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“Curriculotis aguda: cuando el título te convierte en ser humano (o eso crees)”


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Hay quienes nacen, crecen, se reproducen y mueren. Otros, sin embargo, se licencian, se masterizan, se doctoran, se postdoctoran, se acreditan, se inyectan cursos online intravenosos y, en sus ratos libres, sueñan con diplomas. A esta noble subespecie se la conoce como el Homo Titulensis, víctima (o profeta) de una pandemia moderna: la titulitis.

Sí, titulitis. Esa enfermedad contagiosa que te hace creer que cada línea que añades al currículum te eleva un centímetro sobre el suelo. Si no mides dos metros de titulaciones, no eres nadie. Ni tú, ni tu abuela, ni tu perro con máster en obediencia canina por la Universidad de Wisconsin Online Campus.

Vivimos en una sociedad donde el talento huele sospechoso si no lleva pegado un logotipo universitario. Donde los certificados importan más que el conocimiento, y donde el verbo ser ha sido sustituido por haber estudiado. No eres inteligente: has hecho un máster en pensamiento crítico. No eres solidario: tienes un curso de 12 horas en voluntariado transcontinental con código QR y badge digital.

La titulitis no entiende de disciplinas. Está el abogado con cinco másteres en derecho comparado que no sabe redactar una carta de despido sin copiarla de Google. El filósofo con doble doctorado que no distingue a Kierkegaard de un queso danés. Y no olvidemos a la influencer académica que actualiza su LinkedIn cada tres días con “Nueva acreditación completada en liderazgo cuántico y mindfulness para startups resilientes”.

Ya sabemos que para muchos trabajos -docencia sin ir más lejos- es difícil engañar y cada día la exigencia es mayor, y sí, si eres filósofo es posible que no tengas ni zorra idea, pero si tu título es de una universidad española, te lo has tenido que currar, eso fijo. Ya sabemos todos que las titulaciones, por ejemplo, emitidas por EEUU, son casi imposibles de convalidar en España/UE. Vale, la tienes. Depende para qué podrás o no, ejercer. Pero, ostras, no te la inventas. Inventarse la de tu propio país, tiene ¡manda narices! Pero ¡chavales! Si has hecho eso es porque has subido la gran escalera del puestazo, con su dinerete Entonces…¿por qué no devolvéis el dinero caníbales? Si mi Noelia de Fuenlabrada que en su vida se ha visto en otra, ha estado 8 años ganando tipo 85.000 euros anuales mintiendo con sus tres carreras, ¡ostras!, ¿por qué no devuelve el dinero? ¿dimitir? es lo de menos. Y así, uno por uno, una por una ¡mamarrachos/as! ¡Y qué satisfecha se la veía dando entrevistas diciendo lo que digo yo misma, que me gusta estudiar, que siempre estoy matriculada en algo..! Que nos da igual que los políticos tengan estudios, que lo queremos es honestidad. ¡Devuelve la pasta, colega! Punto.

He de decir a este respecto, que bueno, un poquitín de estudios da educación, a algunos, claro: Pablo Iglesias era un gran orador, educado y con estudios, no insultaba, otros políticos como Marcelino Camacho, Carrillo…sin estudios, no estabas de acuerdo con ellos, pero no eran chabacanos. La lista es grande. Educación y buenos modales, abren puertas principales. Pero de esto hablaremos otro día. Hoy estamos con los/las maricomplejines. Sigo.

El currículum, ese altar sagrado donde se sacrifican fines de semana, relaciones humanas y neuronas para acumular siglas y logotipos. Porque nada dice “ser humano completo” como un PDF en Helvetica 12 con 42 líneas de formación complementaria. Ya os lo digo yo, que muchas veces, encima ni se creen mi curri, pero qué gusto da cuando llevas en carreta las 80 publicaciones y la carpeta que pesa 7 kilos con todos los méritos. Luego dicen, ¡anda, a esta hay que pagarla mucho! ¡Pues no la contratamos! Hay algunos esforzados como yo, no soy la única.

Ahí está la cosa, que lo trágico, lo sublime, es que la titulitis ya no garantiza ni trabajo, ni prestigio, ni siquiera una charla decente en la cena de Navidad. Pero, ¡ah!, cómo viste en redes sociales. “Graduado en nada relevante, pero con diploma oficial emitido por Harvard en su versión freemium de 10 minutos”. Porque lo importante no es el saber, sino el parecer que sabes, y a ser posible, con sello, firma, y código de autenticación.

Y ni se te ocurra decir que aprendiste algo por tu cuenta. Que leíste libros. Que observaste el mundo. Que hiciste algo sin certificación oficial. Eso es blasfemia educativa, y como tal, punible con el desprecio silencioso de quienes coleccionan diplomas como si fueran cromos de Dragon Ball.

¿La solución? Fácil. Propongo una app que genere títulos aleatorios cada día. Hoy eres "experto en antropología cuántica aplicada al horóscopo". Mañana, "consultor estratégico en sinergias transdisciplinarias de narrativas disruptivas". Total, nadie va a comprobarlo. Lo importante es el marco dorado del diploma y la posibilidad de decir: “te lo puedo mandar por PDF”.

Porque ya lo decía el sabio: quien tiene un título, tiene un tesoro. Aunque ese tesoro no sirva para nada más que para hundirte en el océano de la autoimportancia. Pero, eso sí, hundido con honores, toga, y caligrafía gótica.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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