El malestar social a raíz de la crisis financiera y de la desconfianza en la política, debido a la desigualdad extrema, al descrédito del ejercicio y de la alternancia política y como consecuencia de la imagen de los partidos, de los políticos y del conjunto de las instituciones democráticas, han estado en el trasfondo de las causas que han provocado el resurgimiento del populismo a lo largo de esta última década. Más recientemente, el miedo al contagio y a la muerte, junto a las distorsiones y a la angustia por las restricciones de la pandemia, sumados a los efectos del cambio climático y de las consecuencias de la guerra, con el ahorro energético, el aumento de los precios y la consiguiente devaluación de las rentas salariales, han multiplicado la sensación de incertidumbre y de inseguridad. A todo esto se unen además otros problemas más cercanos como el mantenimiento del bloqueo de los salarios, el incremento especulativo de los precios por parte de las empresas y el deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores y sectores medios, todo con el argumento de la guerra y la crisis energética. El paso de la ansiedad de la sociedad industrial a la depresión de la de consumo provienen también de la rápida transición digital, que deja fuera a las generaciones de la cultura analógica y que somete a la auto exposición y la auto exigencia a los hijos de la revolución digital.