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Riders


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Hay una economía de la exclusión y de la miseria que ha creado fenómenos curiosos como es que individuos con bicicletas y una caja te traigan a casa cualquier necesidad o capricho, cualquier día, a cualquier hora, haga frío o calor, nieve o llueva. Para que esto sea posible es necesaria una demanda suficiente basada en comportamientos aristocráticos de querer ser servidos y que se nos satisfaga cualquier extravagancia fuera de hora. El permitírnoslo nos hace sentir que formamos parte de la élite o de un grupo social privilegiado. Más que necesidad de algo, queremos sentir que, aunque sea momentáneamente, alguien está por debajo de nosotros, nos sirve, somos reinas por un día. Este comportamiento puede tenerlo todo el mundo, no hace falta ser de buena família y malos hábitos. Son precisamente la gente más humilde quienes disfrutan más de sentirse distinguidos y relevantes. Entre los servicios prestados, predomina el llevar comida, "para no tener que salir", y la demanda aumenta exponencialmente cuando hace mal tiempo. A nadie se le ocurre pensar con el sufrimiento de quien hace el trabajo, “por algo les pago”, y tampoco se piensa en por qué alguien se ve obligado a aceptar un trabajo de mierda de estas características. Para que haya suficiente demanda como para que, especialmente de noche, los riders sean los protagonistas del paisaje urbano, es necesario que los precios sean muy bajos. Y, pese al esfuerzo y sacrificio que les supone, lo son. Mucha gente sin demasiadas posibilidades y expectativas no tiene más remedio que aceptar formar parte de la función subordinada de los encargos, para ingresar algo que pueda parecerse, aunque sea remotamente, a un salario. Como son muchos los que deben recurrir a esto, los precios son extremadamente bajos. Los clientes, incluso, pueden permitirse retarse a hacer el encargo más difícil posible y dar alguna propina que hace la función de aumento de la burla. En nuestro mundo, se supone que el cliente, en tanto que parte demandante, no debe tener ningún tipo de considerante ético o moral. ¿Por qué?, si la economía de mercado me lo justifica todo.

Como en todas las modalidades de economía de plataforma, para que la intermediación sea un gran negocio, se trata de tener unos costes exageradamente pequeños. Aquí la fórmula está clara, se trata de no tener trabajadores, ni sus condiciones ni cargas. Mundo de falsos autónomos, que significa gente sin contrato, ni seguro ni salarios garantizados que para darle una imagen aceptable se les acaba situando como pequeños emprendedores. Se habla de los riders como personas que eligen libremente trabajar por su cuenta, que prefieren no tener ataduras y tener la libertad de trabajar cuando les apetezca. Trabajadores posmodernos que se encontrarían a gusta sin vínculos con ninguna empresa y poniendo su talento y esfuerzo al servicio, en cada momento, de quien quieran. Lógicamente, esto es una falacia que no se sostiene, pero en nuestro curioso mundo incluso hay víctimas de este sistema que enarbolan sus bondades, en una especie de expresión de esclavitud consentida.

Hace unas semanas se juzgó al CEO de Glovo, Oscar Pierre, porque su empresa no cumple con una legislación de hace tres años que no acepta la figura del falso autónomo y que hace que éstos, sean considerados por la administración laboral como trabajadores en cargo de la empresa. Glovo, durante tres años, ha oído llover. Debe 267 millones de euros a la Seguridad Social, y su jefe que va por el mundo con pretensiones de la modernidad del emprendedor tecnológico, puede acabar condenado a varios años de cárcel. Tiene, con uno u otro grado de vínculo, 60.000 ciclistas que reparten para él en toda España. Ahora la propiedad es de la líder de reparto a domicilio europeo, la alemana Delivery Hero que sigue operando en todo el mundo con este impresentable modelo de negocio. Es evidente que si la empresa se regulariza no tiene ningún futuro ya que el impacto en el precio del servicio lo haría mucho menos atractivo. Más allá de eso, quizá fuera bueno que no nos acostumbrásemos a establecer relaciones comerciales con empresas y sistemas que convierten la necesidad de ingreso de los más vulnerables en una economía cutre basada en la explotación, que de moderna y tecnológica no en tiene nada y que la aportación en términos de valor, pero también en servicio, es nula. No estaría mal que, al realizar un acto de consumo, usáramos algún filtro moral para dejar de actuar como unos miserables inconscientes.

 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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