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La política como frustación


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Estamos en un mundo en el que la política y los políticos atraen las iras de una ciudadanía humillada, defraudada y sin propósito ni sentido de colectividad. Se ha impuesto la actitud pospolítica o antipolítica, como se refleja en el ascenso imparable de las extremas derechas, las cuales encuentran su mejor ecosistema en la polarización extrema y el uso de un lenguaje desatado, presentándose como los redentores ante unas clases medias atemorizadas y unos sectores populares que se sienten abandonados. En realidad, sin embargo, no hay política si entendemos esta como el espacio de planteamiento y resolución de los grandes retos y conflictos, como el ámbito en el cual se dan curso a las prioridades estratégicas de lo colectivo, en detrimento de la inmediatez de lo puramente individual.

El mundo del comercio, la producción y las finanzas globalizadas tiene muchas dificultades para casar con un mundo político preferentemente institucionalizado en el ámbito geográfico y mental de los Estados nación. Los grandes temas que tiene la humanidad confundida tienen un alcance que excede en mucho las posibilidades de resolución de los estados, y no se ha desarrollado un sistema de gobernanza global adecuado para asumir los retos del calentamiento global, los grandes conflictos bélicos que, más allá de sus formalismos, tienen su punto de arranque en la desigualdad, o el establecimiento de sistemas fiscales armonizados que eviten la competencia desleal en el momento de dejar de pagar impuestos. La impotencia de las Naciones Unidas en relación con Gaza es una buena evidencia de ello. La política institucionalizada se ha resignado a ser un dios menor, incluso habiendo incorporado las maneras tan poco amables que allí predominan. Cuanta más falta nos hace la política y los liderazgos elocuentes, más fuera de la realidad está, y los buenos dirigentes resultan aún más extraños. La crisis de la política es previa y va más allá del descontento y la frustración que pudo haber generado la crisis económica y su larga repercusión. Hay un problema de credibilidad en las formas y en el fondo, donde lógicamente los numerosos casos de corrupción, conflictos de intereses y puertas giratorias no han ayudado. Tampoco ayuda la percepción de que el discurso más antiestatista de las élites va ligado a que el Estado proteja y dé cobijo a sus intereses. O cómo las ganancias particulares se convierten en socialización de las pérdidas, asumidas —y esto no deja de ser una ironía— con los ingresos fiscales provenientes mayormente de las rentas del trabajo, en una especie de redistribución de riqueza en sentido inverso al que parecería lógico. Hace tiempo que empezamos a ceder en nuestros derechos de soberanía ciudadana a cambio de adquirir un papel de consumidores compulsivos, no porque nuestra renta lo hiciera posible, sino por la trampa de una insostenible facilidad para el endeudamiento.

La profunda crisis de los sistemas y de la cultura democrática no es pasajera. Los efectos del capitalismo cognitivo y financiero, fundamentado en grandes monopolios tecnológicos, han tenido consecuencias económicas y sociales insoportables. Algunos dígitos positivos en el PIB no nos evitarán estar al final de una época y tener que cambiar el paradigma de referencia. El crecimiento económico en términos antiguos no evitará nuestra progresiva deriva hacia la precariedad y la pobreza. Recuperar la noción de ciudadanía, rescatar el orgullo y la voluntad de ejercer como tales, parecería un buen inicio para volver a situar las cosas en el lugar del que nunca deberían haber salido. Una ciudadanía repolitizada y reempoderada que asuma dosis de autocrítica y de error. Como ha escrito David Harvey, “las ideas tienen consecuencias y las equivocadas pueden tener consecuencias devastadoras”. El mundo al que hemos llegado no es el resultado de la acción conspirativa de los plutócratas del 1%, ni de que el mundo esté gobernado exclusivamente por las corporaciones. Determinadas hegemonías se han alcanzado de manera escrupulosamente democrática. Aunque las responsabilidades sobre la sinrazón a la que hemos llegado no puedan repartirse de manera igualitaria entre la ciudadanía y las élites económicas y políticas, entre la población y el establishment dominante. Ciertamente, hay errores compartidos. Los ciudadanos nos equivocamos a menudo, optamos en el ámbito político y económico con cierta frivolidad, y estamos lejos de que nuestras opciones respondan a la racionalidad, ni siquiera a nuestros intereses. De hecho, a menudo nos inclinamos por una ficción sobre lo que más nos conviene. Puede parecer una boutade, pero votar es un acto eminentemente político del cual se derivan consecuencias. Algunas apuestas pueden comportar menor bienestar económico y mucha mayor conflictividad política y social. No es tiempo, todavía, de lamentaciones, pero sí de afrontar la política y nuestro futuro con una nueva actitud.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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