Felipe González como estatua reiterada
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
Felipe González, a escasas horas de conocerse la confirmación de la ley de Amnistía por el Tribunal Constitucional, era entrevistado por Carlos Alsina, en Onda Cero, para manifestar, entre otras cosas, que la “la ley de Amnistía es un acto de corrupción absoluto, en el peor sentido de la palabra”. El tribunal de garantías dice que “la ley impugnada responde a un fin legítimo, explícito y razonable”. Legitimar es probar o justificar la verdad de algo o la calidad de alguien o algo conforme a las leyes. Explicitar es hacer que algo sea evidente. Ser razonable es adecuado o conforme a razón, proporcionado o no exagerado. La moción del ex presidente González contra la definición de la Real Academia para concluir que la ley recurrida por el Partido Popular es un acto que persigue un fin corrupto coloca al dirigente de los años finales de la transición en una situación de mentís colosal al tribunal de garantías constitucionales y a la dirección del partido socialista, en un desacuerdo total sobre un texto legal sobre el que se vertebra una acción de gobierno, desde el 16 de noviembre de 2023, en que fue investido Pedro Sánchez. Con más o menos disimulo, González ostenta una trayectoria de oposición a los distintos gobiernos de Sánchez, incluso nunca dudó en hacer ostentación de “jamás fue mi candidato a secretario general”. Hasta aquí, el planteamiento puede desarrollarse con aires de naturalidad, enmarcarse en la libertad expresión, el estatuto de ex presidente que parece facilitar la tolerancia por cuanto haga o diga. La figura del ex presidente suele ser consultada para el establecimiento de comparativas en torno a situaciones de parecido o similitud.
José María Aznar, desde la atalaya de pensamiento del think tank de la Fundación FAES, es frecuentado en medios de comunicación y foros distintos y mantiene una identidad programática con todos y cada uno de los dirigentes del Partido Popular máxime cuando ocupan situación de liderazgo. En todas y cada una de las manifestaciones convocadas por el partido de la calle Génova aparece el sucesor de González revestido de una autoridad nunca en entredicho. El caso del político sevillano tiene una configuración distinta. No ocupa posición doctrinal alguna en escuela de análisis y debate, pero sí existe un recuerdo de su prolongada estancia en el poder ejecutivo, coincidente con hitos como la entrada en la Comunidad Europea y el riego de ayudas económicas a la floreciente España, la controvertida ratificación de la entrada en la OTAN, el abandono del marxismo en su prontuario ideológico, la reconversión industrial. Pero también los episodios de corrupción con el caso Roldán como epicentro de la intolerancia hacia la picaresca y la rapiña, con la institución de la Guardia Civil como estandarte inatacable del conservadurismo, la instrucción y sentencia de los GAL y la guerra sucia anti terrorista. Este balance agitado y servido a temperatura fría envía alguna señal negativa y revisable sobre la figura épica del Felipe sacrosanto habitual de las columnas de los viñetistas más celebrados.
Con el acompañamiento de los “guerra”, los “borbolla”, los “leguina”, los “redondoterreros”, todo ellos miembros de la reciente historia del Psoe de la primera hora tras Suresnes, con algún aditamento como Page y Lambán, de más reciente creación en el imaginario del socialista comprometido, lo cierto es que las trayectorias últimas de Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, emergidos de los congresos con la legalidad de los votos, aparte anécdotas sin probar de los “mete dos papeletas”, de la urdimbre Cerdán, han sido ninguneadas con cierto estrépito por González en un afán por ensanchar el error de muchos militantes para glorificar la etapa heroica y singularmente histórica del felipismo con aristas de populismo mucho más acentuadas que cualquier gobierno encabezado por Zapatero y Sánchez. Leguina, ya centrifugado del partido socialista, confesó haber votado en los últimos comicios a Feijóo. Ahora, González adelanta su falta de química para ejercer la física de negación del voto a Sánchez. Llegado entonces el momento de la desaparición de las caretas para la desnudez cruda y sincera del ex presidente figura central de los años ochenta y noventa en la nomenclatura dirigente de España.
La comodidad de gesto de González cuando coincide en ocasiones estelares con Aznar no admite parangón con momentos en que ha tenido que hacer lo propio con Sánchez. En su primer mandato de gobierno, 1982-1986, con motivo del viaje a China del que regresó con color de piel y de pensamiento netamente confuciano, cuando los gatos y los colores y la conveniencia de cazar ratones, el 28 de septiembre de 1985, Rafael Sánchez Ferlosio, publicó en El País, una tribuna (“Cuestión de colores”), donde hacía mención al viaje al Imperio oriental, y concluía con alguna meditación sobre el personaje, “desde su vuelta de China no puedo ya ver una fotografía de González sin que se me represente la mirada tontiastuta de un gatazo castrado y satisfecho”. Como gatazo también definió a Baroja la pluma de Ramón Gómez de la Serna. El diplomático chileno Jorge Edwards hablaba de Andrés Bello (“Esclavos de la consigna”, Lumen, 2018), filósofo, también diplomático y tantas cosas en Venezuela y Chile, como “estatua reiterada”, en definición con mucho ingenio y también maldad. Felipe González está adquiriendo la dimensión de estatua reiterada pero recién llegada de China.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.