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Europa: calor en los montes, hielo en la conciencia


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Arde el verano y con él la coartada. Los informativos repiten la coreografía conocida: llamas que trepan, sirenas, un ministro con casco prestado y promesas que se activarán “cuando amaine el calor”. La temporada de incendios se ha convertido en un género audiovisual; la prevención, en un trámite que siempre llega tarde. El termómetro sube sin esfuerzo; el termostato moral parece desenchufado.

La mitad sur de Europa conoce de memoria esta liturgia del desastre: montes mal gestionados, urbanizaciones metidas en el pinar, cuadrillas temporales que cambian cada junio, planes que se aprueban en septiembre y se olvidan en enero. Lo llamamos “emergencia” para no admitir que es rutina. Cuando no son plató, los bosques son Excel: partidas que se podan con más alegría que las acículas. Se declama resiliencia; se presupuesta resignación. La épica del hidroavión tapa la pereza del invierno, que es cuando se limpia, se clarean cortafuegos, se ordena el territorio. Bruselas afina su retórica de gran estrategia y publica hojas de ruta impecables. Falta lo único que no se licita: voluntad sostenida. Falta una brújula que ordene la regla más simple de la política climática: por cada euro que gastamos en apagar, dos en evitar.

Pero el mayor contraste térmico no está en el mapa meteorológico, sino en la cartografía de los escrúpulos. A miles de kilómetros, donde no hay incendios que apagar sino vidas que se apagan, Europa administra su emoción con la frialdad de una cámara frigorífica. En Gaza los muertos se cuentan como si fueran series estadísticas y los comunicados se redactan en pasiva impersonal, esa gramática que borra sujetos y responsabilidades. Nos decimos prudentes cuando en realidad hemos aprendido a oscilar entre la condena simétrica y la mirada a otro lado. No es neutralidad: es abstención moral. Ese hielo se extiende también por ciertos despachos del mundo árabe, donde el aire acondicionado fabrica nieve en agosto y la solidaridad se pospone “hasta nuevo aviso”. Se invoca la estabilidad como si fuera una virtud y no, a menudo, un negocio. El petróleo no arde en televisión; arde en las cábalas de la conveniencia.

Así, el continente que presume de valores universales exhibe un síntoma inconfundible: se calienta por fuera y se enfría por dentro. Podemos movilizar aviones, helicópteros y voluntarios para salvar un pinar —y bendito sea—, pero no encontramos la misma urgencia para salvar a quienes no votan aquí. No es falta de información ni de instrumentos; es una cuestión de temperatura interior. Hemos normalizado una contradicción cotidiana: un territorio capaz de prohibir la pajita de plástico es incapaz de prohibirse a sí mismo la tibieza ante lo intolerable.

Arreglar ese termostato no requiere una cumbre más, sino una coherencia menos negociable. Significa tratar la prevención forestal como infraestructura crítica, no como gasto ornamental; entender que el verdadero indicador de éxito no es cuántas hectáreas ardieron, sino cuántas dejaron de arder porque hicimos lo sabido a tiempo; recuperar la decencia de nombrar lo que ocurre lejos con la misma precisión con la que nombramos lo que ocurre cerca; aplicar criterios comunes: si hay líneas rojas para las emisiones, debe haberlas para la exportación de indiferencia. Significa, sobre todo, aceptar el coste político de sostener esas decisiones cuando las cámaras ya miran a otra parte.

La política del selfie con manguera conmueve durante un día y no salva un verano. La geopolítica de las excusas conmueve a nadie y no salva una vida. Entre ambos extremos se juega el crédito de una Europa que acaso olvidó que su prestigio no nació de los discursos, sino de la capacidad de convertir principios en prácticas incluso cuando salía caro. No se trata de elegir entre bosques y niños: se trata de recordar que la palabra “protección” es la misma en ambos casos y que el deber empieza donde termina la comodidad.

Tal vez ese sea el diagnóstico más honesto de esta estación extraña: el clima se recalienta por dióxido de carbono y por cinismo. El primero exige ciencia y presupuesto; el segundo, coraje. El verano volverá el año que viene, y con él la tentación de repetir el guion. Lo único que puede cambiarlo es esa aburrida virtud que no hace ruido: coherencia antes de las cámaras, coherencia después. Porque este verano no solo se está quemando el monte. También, a cámara lenta, nuestra capacidad de indignarnos a tiempo. Y ese incendio, cuando prende, no lo apaga un hidroavión; lo apaga la decisión de dejar de ser espectadores.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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