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⮕ APÓYANOS

Juan Antonio Tirado

Los mares de Agosto

(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Ya viene, miradlo, ya se acerca con sus pisadas de sol, con piercing en el ombligo, como un monarca absoluto empeñado en borrar la memoria de los días repetidos. Ya está aquí Agosto, el mes de Augusto, ese pasadizo de 31 cromos con derecho a tumbona, viaje por el sagrado Egipto de las cosas, mirador del tiempo, terraza con luna y vermú sin periódicos. Eso, para aquellos que agostean en Agosto, pues hay muchos para quienes el mes que viene no es un salto en el almanaque, sino una raya continua en el país de los días laborables. Agosto, ¡salve, viejo Augusto!, que se devora a sí mismo, corazón mareado, baúl sin corbatas, demasiado ruidoso para ignorarlo, hecho de demasía y cháchara. Hubo una época en que Agosto era para mí un río que rara vez conseguía cruzar a nado, un torbellino de angustia en el que quedaba varado, como una ballena triste, a la espera de que me rescatara algún amigo, alguna mujer, algún espejismo, algo de alguien. De entonces me ha quedado un cierto recelo hacia Agosto, aunque le tengo ley, por ser territorio sin mañanas obligatorias y dispensador de horas gratis. Me gusta, además, su empaque de tiempo encendido, esa furia de mes antiguo que no se deja domesticar. Por supuesto que amo a Agosto, cada vez más, más cuando la adolescencia es una isla remota y en la península de mi biografía sesentada el sol sale con alegría de alondra de luz por la mañana y la felicidad es ancha como un mar de arena, al que le falta la profundidad de la tristeza sin fondo, que es la vida. Agosto era para mí un fantasma, lo fue alguna vez, y ahora es una hermosa aventura, una road movie modesta y en familia por las autovías de la patria mía. Luego todo se acaba, como el porvenir que está por llegar, y estamos otra vez en la desembocadura de septiembre. Pero Agosto es valioso en tanto que fugaz y fugitivo, como todo lo bueno de la vida.

La tarde que llegué a la Gran Vía

(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Vine a Madrid en septiembre de 1979 para licenciarme en periodismo y vivir mientras se pudiera de ese cuento largo. Tenía entonces 18 años recién estrenados y la Gran Vía contaba ya 69, que no es mal número, sobre todo mirando a los afluentes de Ballesta y Montera, que desembocaban en esa gran avenida que todavía llevaba el nombre de José Antonio. Yo me instalé en una pensión de la calle de la Puebla, enclavada en toda esa cordillera urbana de sexo barato y trajín de hombres grises, olor a fritanga y conversaciones recias y a veces bien fundamentadas. A la caída de la tarde, de aquella primera tarde remota y fundacional, me dejé caer por la Gran Vía, a la altura de Callao, y mis ojos bañados en quimera e ilusiones porveniristas imaginaron un futuro de esplendor a la medida exacta de mis afanes de mitómano a tiempo completo. Aquella sucesión de cines, con inmensas y sugestivas carteleras, los neones que ponían un brillo caprichoso en la noche recién estrenada…

El humor inglés y la democracia

(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

La democracia inglesa y el humor inglés tienen un merecido prestigio. En un político como el decapitado Boris Johnson ambos van de la mano. Todavía no se ha ido, pero sospecho que acabaremos echándole de menos, no por su nefasta política, sino por su condición de personaje extravagante, típicamente británico. La pena de telediario, que consiste en ver telediarios, se comprende si uno se para a pensar en la cantidad de políticos (ellos son el alma de todos los telediarios) que pasan por la pantalla dejándonos sus naderías a la hora de las comidas. No se trata de pedirle a un político políticas acertadas, que sería tanto como pedir peras al machadiano olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido. No pequemos de ambiciosos, contentémonos con requerir de nuestros hombres y mujeres públicos un poco de carisma, de duende, una puesta en escena de cierta altura. Que la cabra tire al monte siempre será preferible, o así me lo parece, a que el político se limite a recitar las futesas que le pergeña su gabinete de prensa.

Los ochenta de Pepe Domingo Castaño

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Si veinte años no es nada y febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra, ochenta años son cuatro veces nada, y es la constatación de que es un soplo la vida, aunque cuando se tienen veinte años uno es infinito. Pepe Domingo Castaño, que también tuvo veinte, es ese hombre que hoy se multiplica por cuatro en el micrófono, figura o estrella de la radio desde aquellos tiempos antiquísimos y dorados en que la SER era la Sociedad Española de Radiodifusión, Guillermo Sautier Casaseca escribía best sellers en el aire, y Matilde Conesa, Eduardo La Cueva, Pedro Pablo Ayuso y Juana Ginzo formaban el start system del Hollywood radiofónico. Pepe Domingo Castaño, que entonces se hacía llamar José Domingo, porque la juventud es a veces más formal que edades más tardías, había llegado desde su Padrón natal, con un máster radiofónico en Radio Galicia, después de dejar atrás el seminario, del que casi sale ordenado fraile, con un revoltijo de sueños en su cabeza yeyé, una voz cálida y vibrante, y un verbo resuelto en torrente. La música fue la isla desde la que rompió cuarenta corazones sin freno ni marcha atrás y en la que se hizo grande junto a pioneros como Joaquín Luqui. En su libro de memorias “Hasta que se me acaben las palabras”, el locutor cuenta las dudas con que vivió su marcha a Madrid, porque en Santiago, en poco más de dos años, se había hecho un nombre, casi un renombre, pero necesitaba dar el salto y se vino a la capital, mano sobre mano, a vivir de su voz, en un tren nocturno que salió de Santiago en 1966 y llegó a Madrid en 1967. Aquella fue la nochevieja más extraña de su vida. Según cuenta, salió de Santiago en medio un aguacero fabuloso. La verdad es que en muchas páginas del libro de Pepe Domingo diluvia, como si Santiago se hubiera disfrazado de Macondo.

En la cola del supermercado

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El martes, en la cola del supermercado, asistí a una curiosa discusión, protagonizada por dos mujeres que esperaban su turno para pasar por la caja registradora. Estaban en filas distintas, de modo que el motivo de la disputa no estuvo en un mero incidente de orden instrumental, del estilo de “no se cuele usted”. Desconozco cuál fue la chispa que encendió el fuego verbal, el caso es que la candela dialéctica prendió con rapidez. La polemista A pasaba de la cincuentena y era latinoamericana. La polemista B estaría en los treinta y pocos, era española, y estaba acompañada por su novio o marido, en extremo cariñoso, y sospecho que alemán, o acaso anglosajón. La atacante, llena de furia y resortes lingüísticos, era la polemista A. La polemista B se defendía con eficacia y contundencia. En un momento, la señora A dijo, sin venir aparentemente a cuento: “Además, para que se entere, yo hablo cuatro idiomas”, a lo que la mujer B contrarrestó de inmediato asegurándole que ella hablaba cinco.

La tarde que Borges vaticinó su muerte

(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Como va uno teniendo una edad, ya casi más digna de susto que de respeto, va también acumulando anécdotas y sucedidos con que salpimentar sus artículos. La memoria personal es un baúl ingente y profundo, sin fondo, como si estuviera fabricado por Freud o alguno de sus lacanes, de manera que tan pronto como la ocasión la pintan calva, uno saca de ese arcano prendas que van bien con la temperatura del momento. Y hoy las musas del columnismo me han invitado a que escriba sobre la feria del libro de Madrid, que se clausura este domingo, y que durante 17 días ha puesto una alfombra de palabras, metáforas y fantasía en el admirable parque del Retiro. Y a ello voy, que es extravío y desatino contrariar a las musas.

La otra noche en el Vips

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Desde que tenía seis o siete años, ¡ya camina sin freno hacia los catorce!, Alicia y yo nos reservamos las noches de los viernes. Vamos al cine, o a un espectáculo de magia, al teatro, alguna vez a los toros, o de tiendas de regalo de low cost: Ale hop, Hema, Tiger, que cierran tarde. Y casi siempre a cenar al Burger o a un Vips. Ella elige.

Los días y las noches

(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Esta historia sin historia sucede en la madrugada de un día cualquiera. Del mes pasado, de hace dos años o de ayer mismo. Estamos en los vastos países, en los hondos abismo del sueño y los sueños, donde a veces una ráfaga de viento helado rompe la noche De repente, suena el teléfono. Me asalta un temor difuso, una suerte de escalofrío que sabe a presagio.

Cuidado con los pobres

(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Internet ha hecho el mundo instantáneo, pero hubo un tiempo no tan lejano, moderno o posmoderno, en que las cosas tenían otro ritmo y las novedades que sucedían en Japón o en Estados Unidos iban llegando con una cierta cadencia de cuentagotas, de manera que uno se extrañaba y disfrutaba con las noticias que nos traían los exploradores de esos mundos todavía singulares. Había gente que viajaba más, que tenía mejor olfato para captar e interpretar la realidad cambiante y plasmaba en sus textos las claves de otros mundos que todavía no eran exactamente el nuestro, pero que acabarían siéndolo. Entre esos exégetas y aventureros del periodismo y la sociología no conozco a ninguno que haya brillado con la intensidad y la sutileza de Vicente Verdú. Se nos fue hace unos años ese alicantino amable y de ingenio penetrante que escrutaba los rasgos de la vida norteamericana con la misma elegancia y naturalidad con las que trazaba una epistemología del fútbol o fijaba la historia de los wáteres, desde la antigua Roma al Londres victoriano. Entre estos comentaristas agudos figura Gonzalo Ugidos, a quien he tenido la suerte de conocer (fue director mío en la revista “Cómplice”) y tratar, no tanto como me hubiera gustado, pero lo suficiente como para degustar su fineza periodística y su prosa sugestiva.

En París con mi hermano

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La aldea global es un globo hinchado de bagatelas. La realidad es infinita y no cabe en un folleto, en una página web o en los tomos de una enciclopedia. Un país es una sustancia en movimiento, un conjunto multiforme y sorprendente. Cualquier lugar del mundo es una mirada, una visión, una intuición y una larga paciencia. Hace el turista sus maletas, vuela durante horas por un cielo igual a todos los cielos, aterriza en tierra extraña, despliega sus mapas, sus libretos de trotamundos, abre los oídos al guía local que le cuenta las peculiaridades del país. Está en Japón, como podría estar en Praga o en Kenia. El mundo es ancho y ajeno. Las costumbres y los modos de vivir son impenetrables para quien sólo va a permanecer unos días en suelo lejano y ha de moverse a ritmo apresurado para no perderse ninguna de las maravillas del lugar.

Mis conversaciones filosóficas por WhatsApp

(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

(Diálogo mantenido el miércoles con mi primo Juan Ramón Tirado Rozúa, profesor de Filosofía en un instituto de Málaga. Empiezo yo: el burro, y lo pongo a él en negritas).

Sobre fútbol y pícaros

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El fútbol es un deporte que se juega con los pies y en el que las manos son fuente constante de problemas, sobre todo desde que el VAR alimenta las polémicas de los bares. De cabeza algunos jugadores van muy bien; eso sí, no recuerdo a nadie que jugara casi en exclusiva con ella, salvo Santillana, delantero centro del Real Madrid. Aquel 9 cántabro era un espectáculo con sus saltos inverosímiles y sus testarazos prodigiosos. Luego no faltan las cabezas pensantes, que segregan su filosofía en torno a las cosas del balompié. Ninguna tan perdurable en su pensamiento como la del serbio Vujadin Boskov, a quien debemos el sintagma “fútbol es fútbol”. Pero no es la única expresión feliz de aquel talento eslavo. A él se le ocurrió también la frase: “El fútbol es imprevisible, porque todos los partidos empiezan empate a cero”. Axioma irrefutable, como este otro regate mental de su factoría: “Ganar es mejor que empatar y empatar, mejor que perder”. A su lado, la filosofía de Valdano, el teórico del miedo escénico, suena refinada. Creo que es del retórico argentino la frase “el futbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes”, aunque otros se la atribuyen a Arrigo Sacci. En esa línea del fútbol como cuestión existencial quizá convenga recordar a aquel entrenador del Liverpool, Bill Shankly, que comentó que “algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso”. El escritor uruguayo Eduardo Galeano aseguró: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no de equipo de fútbol”. Y, en fin, el premio Nobel Albert Camus, que jugó de niño como portero, escribió: “Pronto aprendí que la pelota no siempre viene por donde se espera. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre recta”.

¡No sabe Dios la hora que es!

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El tiempo. Hay coleccionistas de horas muertas que las pegan en el álbum morado de la nostalgia. Hay derrochadores de tiempo, jóvenes y arrogantes millonarios que un día van a cobrar un talón en el espejo del baño y se encuentran con lo que ayer era oro convertido en nieve. Los muchachos del acné febril son, a la vuelta de la esquina de los años, maduros caballeros de la edad cansada.

El mundo de ayer

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Llegué a Madrid en 1979 para estudiar periodismo. Venía siguiendo el perfume del esplín de Madrid umbraliano, todavía no conocía el original, el que había destilado en París, un siglo antes, Baudelaire. Mis primeros afanes se incubaron en las paredes frías y desangeladas de una pensión cutre del centro de la capital, en la que conocí a Luis, un falangista templado y enrolado en la democracia, creo que zamorano, o leonés, realista y asombrado ante mis cándidas mitologías literarias. Él estudiaba biología y era un lector inconstante y desmayado. Fue la primera persona a quien oí hablar de Stefan Zweig. Lo hacía con entusiasmo, hasta el punto de que mi lejano compañero de pensión parecía lector de un solo escritor. Como quiera que yo no tenía en demasiada consideración su cultura literaria, no le eché más cuentas, aunque el nombre del escritor austriaco se me quedó en la memoria. Con el tiempo fui viendo libros suyos en las librerías y constaté que era autor de fuste, aunque no figuraba en los programas de estudios de Literatura Contemporánea.

Nostalgia de Gorbachov

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Cuando estuve con María en Rusia en 2005, unas vacaciones en tren entre San Petersburgo y Moscú, teníamos el capricho de traernos una matrioskha política en la que la muñeca grande fuera la de Gorbachov; luego, ya nos daba igual como estuvieran barajadas las otras muñequitas con líderes históricos rusos. La buscamos en pueblos y ciudades por los que pasaba el tren, llenos todos de souvenirs, en la monumental Leningrado y en Moscú. Vano empeño.

Los espectáculos de la política

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La de político es una profesión con mala fama, al punto de que en el imaginario colectivo figura como un dechado de lo peor. Lo de ser político es el colmo. Y la cosa no es moda ni acuñación reciente, ya Franco decía, en otro colmo, el del cinismo: “Haga usted como yo, no se meta en política”. Pero, en fin, en aquellos tiempos oscuros meterse en política era hacer oposiciones para que te metieran en la cárcel y te mataran a palos. De la Transición a este punto Covid de la historia, casi nunca ha sido buena la fama de que han gozado los políticos. Suárez, convertido hoy en moneda mítica y santo laico, fue vapuleado y llevado al calvario con su correspondiente cruz, y eso por citar al mejor de la tribu. Con todo, tenemos la idea de que en política cualquier tiempo pasado fue mejor, y cuanto más pasado “más mejor”. No es fácil dilucidar tal cuestión, pero probablemente sea un error de perspectiva, en todo caso, cada época tiene los políticos que se merece; en eso estoy con Ortega y Gasset quien decía que los políticos no vienen de Marte.

El hijo de Greta Garbo

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Francisco Alejandro Pérez Martínez tuvo una vida rica en novelerías, cuyo material no le valió para ninguno de sus libros. Francisco Alejandro Pérez, etc, conocido en el siglo como Umbral, fue una paradoja en carne viva, en carne mortal y rosa, como lo prueba el hecho de que su prolífica obra literaria, más de cien libros, fuera una continua indagación sobre el yo, pero no para contarse y descubrirse a través de la prosa, sino para esconderse y ovillarse en un último y secreto rincón. Detrás de su imagen romántica de escritor desusado, con melena al viento y bufanda roja o blanca, según las temporadas, de voz impostada y estudiados ademanes a contratiempo, Umbral escondía la vergüenza del niño nacido en la inclusa, criado lejos de los pechos de su madre, sin padre conocido; el adolescente amparado o desamparado en la calle, más allá de las aulas de la escuela, que apenas pisó; el chaval de 14 años que encontró trabajo (gracias a la influencia de su padre oficialmente inexistente) en una oficina del Banco Central de Valladolid.Umbral fue el niño que hasta los nueve o diez años creyó que su madre, Ana María Pérez Martínez, era su tía, el que siendo todavía un muchacho vio como aquella mujer, quizá su único asidero, moría de tuberculosis. Fue el que muchos años después compuso una novela tan bella como fabulada y mitificadora sobre ella, titulada El hijo de Greta Garbo. A aquel hombre todavía le quedaba por pasar el trago más amargo rondando los cuarenta años, la muerte de su hijo Pincho, de cinco, víctima de la leucemia. De esa fuente de dolor sin paliativos surgiría su gran libro, Mortal y rosa, el texto que desmiente al Umbral frívolo e insolente, el que fija al prosista intenso y profundo.


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