La Constitución de los EE.UU. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
En la Constitución, al poder ejecutivo se le daban enormes poderes. El Presidente era el jefe de las Fuerzas Armadas, tenía derecho de veto, podía firmar tratados internacionales, con el consentimiento de los 2/3 del Senado, podía nombrar diplomáticos y jueces del Tribunal Supremo – aunque estos tenían que ser ratificados por el Senado y ejercían de forma vitalicia – y tenía su propia Administración. El Presidente era elegido cada cuatro años, con poder de reelección, mediante el procedimiento – un tanto elitista e indirecto – del Colegio Electoral, formado por un número de electores, igual al número de representantes y senadores de cada Estado. Las Legislaturas de los Estados, decidirían si estos electores serían designados directamente por ellas, o elegidos por el voto popular, procedimiento, este último, que adoptarían con rapidez la mayoría de las Legislaturas.
La Constitución, otorgaba enormes competencias al gobierno federal, como imponer impuestos, dirigir las relaciones exteriores, regular el comercio nacional e internacional, crear una Armada y un Ejército, y acuñar moneda. Sin embargo, los Estados aún seguían teniendo la mayoría del poder. El gobierno federal o nacional no podía vetar las leyes de los Estados, y las Legislaturas estatales decidían, tanto la elección de senadores, como el procedimiento para elegir electores. Legislaban sobre los procesos electorales, la educación, aspectos civiles – matrimonios, divorcios… - comercio interior, y cuidaban de la seguridad pública y la moral. Los últimos artículos de la Constitución, se referían al proceso para realizar futuras enmiendas a la misma, a la asunción de las deudas contraídas por EE.UU. durante la Confederación, y a la forma en que los diversos Estados, ratificarían la Constitución, en Convenciones elegidas específicamente para tal efecto, en cada unos de los Estados. Después de tres meses y medio de discusiones, quedaban en la Convención 42 de los delegados de los 55 iniciales, de los cuales 39 firmaron el documento. Las ausencias y rechazos en la élite, anunciaban los problemas y dificultades de la ratificación popular en los Estados. En medio de un intenso debate político, entre federalistas y antifederalistas, la Constitución necesitó ocho meses para ser ratificada, por el mínimo de nueve Estados, y más de dos años para que la ratificaran todos los Estados.
Al conflicto de muchos intereses en juego, se unía el recelo a un nuevo poder central. Elaborada en secreto en Filadelfia, la Constitución no era una simple revisión de los Artículos de la Confederación, sino un gobierno totalmente nuevo, poderoso, distante y más elitista, que parecía una traición a los principios y avances democráticos de 1776. En los Estados, muchos votantes temían que tan pocos hombres, representándolos a tantos kilómetros de distancia, serían más ricos y poderosos, y estarían menos familiarizados con sus problemas, que los representantes de las Legislaturas estatales.
Pero a pesar de esta oposición, la Constitución al final se ratificó, porque bastantes sectores populares la apoyaron, y porque los sectores sociales más influyentes, utilizaron todos los medios, tanto lícitos como ilícitos, para que se aprobara, y se hicieron algunas concesiones a los antifederalistas. Los federalistas, los antes llamados nacionalistas, con más medios con los que defender sus puntos de vista, tuvieron la habilidad, durante el proceso de ratificación, de apropiarse del término “federal”, para denominar a la república y al gobierno nacional, de identificarse como federalistas – como si estuvieran opuestos a un gobierno central fuerte – calificando a sus adversarios de antifederalistas. Cuando la elocuencia no fue suficiente, utilizaron todo su poder para intimidar y coaccionar, como sucedió en Pensilvania, donde los federalistas llevaron a rastras hasta el Hemiciclo, a los representantes antifederalistas necesarios para obtener el “quórum”, que decidiría la fecha de la Convención. Y en el debate de ratificación, compraron todos los periódicos del Estado, donde se imprimían solamente los argumentos federalistas.
Los primeros en ratificar la Constitución fueron los Estados pequeños, que veían ventajas en ella. El primero en aprobarla por unanimidad fue Delaware (curiosamente el Estado por el que fue senador, el actual Presidente Biden) que lo hizo en diciembre de 1787. En mayo de 1790, o sea tres años después, Rhode Island fue el último estado en ratificarla.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.