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“Para los negacionistas, los hechos son inaceptables”


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Así decía Edwin Cameron, Magistrado de la Corte Constitucional de Sudáfrica, cargo que ocupó desde el año 2000 al 2019. Entre 1999 y 2000 el Juez Cameron fue Acting Justice de la Corte Constitucional, mediador, por nombramiento del presidente Nelson Mandela con una larga historia como profesor universitario y activista de derechos humanos.

El periodista especializado en temas científicos Michael Specter, en su ensayo “Denialism: How Irrational Thinking Harms the Planet and Threatens Our Lives”, define al negacionismo grupal como “cuando todo un segmento de la sociedad, a menudo luchando con el trauma del cambio, da la espalda a la realidad en favor de una mentira más confortable”. En este sentido, la oposición española es poco digna en su desempeño.

El “denialismo”, derivado del término en inglés “denial”, es la elección de negar la realidad como una forma de evitar una verdad incómoda. Por tanto, es rehusar la aceptación de una realidad empíricamente verificable. Esto permite calificarla como a una acción esencialmente irracional que impide la validación de una experiencia histórica o evento. Es un mecanismo psiquiátrico perturbado. Negar que Franco fue un genocida es denialismo, puro negacionismo. Tanto como hacerlo con la muerte de los ancianos abandonados en las residencias de Madrid. También por las personas que quedan sin protección al borde de la muerte a causa de la desatención gubernamental del modelo Milei en Argentina.

Cabría preguntarse, luego de los desórdenes públicos que estas condiciones desencadenan, por qué los gobiernos de la extrema derecha protegen esta resistencia del statu quo bajo el amparo de un aparato mediático que los ampara. Este comportamiento generalizado de respuesta al cambio social, que es promovido por la ultraderecha neoliberal, se ha dado en llamar “negacionismo”. Este comportamiento humano se caracteriza por la exhibición de conductas de aquellas personas que prefieren negar la realidad para evitar una verdad incómoda. Puede ir desde el mero relato hasta la expresión de odio a través de una violencia injustificada. La aporofobia es otra de sus manifestaciones.

Estos comportamientos son esencialmente irracionales porque retienen la validación de evidencias objetivas. En el caso de consensos científicos, niegan los indicios del cambio climático, sosteniendo explicaciones de un saber vulgar, basadas en supuestos informes escasamente veraces, o directamente fakes, frente a un conocimiento crítico, es un ejemplo. Los movimientos ultrareligiosos antivacunas es otro. Esos extremismos utilizan la legalidad de la democracia, que les permite defender sus derechos de oposición, para obstaculizar el trabajo científico y derribar gobiernos. El terraplanismo tiene adeptos en todo el mundo. En este contexto, la negación del Holocausto está tan difundida como negar las 200.000 víctimas de la represión franquista, o los casi 40.000 palestinos asesinados. La negación de un estado palestino es la culminación negacionista actualmente.

Así fueron, por tomar el ejemplo más global, las teorías conspirativas acerca del origen de la COVID-19, amplificadas por los seguidores del propio Donald Trump entre los adeptos a estos movimientos ultraderechistas, sin tener en cuenta el riesgo al que sometieron al conjunto de los ciudadanos, cuando se saltaron todos los protocolos y se manifestaron ante la autoridad con una impunidad agraviante. Trump probablemente recupere la Casa Blanca. Es inaceptable que las fuerzas del orden ignorasen a un grupo más organizado y menos espontáneo de lo que los medios del statu quo informaron.

Tampoco es de recibo la condescendencia con la que la Justicia trató estos comportamientos según se trate. Los muertos en residencias están aguardando que lo paguen. Tal vez a la negación de la crisis de legitimidad que manifiesta el mantenimiento del CGPJ sea la razón de la impunidad general que se aprecia en España.

Si el gobierno es incapaz de afrontar esta situación debería dimitir. Junto a esa dimisión, el cese de los mandos directamente vinculados al control de los desmanes en materia económica, política y religiosa. El acoso a la familia de Pablo Iglesias es la muestra. 

Los comportamientos radicales han sido tratados con dureza cuando de antisistema de izquierda se trató. Por no mencionar la dureza de la represión de los movimientos independentistas. No puede esperarse condescendencia con la ultraderecha.

El gobierno debe estar a la altura. Nos jugamos el futuro.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.


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