Thor Heyerdahl y “Rapa Nui”. VIII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Ahora le tocaba el turno al doctor Carlyle Smith (al que todos llamaban “Carl”), profesor de arqueología en la Universidad de Kansas. A día siguiente de su conversación con el misionero alemán, Heyerdahl, acompañado por Carl y, cinco indígenas de la brigada de trabajos auxiliares, partió en el “jeep” de la expedición, dando tumbos por un sendero desbrozado, a través de la llanura pedregosa, que conducía a los pies del Poike. Allí reconocieron la depresión del terreno, ya descrito con anterioridad en los pasados textos. Comprobaron que no era continua. Se mostraba sólo a trechos, unas veces de forma clara y profunda, otras insinuándose débilmente y, así en ambos sentidos, hacia el norte y hacia el sur, hasta eclipsarse en los precipicios que flanqueaban la península por ambos costados. Se fijaron, de paso, en unos discretos montículos que parecían baluartes de tierra apelmazada, irregularmente distribuidos junto a la orilla superior, de la presumible zanja
Nada, a simple vista, apoyaba la teoría de un foso defensivo. Heyerdahl sabía que las dos expediciones, que precedieron a la suya, tampoco habían encontrado nada anormal, en aquella formación geológica. Tanto Routledge como Métraux concluyeron, después de examinarla, que se trataba de una simple depresión natural. El etnólogo belga dio incluso un paso más, al invertir los términos, afirmando que era la propia depresión, la que había inspirado la leyenda, a unos indígenas deseosos de explicarse la presencia allí, de semejante accidente geográfico.
Con tiempo por delante, el alto y enjuto profesor Smith, propuso a su jefe seguir examinando el terreno, mientras los 5 nativos, colocados a distancia regulares en el foso, iniciaban la tarea de excavar en él, agujeros en forma de pozos. El explorador noruego y el arqueólogo norteamericano, se acercaron al primer pozo, del que surgía una lluvia de tierra intermitente. El viejo encargado de abrirlo, había profundizado ya ¡más de dos metros! En el suelo y continuaba su labor, con una energía desaforada y, sudando a mares, como si le fuera la vida en el empeño.
Al asomarse al agujero, los dos científicos descubrieron una ancha veta roja y negra, sobre sus paredes color amarillo mostaza. ¡Carbón vegetal y cenizas en gruesas capas! Excitados, corrieron hacia los restantes hoyos, donde se encontraron con más de lo mismo. Estaba suficientemente claro, que allí se había producido un fuego muy vivo, en el cercano pasado. El sorprendido doctor Smith, aseguraba que el calor había tenido que ser muy intenso, o bien que la hoguera se había ido consumiendo, durante un tiempo prolongado, pues, de lo contrario, las cenizas nunca hubieran adquirido, aquel matiz tan rojo. Parecía, pues, que la balanza comenzaba a inclinarse, del lado de la tradición oral y, que los nativos podían estar en lo cierto.
En los días siguientes, el profesor de Kansas y su brigada de obreros pascuenses, atacaron en firme la fosa del Poike. La parte superior de la depresión era, en efecto, producto de la naturaleza y, se acomodaba al lecho de un antiguo río de lava. Pero a cierta profundidad, aparecían ya las huellas, de acciones debidas a las manos del hombre. Poco a poco salió a la luz, una estructura defensiva de fondo rectangular, con una anchura de 12 metros, una profundidad de 4 y ¡3km de longitud!, delimitando la falda de la península. Era una obra gigantesca, inverosímil al considerar su ejecución, por unos seres que carecían de máquinas. Junto a las omnipresentes cenizas, había artefactos de guerra, piedras de honda y losas labradas. “Ahora nos tocaba a nosotros asombrarnos”, reconoce Heyerdahl. “Miramos a los indígenas. Ellos ya sabían todo eso. Generación tras generación habían aprendido, que aquella colmada depresión, era cuanto quedaba, de la formidable trinchera de Iko y, el escenario de la matanza final de los “hanau eepe”.
Rescatada del brumoso e inestable terreno de la leyenda, por el quehacer científico de la expedición noruega, la batalla final entre las dos etnias de inmigrados a Rapa Nui – la más sangrienta quizá, que haya conocido la isla – entraba, por fin, en la historia.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.