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La política del terror


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Una de las maneras más descarnadas de ejercer el poder es generar miedo entre aquellos a quienes se quiere dominar, ya sean personas o países. Una de las formas más efectivas que tiene el terror para mostrarse y ejercerse es la imprevisibilidad. No tener ninguna seguridad de si serás acusado o reprimido y que no haga falta ninguna motivación para que caiga sobre ti la brutalidad del poder con excusas impensables. Stalin, en los años más duros del sistema soviético, era un maestro en esto. Miedo a ser denunciado, a atraer la mirada de los inquisidores o a que los mismos familiares o amigos te denunciaran para ganarse la indulgencia del régimen. No se requería ninguna causa ni prueba formal para ser detenido o imputado; podía suceder porque sí, por azar, por casualidad, por la mala leche de alguien o por el deseo de algún funcionario de ganar puntos. Millones de personas acabaron en el Gulag y muchas fueron torturadas o desaparecieron. El conjunto de la sociedad soviética vivía atemorizado, intentando pasar desapercibido, sin normas ni garantías a las que acogerse. Si al hecho inesperado le añades una brutalidad fuera de toda medida, el mecanismo del espanto funciona todavía mejor. La violencia arbitraria actúa como un gran somnífero destinado a sustraer toda noción de libertad, reducida a pura supervivencia. El nazismo alemán funcionó también con esta lógica. Cualquiera, por cualquier cosa o por nada, podía ser detenido y entrar en un mecanismo kafkiano que podía llevarlo a ser brutalmente torturado o a su desaparición física. Todo el mundo tomaba nota de lo que, otro día, podía pasarle a él.

Esta manera de actuar ha vuelto de la mano de Donald Trump, y lo ha hecho tanto en el ejercicio del poder dentro de los Estados Unidos como imponiéndola en las relaciones internacionales. La clave es la ausencia de normas, mientras el derecho queda maniatado. Todo es posible y al magnate le gusta mucho jugar con el efecto sorpresa, cambiando constantemente de discurso y de foco. Mientras el mundo critica sus ocurrencias y salidas de tono, él ya produce otras nuevas e imprevistas. Se trata de estar siempre en el escaparate y, de manera clave para un narcisista como él, de que solo se hable de su figura. Desde hace un año, en la comunicación, los análisis o las tertulias de todo tipo, las acciones llamativas de Trump tienen el monopolio. Ha creado una mezcla de expectativa, temor, incertidumbre y mucho espectáculo. La razón, el análisis, el diálogo o la controversia civilizada han desaparecido. Incluso hay quien disfruta de ello. Habitamos una especie de nueva monarquía absoluta de alcance universal en la que nos vamos acomodando a estar pendientes de la última manía infantiloide de un personaje patético, pero que está liquidando el marco y los valores conocidos y nos sitúa en un espacio absolutamente imprevisible. La única certeza que nos queda es que solo cuentan la amenaza y el uso de la fuerza como razón última de todo.

El problema principal es que acabamos asumiendo este cambio con normalidad, como la “nueva” normalidad. Ciertamente, estamos perplejos, bloqueados, pero a Europa le corresponde reaccionar en defensa de los valores que la han distinguido y que le han dado sentido. Intentar apaciguar al monstruo con actos de sumisión no sirve para nada; si acaso, para que te desprecie aún más. Toca reaccionar, actuar con consecuencia respecto a una potencia “amiga” que ha dejado de serlo. La declinación económica, tecnológica, política, cultural y militar de los Estados Unidos no puede hacernos esperar una era post-Trump que nos devuelva a una normalidad perdida, como si la actual presidencia hubiera sido un lapsus accidental. La América que dirigía, con todos los defectos y limitaciones que se quieran, el bloque occidental basado en la libertad y los valores democráticos ya no volverá. A Europa le toca independizarse, “matar” al padre y, confrontándose con las agresiones americanas, construir su propia vía en todos los ámbitos, también en defensa y seguridad. Canadá, país agredido verbalmente por la retórica trumpista, sus aranceles y pretensiones anexionistas, ya hace tiempo que ha reaccionado. En una magnífica intervención en el Foro de Davos, su primer ministro ha afirmado algo clave: no podemos seguir actuando como si hubiera reglas y normas cuando la primera potencia ha demostrado que ya no las respeta y han dejado de existir. Hay que actuar en consecuencia, denunciando, emancipándose y, si es necesario, confrontando. En estos momentos, los Estados Unidos se han convertido en una potencia totalitaria, violenta, agresiva y neocolonizadora. Las bandas paramilitares se mueven por el país creando inseguridad a buena parte de sus ciudadanos y actuando con la más estricta arbitrariedad. El país no es, ni volverá a ser, ningún modelo. Cuanto antes lo asumamos, mejor.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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