La banalización del mal
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
El malismo es tendencia. La bondad cotiza a la baja en la bolsa de valores de virtudes y comportamientos. Hay una auténtica atracción por el lado oscuro, por los superricos, por aquellos que actúan sin ningún tipo de escrúpulo. Donald Trump, Elon Musk o Mark Zuckerberg son figuras de relevancia, casi ídolos. Se les admira porque actúan sin miramientos, sin filtro moral ni social alguno. Se considera que lo que tienen se lo han ganado, ya que no se han detenido ante leyes ni normas y, menos aún, en cortapisas. Quien se va a Andorra o vete a saber dónde para no contribuir al bien común resulta admirable mientras se le sigue en su demostración de mal gusto en las redes sociales. Que Musk haga un saludo nazi es visto como una ocurrencia divertida y no como un mal presagio que debería estar penalizado. Todo vale, probablemente porque la ignorancia y la frivolidad van de la mano en nuestro mundo. No hay referencias históricas, las dictaduras de los años treinta o el holocausto tienen la misma importancia que un episodio de una serie vista en Netflix. La historia ya no se enseña. Vivimos instalados en un eterno presentismo, abiertos sólo a los delirios del consumo y de las novedades que nos llegan por los trastos tecnológicos. El mundo del entretenimiento sin pausa. La vida es lo que ocurre mientras matamos el tiempo en juegos inútiles inmersos en pantallas luminosas y de alta definición.
Esta reubicación de lo malévolo ha tenido una potente presencia en el mundo estético y cultural. Hay que llamar la atención, y por eso hay que ser exagerado y pronunciar o hacer las mayores tonterías, ante todo, para no pasar desapercibidos. La capacidad de atención no va más allá de segundos y para captarla es necesario desbarrar. Entre otras muchas cosas, ha desaparecido el buen gusto. No resulta tan raro, pues, que el día de la Superbowl apareciera un anuncio del rapero americano Kanye West en toda pantalla del estadio donde llamaba a ir a su web en la que vendía, como único producto, una camiseta blanca con una gran esvástica. Ciertamente, hace unos años habría sido impensable y penalizable, pero hoy queda como una ocurrencia más, un divertimento. Se trata de hacer ruido. De hecho, este singular (y vomitivo) personaje ha jugado, y cada día lo exagera más, en militar en la parte oscura de la provocación más desagradable. Negro y racista, antisionista, totalitario y, en especial, un gran idiota. Hace unas semanas hizo desnudar a su acompañante, contra su voluntad, en el photocall de los premios Grammy. Tiene muchos millones de seguidores y, lo que resulta más sorprendente, muchos millones que escuchan su música llena de letras denigrantes.
Con razón y a raíz de la Superbowl mucha gente se ha indignado y puesto el grito en el cielo de que esto hoy en día sea posible. Y lo es y lo será más. Muchos líderes políticos y de las plataformas tecnológicas hacen exactamente lo mismo, la diferencia que asusta es que éstos pueden llevar a la práctica sus fanfarronadas. Resulta difícil “mejorar” la idea de convertir Gaza en un resort de lujo para vacaciones de obesos occidentales. Si esto se acepta, no nos quejemos de lo que venga. A una parte de la población le gusta la transgresión y ahora ésta la representa la extrema derecha. Tiempos aquellos en los que superar los límites era algo progresista y se hacía en el campo de ganar espacios de libertad y poner en cuestión los planteamientos más rígidos de la sociedad. El mundo del underground murió asfixiado de tan buenas intenciones. Vuelve a predominar el comportamiento rudo, maleducado, irrespetuoso, agresivo, racista, sexista y homófobo. No hay detrás una gran convicción ideológica, sino una actitud destructiva que más que irreverente resulta lamentable. Muchos de los que se divierten, no es que sean exactamente así, es su manera de expresar malestares, irritaciones y humillaciones hacia un mundo que no cuenta con ellos. Ni siquiera lo hace quien le tocaría hacerlo. La izquierda política los escucha poco y nunca se dirige a ellos. Ya no son el sujeto político de la transformación hacia una sociedad más justa. A los que no cuentan sólo les queda el punk. Y a esa cultura la representa ahora la derecha más reaccionaria. Mientras, el progresismo es naíf y se emociona con baladas.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR