En anteriores escritos ya hemos dicho, que el mérito esencial de Werner Jaeger, fue la de haber llamado la atención de los eruditos, sobre la necesidad de partir de las obras juveniles de Aristóteles, o mejor, de los fragmentos que de ellas nos han llegado de las mismas, para entender adecuadamente al Estagirita. Sin embargo, esos fragmentos que nos han llegado son muy escasos y, muy pocos, pertenecen directamente al autor. Ahora bien, los fragmentos son como piezas de un mosaico, que se prestan a componer diversas figuras. Además, al revestir la mayor parte de las obras juveniles, la forma de diálogo, existe el peligro de hallarse ante razonamientos, más o menos arreglados, de personajes que no expresan la opinión del filósofo. Por ello, la reconstrucción del joven Aristóteles, está sujeta, fatalmente, a conjeturas. Es obvio que, de los fragmentos llegados hasta nosotros, es imposible en todo caso, obtener el perfil de un Aristóteles, totalmente platónico, como lo ha reconstruido Jaeger. La crítica dirigida contra Platón, se inicia muy pronto, siendo una crítica que, para usar términos hegelianos, conduce a una “superación” de Platón, que constituye su perfeccionamiento.