutivo y la entronización del ambiente irrespirable previo a la disolución de las cámaras. Esa disrupción política colocaría a Junts, a cuya cabeza se encuentra el vecino ocasional de Waterloo, en la obligación de elegir entre la soledad o la colaboración con PP, desprendido o no de la placenta Vox, enchulado por la supremacía americana de Trump y su imperio de redes sociales amamantado por su amigo Musk.

Puigdemont y Junqueras se han sentado a hablar esta semana en el retiro ya familiar de la población que acoge al primero con su modesta población de 30000 habitantes y no ha trascendido lo tratado, pero no es aventurado pensar que la proyección de futuro, si no hay apoyo al actual gobierno, se ha puesto exactamente encima de la mesa. La posibilidad de carpetazo a la legislatura, inaugurada hace quince meses, siempre anda en forma de opción, pero el siguiente paso tanto para Junts como para ERC tendría una dimensión grande de incertidumbre. En la batalla de Waterloo guerrearon casi doscientos mil hombres cuando la ciudad que dio nombre a la contienda apenas tenía tres mil habitantes de población.

En el campo abierto había dos comandantes que contaban casi la misma edad, 46 años, Napoleón y Arthur Wellesley, más conocido por Duque de Wellington. La victoria del segundo, al frente de una coalición conocida como la Séptima, precipitó el final del imperio francés. Ahora, Carles Puigdemont puede adelantar el final del período de gobierno de Sánchez, que va para siete años de predominio en medio de una de las mayores operaciones de combustión política, judicial y mediática, contra lo que se admite como un revolcón histórico a la sustancia de vertebración nacional española. La participación del conglomerado representativo catalán hasta ahora ha fungido en contra de esa operación de derribo de lo considerado anomalía y afrenta a los tiempos.

Lo empezado en Bélgica pudiera tener continuidad en Suiza para el abono de la defenestración de un gobierno de coalición, segundo en poco tiempo entre partidos de la denominada izquierda. Si la voluntad de la fuerza nacionalista catalana resultase contraria a esa permanencia, se daría inicio a una situación de ruptura del socialismo ahora imperante con un sector de representación política en Catalunya que gobernó durante décadas una vez recuperada la democracia, y máxime cuando esa gobernanza ahora se encuentra en manos del partido socialista catalán. La excepcionalidad podría darse aunque las circunstancias ofrezcan salidas más ajustadas a la realidad.

 

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.


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