La comunicación política como engaño
- Escrito por Alberto Vila
- Publicado en Opinión
En agosto de 2013 se crea Telegram como aplicación de mensajería instantánea. En 2021, ocupó el puesto 11 entre las plataformas sociales más usadas en el mundo con 500 millones de usuarios mensuales. Su aumento de usuarios en los últimos años estuvo acompañado con la proliferación de canales y grupos dedicados a la difusión de contenidos desinformantes. En particular en torno de la pandemia de coronavirus o como fuente alternativa a la censura de la OTAN en relación a los conflictos de Ucrania o Gaza. Esta red garantiza estar libre de censura. Aunque este fenómeno desinformativo no es exclusivo de Telegram. También abarca a las demás redes digitales merced a sus accionistas mayoritarios, sus algoritmos y a la gestión de la IA a partir de ahora.
El engaño, que tiene diversas formas, como la persuasión, la seducción o la mentira, se convierte en una práctica política tan inevitable como decisiva. De ese modo, la comunicación política se debe vincular a la desinformación. Por tanto, no confiemos en que este tipo de comunicación sea necesariamente veraz.
La historia política está jalonada de acuerdos, conspiraciones y operaciones de inteligencia, que circulan bajo la superficie de los hechos que se desencadenan como consecuencia de sus interacciones. El llamado revisionismo se ocupa de descubrir el back stage de la cosa política. La verdad sobre el Pacto de la Transición española, por ejemplo.
Sin duda, el discurso de los políticos y su transmisión a los medios de comunicación es una muestra de esta complicada relación. Es la dimensión de la postverdad, fake news mediante.
El ámbito más proclive para esta interacción entre el mensaje político y el consiguiente periodístico, son los argumentos que el discurso parlamentario formula en las sesiones de las cámaras, o en las conferencias de prensa. Además, tampoco hay un espacio más idóneo para examinar la tergiversación del discurso ajeno y la transmisión de mensajes con patrones ideológicos determinados, que el discurso periodístico produce cuando lo ofrece a sus públicos.
Los mecanismos que exponen los dos discursos, el político y el periodístico, deben ser contrapesos el uno del otro. De lo contrario pueden ser ambos cómplices necesarios para consumar el latrocinio institucional. Recordemos la diferencia entre el error y la mentira. El primero surge de la negligencia no intencionada. La segunda de la intención consciente manipuladora.
Claro está que no contribuye a evitar el predominio del engaño político la intromisión interesada de los integrantes del poder judicial y su grado de dependencia de la cosa política. De no ser ecuánime estamos en presencia del fenómeno del lawfare, cada vez más frecuentemente construida por los arquitectos del engaño político.
La búsqueda de la verdad, coincidencia entre los hechos y las afirmaciones de quienes producen el discurso, dependerá de que se propongan quienes la persiguen. Según decía Sartre “cómo todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”.
Alberto Vila
Economista y analista político, experto en comunicación institucional.