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El turismo como pulsión absurda


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Nos movemos todo el año, pero en verano el fenómeno turístico, aquí y allá, resulta del todo insoportable. Viajar y hacer turismo son dos formas antitéticas de recorrer el mundo. Vagabundear y explorar era algo posible en el pasado, cuando el viaje aún no se había industrializado. Viajar no es hacer turismo; un turista no es un viajero. Es una diferencia que planteó Paul Bowles, que además de escritor fue un reputado viajero. Establecido durante años en Tánger, allí escribió El cielo protector, novela en la que el protagonista, justamente, no se considera turista, sino viajero. La diferencia residía en el tiempo: “mientras el turista suele apresurarse a volver a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza lentamente durante años de un punto a otro de la tierra”, escribió. Esta es una visión entre romántica y aristocrática del viaje. La sostiene alguien que dispone de tiempo y, por tanto, de rentas suficientes para vivir sin trabajar. Se asocia la autenticidad del viaje al elitismo económico y social, mientras que al turista solo le quedaría el movimiento fácil, superficial y falso. El viajero explora a fondo y consigue un nivel de experiencia vedado a los turistas. El turista, en cambio, solo está de paso durante sus vacaciones pagadas y limitadas. Según esta visión, el viajero “conoce”, mientras que el turista únicamente “reconoce” aquello que ya ha visto en los folletos de la agencia.

Pero hoy en día, aunque se disponga de tiempo y dinero, es muy difícil hacer un viaje que no esté turistificado por la industria. Es cierto que ser viajero requiere una actitud que se puede tener, y es posible contratar recorridos menos masificados, pero esos destinos han perdido la originalidad que se les suponía. Conocer el contexto cultural, haberlo estudiado y tener un bagaje que nos acerque al viajero, que nos permita entrar con mayor profundidad en las realidades a las que nos acercamos, nos puede proporcionar más conocimiento; pero el viaje en sí no deja de ser un producto comercial, un recorrido teledirigido, aunque forme parte del segmento más alto de los nichos turísticos. Se pueden enfocar las vacaciones de maneras muy distintas y, pese a la turistificación, es posible priorizar más el entretenimiento y el ocio o bien la cultura y la experiencia. Pero no es más que una cuestión de detalle y de matices. En general, el tiempo es limitado y se dispone de él de manera estacional, lo que condiciona enormemente.

En la cultura industrial, en la sociedad de masas, hay poco espacio para lo singular y para actitudes contemplativas, para disponer del tempo necesario que convierta el descanso en algo creativo. El mundo actual nos enmarca en dinámicas de las que resulta casi imposible mantenerse al margen. Tiempo de trabajo al que sucede un tiempo de descanso organizado con la misma lógica que el anterior. El ocio convertido en entretenimiento planificado y mercantilizado que nada tiene que ver con un tiempo propio destinado a crecer personal y culturalmente. Lo turístico lo domina todo y acaba poseyéndonos, aunque nuestra voluntad y actitud quieran orientarse en otra dirección.

La conversión del viaje en un sistema industrializado acabó con el viaje. Resulta paradójico, pero es así. Viajar está ligado a formas “artesanales” de recorrer el mundo, a la posibilidad de realizar itinerarios únicos. La producción en serie acaba con la singularidad y con un tipo determinado de experiencia. Permite otra cosa: la democratiza haciéndola posible para casi todos. La lógica de crecimiento exponencial del movimiento de turistas termina destruyendo los posibles encantos de los destinos turísticos, ya sean ciudades, monumentos o espacios naturales. La masificación, el crecimiento, tiene unos límites que ya se han sobrepasado de manera manifiesta. Las ciudades globales no solo son inviables para sus autóctonos, sino que su parodia acaba siendo insostenible incluso para los viajeros menos exigentes. Los destinos turísticos se queman a fuerza de degradarlos. Claramente mueren de éxito. Barcelona ya no es la Barcelona que interesaba a sus visitantes. Un lugar lleno solo de turistas donde toda la estructura comercial y de entretenimiento está dirigida a ellos. Ya no queda nada genuino en la ciudad que un día fue símbolo de la modernidad y el diseño. La monumentalidad de Roma ya es inaccesible: las hordas de visitantes colapsan sus accesos. Para conocer la Fontana di Trevi, es mucho más fácil hacerlo comprando una postal. Ya no es posible recrear, imaginar, la secuencia de La dolce vita. En Venecia solo se puede entrar superando un torniquete de acceso, como si se tratara de asistir a un espectáculo, mientras haya aforo. La industria, con su lógica de expansión y crecimiento, termina devorando su propio producto. Un auténtico sinsentido.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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