¿La Iglesia Católica española contra el Gobierno de Pedro Sánchez?
- Escrito por José Félix Tezanos
- Publicado en Opinión
La historia de la Iglesia Católica en países como España es un ejemplo paradigmático de cómo un sistema de creencias, y en buen grado una institución moral y simbólica, puede convertirse en un poder en sí que llega a formar parte de la estructura de dominación social.
La Iglesia como poder
El último período de la historia de España no puede comprenderse sin considerar el poder de facto que ejerció la Iglesia Católica durante la dictadura franquista. El nombramiento por Franco de los obispos, las generosas subvenciones que concedía para sustentar los gastos y privilegios de la Iglesia y el mismo hecho simbólico de que el dictador entrara en las iglesias y catedrales “bajo palio” y rodeado de obispos y altos jerarcas eclesiásticos, explicitaba el grado en el que aquella dictadura fue sustentada durante muchos años por las concepciones –y prácticas asfixiantes– de la ideología del nacional-catolicismo. Ideología con la que el franquismo intentó reemplazar su afinidad original con el nacional-socialismo alemán, una vez que las potencias del EJE fueron derrotadas en los campos de batalla.
Vientos de cambio
Los cambios que fueron produciéndose en el Vaticano después de la elección de Juan XXIII –el Papa bueno– y de otros Papas de talante abierto y progresista, abrieron nuevos horizontes para una evolución de la situación que se vivió en España durante tantos años. Aquellos cambios alentaron las esperanzas de no pocos católicos españoles –pero no solo– que entendían que lo sustancial del mensaje de Jesús era lo que se reflejaba en pasajes del Evangelio como la expulsión de los mercaderes del templo, la voluntad de “dar de comer al hambriento”, “vestir al desnudo”, “atender al enfermo”, “enseñar al que no sabe”, etc. Y, sobre todo, por lo que se indica en el “Sermón de la Montaña”, que aplicado al mundo moderno supone un alegato propio de concepciones solidarias y socialdemócratas.
Por eso, posiciones como la del Cardenal Tarancón en su día –recordemos las pintadas de “Tarancón al paredón”– despertaron tantas esperanzas y abrieron nuevas vías para una normalización secularizadora, que podía permitir a la sociedad española avanzar por el camino de la democratización de las conciencias en coordenadas propias de una sociedad plural y tolerante.
La democratización de España
En ese nuevo contexto –en el que pronto pudo pasarse de las palabras a los hechos–, el devenir de la vida política permitió consolidar hábitos y prácticas democráticas, que posibilitaron que la Iglesia Católica pudiera centrarse en sus funciones morales y espirituales, dejando de ser un poder fáctico. Algo impropio no solo de su propósito originario, sino del mundo moderno.
De ahí la extrañeza causada por las declaraciones del pasado mes de diciembre del arzobispo Argüello, cabeza de la Conferencia Episcopal española. Declaraciones con las que se alineaba “políticamente” con las posiciones estratégicas del PP y VOX. Muy en la línea de la recomendación del ex Presidente José María Aznar de que “el que pueda hacer, que haga”.
Con dichas declaraciones, Argüello no solo adoptó una posición política radical, sino que reveló una seria carencia de formación jurídica constitucional. O bien mintió con total descaro al servicio de una causa claramente política, sin recato alguno por desatender su misión apostólica y espiritual.
El mandato constitucional
Al sostener que la Constitución española de 1976 solo “consideraba tres posiciones” ante la actual situación política española, demostró desconocer lo más importante del mandato constitucional. Es decir, ante una situación como la que vivimos las alternativas del Presidente del Gobierno no solo son “o dimitir, o presentar una moción de confianza, o que se presente una moción de censura”; sino que lo principal y sustantivo del mandato de nuestra Constitución es que, tras la celebración de unas elecciones y la formación de gobierno –con el respaldo de una mayoría parlamentaria–, este ejerza sus funciones hasta el final de la legislatura. Es decir, durante un período de cuatro años hasta que se celebren nuevas elecciones.
Eso es lo que “dice” claramente la letra y el espíritu de la Constitución de 1976. Dejando abierto, claro está, que cualquiera que durante un período inter-electoral de cuatro años sea capaz de conformar una mayoría alternativa de gobierno, presente una moción de censura –como ya hizo VOX en esta legislatura–. Y si logra mayoría de votos acabe formando gobierno hasta la fecha de las nuevas elecciones.
Las declaraciones críticas del arzobispo Argüello contra el Gobierno de Pedro Sánchez pueden pretender llevar a la Iglesia Católica española a confrontaciones coincidentes con las estrategias de las derechas españolas radicales.
Esto es lo que se sostiene en la Constitución española, y no lo que le gustaría a Argüello que fuera, o a Feijóo, o a Abascal y o a otros similares. Algo que, por lo demás, coincide con lo que se establece en los textos constitucionales y en las prácticas políticas de los países más avanzados y civilizados, en los que las elecciones se celebran “cuando tocan”; generalmente cada cuatro años, y no cuando quieren los partidos y los líderes más extremistas e incontinentes.
El problema es que los partidos políticos que, en cuanto ven que son “otros” los que gobiernan, y que lo hacen con iniciativas y propósitos que no coinciden con los suyos y los de los intereses que representan, se inquietan, se alteran, se descomponen y se lanzan a una reclamación urgente de “desalojo” del poder de aquellos que ellos ven como “intrusos” y “ocupas” (sic) de algo que creen que solo a ellos les corresponde. Casi como algo propio de una herencia histórica, transmitida de generación en generación desde tiempos de Don Pelayo, a juzgar por la exaltación con la que reclaman tales desalojos. Prácticamente desde el día posterior a aquel en el que perdieron las elecciones.
“Desalojos” del poder
El famoso “¡váyase señor González!” de José María Aznar reflejó muy bien tal propósito. No se trataba de esforzarse en “ganar unas elecciones para intentar hacerlo mejor”, sino de que se fueran ya –sin demora los “ocupas” de aquello que veían –y ven– como su poder inveterado. Algo a lo que ahora se apunta también Argüello, sin importarle lo que puedan pensar en el Vaticano, ni lo que sientan y piensen otros obispos y cardenales, y muchos católicos españoles, que persiguen preferentemente fines espirituales y morales, como los que se anuncian en el “Sermón de la Montaña”, y no propósitos materiales o de conveniencia inmediatista –y egoístamente materiales e interesados– como persistentemente persiguen de manera prioritaria personajes como Argüello.
Lo que no tienen debidamente en cuenta –o bien “apuntan más hacia arriba”– los que defienden posturas de confrontación política, es que a lo largo del proceso de la Transición Democrática no solo la sociedad española se ha secularizado en alto grado, sino que bastantes católicos practicantes y no practicantes se han comprometido en las filas de organizaciones y partidos políticos progresistas como el PSOE, siendo muchos los que suelen votar por partidos como el PSOE, como la cosa más natural del mundo. Y, para bastantes de estos, incluso como lo más coherente con sus concepciones sociales y humanitarias.
Desmesuras Analíticas Distorsionadas (D.A.D)
Aunque la posición de Argüello presenta aristas con otras posiciones vaticanas, y ha suscitado discrepancias con otras altas jerarquías (obispos, arzobispos y cardenales) de la Iglesia Católica española, supone una toma de posición política bastante neta que alinea su actitud con el mismo tipo de posturas de políticos como Feijóo, que tiende a ver –e interpretar– la realidad social y política de España desde posiciones D.A.D. Es decir, con claras “desmesuras analíticas distorsionadas”; en lo que algunos califican como “fenómeno D.A.D”.
Posiciones políticas como las del arzobispo Argüello desconocen que en la sociedad española actual el catolicismo no solo ha perdido peso sociológico, sino también que muchos católicos votan al PSOE y prefieren a Pedro Sánchez como Presidente de Gobierno.
Así, cuando Feijóo y los suyos sentencian que durante el año 2025 la situación de España ha llegado al máximo de negatividad que pueda imaginarse, entran en contradicción con los “hechos tozudos” de las principales conquistas logradas por España en este horizonte temporal. Horizonte que ellos valoran en términos de una negatividad extrema, como si fueran auténticos “pájaros de mal agüero”, según el decir popular, y no analistas objetivos de una realidad empírica concreta.
Pero los hechos son que durante 2025 España ha llegado a crear empleo en una proporción importante, se han subido los sueldos y las pensiones, se ha asentado, e incluso mejorado, su posición en el índice internacional de democracia, como una de las pocas “democracias plenas” del mundo (25), ascendiendo desde el puesto 24 al 21, por delante de Estados Unidos, Italia, Bélgica, Grecia, etc. En este año España ha sido uno de los países con mayor crecimiento económico del mundo (más que el resto de los países de la Unión Europea), destacando tales logros las portadas de grandes medios de comunicación social económicos del mundo, al tiempo que los más destacados líderes internacionales elogian tales logros y, como remate, la Bolsa española ha terminado 2025 con una de las mayores subidas del mundo… Si todo esto es así, ¿cómo se explica que Feijóo y sus socios sostengan que 2025 ha sido un año tan terrible y fatal para España? Si incluso más de dos tercios de los españoles dicen que su situación económica personal en estos momentos es buena o muy buena.
Ante tales distorsiones, ¿quién puede confiar en la capacidad de análisis objetivo de Feijóo y asociados? ¿En qué guerra, pues, se está metiendo el arzobispo Argüello?
Orientaciones políticas de los católicos
Según los datos acumulados de los tres últimos barómetros del CIS de 2025 (con 12.073 encuestas), la intención de voto más simpatía del total de las personas que se declaran católicas no practicantes (el 36% del total de los católicos) hacia el PSOE era de un 34,1%, igual que el conjunto de la población (34,1%), siendo entre los “católicos practicantes” (un 17,9% de estos) algo menor, pero también muy significativo en términos comparativos (20,5%).
Lo mismo podemos decir respecto a los que prefieren en estos momentos a Pedro Sánchez como Presidente de Gobierno de España: siendo estos un 34,2% de los católicos no practicantes (respecto a un 34,6% de la media) y un 20,1% de los católicos practicantes. De hecho, solo entre estos últimos Alberto Núñez Feijóo tiene más partidarios (40%); aunque no Santiago Abascal (16,5%). El carácter más reducido de los que se consideran “católicos practicantes” y el más escaso número aún de los que cumplen con las prácticas de acudir a misa todos los domingos y fiestas de guardar (solo un 9% de los españoles mayores de 18 años), hace que la postura de Argüello deba ser interpretada a la luz de otros fines y propósitos estratégicos de fondo. Esto hace pensar que una posición tan contundente a favor de la dimisión, o el desplazamiento de la Presidencia de Gobierno de Pedro Sánchez, en realidad lo que pretende es que se encone el enfrentamiento entre el actual gobierno y la Iglesia Católica como tal. De forma que en el contexto de tal enfrentamiento, desde los púlpitos y otras instancias de influencia, esa “Iglesia oficial” (la suya) pueda hacer una labor de zapa y erosión, en la línea de lograr movilizaciones y cambios de orientación política en los votos de los católicos (incluso en forma de una abstención de los más tibios e indecisos) que pueda ayudar a cambiar la actual correlación de fuerzas, hasta lograr que el PSOE y las izquierdas en general pierdan la mayoría de apoyos que tienen. Incluso aunque haya que esperar a unas elecciones en 2027; año en el que constitucionalmente debieran celebrarse.
Según algunos, estamos ante una batalla política más de fondo de lo que paree, ante la que nuevamente la vieja Iglesia Católica española de “siempre” se realinea y toma posturas al lado de los poderes, en contraste con las posiciones de muchos católicos, practicantes y no practicantes, que tienen su corazón a la izquierda; y que hasta ahora no han dudado en inclinarse por comportamientos políticos concordantes con tales modos de entender el compromiso político y sus preferencias por las políticas de solidaridad y apoyo a las causas de la justicia social. ¿Estamos, otra vez, ante el viejo dilema entre la conciencia moral y los intereses del Poder y de los poderosos? Veremos.
José Félix Tezanos
José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.