El brutalismo
Este término suele definir un estilo arquitectónico que se impuso después de la Segunda Guerra Mundial, consistente en construcciones de grandes dimensiones e impacto, levantadas en un continuo, siguiendo algunos de los criterios tardíos de Le Corbusier. No se trata de insertar la construcción en el entorno dialogando con él, sino de intervenciones “brutales” que se convierten en referencia y modifican notablemente las funciones del entorno. Parecería, últimamente, que la política ha adoptado esta característica de impacto contundente sin hilar demasiado fino en las formas ni en los detalles. La diplomacia ha dado paso al uso de la amenaza y de la fuerza. No se trata de convencer ni de encontrar soluciones sostenibles a largo plazo, sino de forzar capitulaciones de manera claramente impuesta y sin matices posibles. Donald Trump es la culminación de esto. En política interna e internacional, ni dialoga ni intenta convencer: da órdenes tajantes acompañadas de amenazas brutales si no se cumplen de forma inmediata y sin discusión. Un lenguaje nuevo en las relaciones internacionales y en el debate político. No hay argumentos, solo discursos terminales y directrices a cumplir. Tradicionalmente, en política y en toda negociación, lo importante era que pareciera que todos ganaban algo, que las victorias fueran discretas y que no se humillara a los menos favorecidos. Ahora se trata justo de lo contrario: evidenciar el triunfo exagerando el abuso y las formas degradantes. Solo gana uno, no hay segundo, todos son perdedores y merecen ser escarnecidos por serlo. Comunicativamente, el “malismo” funciona muy bien como relato.
- Publicado en Opinión