Los promotores del odio
- Escrito por Alberto Vila
- Publicado en Opinión
Según la Real Academia, el odio supone aborrecimiento, aversión, animadversión, rencor, abominación, antipatía, ojeriza, desprecio, fobia, inquina, encono, rabia o tirria. Todos estos términos implican un sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que, intencionadamente o no, provoca el deseo de producirle daño o de que le ocurra alguna desgracia.
La palabra odio se deriva del latín “odium”, término utilizado en el Imperio Romano para todo lo que resultara desagradable o reprobable en extremo. También comparte sus raíces con la palabra “enojar”, derivada de “inodiare”, es decir, “provocar el odio”.
Suele coincidirse en que las fuentes del odio son el resentimiento derivado de la propia incapacidad intelectual u otra razón desencadenante frente al adversario. Lo son las discrepancias con causas contrarias a las propias o, como suma de las anteriores, la búsqueda de un “chivo expiatorio”, por ejemplo, el migrante o las personas con diversidad étnica, sexual, económica o religiosa, que compense los propios padecimientos producidos por la frustración consecuente.
Así, el odio supone la antesala de la violencia. Ese rol dañino del odio es la forma en que atenta contra el diálogo y el entendimiento, llevando el enfrentamiento hacia la destrucción del otro al incurrir en conductas violentas, pensamientos coléricos y propósitos destructivos hacia aquello que odian.
Es en estos casos en los que se induce a violentar las reglas del juego democrático aludiendo a ficciones. La mentira, la difamación o las llamadas a la sedición resultan justificables para los odiadores. Un ejemplo es la insistencia en afirmar que se “han ganado las elecciones”, cuando en un sistema parlamentario sólo “se forman gobiernos” en las cámaras electas.
Como alternativa, en el presidencialismo, véase el caso de los EE.UU. en donde quienes eligen presidente son los 435 compromisarios que integran el Colegio Electoral que cada estado de la Unión aporta al mismo. Son ellos los que eligen al ciudadano que ocupará la Casa Blanca. Eso no significa que haya sido el más votado. Son las reglas de juego democrático de allí. Creo que la oposición política no suele estar correctamente informada.
Cuando existen personas o grupos en democracia que se atribuyen infundadamente privilegios de clase, religión o dinastía, resulta más perceptible que, a raíz de la frustración que les trae aparejada la pérdida del control o ejercicio de alguno de esos privilegios insatisfechos, den rienda suelta al odio en todas sus formas. Las matanzas por razones políticas, religiosas, económicas, raza o sexo, que se han llevado a cabo a lo largo de la historia de la humanidad son ejemplo suficiente de ello.
Con el odio presente, la convivencia y la paz social no se facilitan. Los odiadores se ponen en funcionamiento encabezando manadas de acólitos, generalmente sin privilegio alguno, para “poner las cosas en su sitio”. Odiar requiere de la inversión de una importante cantidad de energía y atención en aquello que se odia, dado que se trata de un sentimiento obsesivo, que una vez surgido es difícil de combatir.
A tenerlo en cuenta.
Alberto Vila
Economista y analista político, experto en comunicación institucional.