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El futuro no es Trump, es China


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Donald Trump y el populismo que avanza de manera incontrolada se mueven en la lógica de generar el desorden y el caos. Venezuela y todo lo que vendrá son una buena muestra de ello. La amenaza y el belicismo son las formas que han adoptado las relaciones internacionales. Ha muerto la diplomacia y el uso de la fuerza y la brutalidad preceden a negociaciones a las que una de las partes llega de manera agónica. A pesar de las ínfulas norteamericanas, su declive es evidente y las maneras actuales no hacen sino poner de manifiesto sus debilidades. La dimensión geopolítica sobrevuela este mundo en crisis e inmerso en una gran confusión. La emergencia de China, su avance lento pero imparable hasta obtener primero la hegemonía económica y después la militar, es el contexto que da sentido a muchos conflictos actuales. Estados Unidos se siente desafiado y sus golpes de ciego en política internacional, especialmente evidentes con la actual presidencia, pueden entenderse por el desasosiego que provoca la inevitable hegemonía futura del gigante asiático. El dinamismo de su economía, la creciente influencia internacional no solo en Asia, sino también en África o América Latina, su desarrollo militar, su capacidad financiera que la convierte en poseedora de una parte importante de la deuda norteamericana, la capacidad tecnológica o el diseño de la Nueva Ruta de la Seda parecen señales claras tanto de su capacidad como de su voluntad de entrar en una nueva era. Están ganando la batalla de la tecnología.

China es una potencia rival para Estados Unidos y Occidente, llamada a sustituirlos, y es difícil que no sea así si tenemos en cuenta el papel histórico de Europa en el continente asiático. No solo crece económicamente, sino que tiene un proyecto, una civilización que desarrollar en la que se confunden un capitalismo extremo con formas políticas autoritarias que, más que con Marx o Mao, tienen que ver con una ancestral cultura imperial. Pero, además, China es un producto de Occidente, una consecuencia de su necesidad, a partir de los años ochenta, de obtener recursos y una mano de obra industrial abundante y barata. Occidente industrializó China, fomentó una revolución industrial acelerada y la convirtió en la fábrica del mundo. Solo era cuestión de tiempo que quemara etapas y estuviera en disposición de cambiar las reglas del intercambio en la división internacional de la producción. No se entendió así, pero la deslocalización industrial significaba el inicio del fin de la hegemonía occidental. Creer que la marca, el capital intelectual y la red de distribución nos harían inmunes fue un gran error. Se había pasado, en palabras del sociólogo inglés John Urry, de una primera modernización “pesada”, que requería la estabilidad proporcionada por un pacto localizado con el trabajo, a una modernización “líquida” en la que el capital ya no necesita compromisos territoriales ni pactos con el trabajo. Se volvió crucial no estar en ningún lugar.

La estrategia de los bajos costes era perdedora a medio plazo. Con la pandemia y la falta de capacidad de respuesta, el mundo occidental entendió, por primera vez, que había perdido la partida. Ni siquiera podía fabricar mascarillas o suero. El globalismo nos había hecho vulnerables, mientras China comerciaba, ayudaba y ocupaba los territorios perdedores de la globalización. Y en esta situación, Estados Unidos vuelve a marcar el camino a una Europa subyugada. América pretende ampliar su horizonte de hegemonía luchando contra China, una postura compartida por todo el arco político. El futuro de Taiwán se presenta así como la gran piedra de toque. China ha sabido esperar. El momento de la ocupación no está lejos y será altamente simbólico. Estados Unidos, comprometido con la defensa de la independencia de la isla, podrá hacer poco más que exhibir su frustración.

Volver a la lógica territorial en la economía, deshacer el camino del globalismo, desmontar las cadenas de valor globales es una apuesta políticamente muy rentable, especialmente para el nacionalismo identitario que campea en las filas republicanas más allá de Trump, pero es un mal negocio para las grandes corporaciones. Significa renunciar a una parte nada desdeñable de los beneficios y, además, perder una parte importante del mercado mundial. China tiene un gran mercado interior que puede abastecer con sus propios recursos. La pandemia hizo valorar la posibilidad de la reindustrialización occidental, y algo se ha hecho, aunque no de manera sustancial. En lo fundamental, se sigue produciendo en Asia, y la vulnerabilidad occidental se mantiene. Parece evidente, tanto en términos demográficos como de dinamismo y capacidad de innovación, que Europa —como buena parte de Occidente— está en decadencia y que, quizá, el Estado del bienestar fue posible en unas coordenadas históricas que ahora ya no se dan. Este concepto respondía a la época de la Guerra Fría y quizá ha constituido más que un proyecto una anomalía histórica. El capitalismo se impone con los “valores asiáticos”. El “siglo de Estados Unidos” parece prácticamente acabado y sustituido por la potencia genuinamente autoritaria y capitalista que es China. Tal como plantea Žižek (2016), se vislumbra una nueva Edad Oscura, en la que estallan pasiones étnicas y religiosas y los valores de la Ilustración retroceden.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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