La IA y el apocalipsis
La emancipación de los procesadores es el sueño que perseguían la mayoría de los tecnólogos digitales y la variable más importante con la que trabajan los ingenieros más visionarios de Silicon Valley desde hace dos décadas. Implica completar el círculo. Una construcción humana que se emancipa de la tutela de sus creadores y se vuelve no solo autónoma, sino independiente, ya que adquiere la capacidad de modificarse y reprogramarse. Pero ¿al servicio de qué y de quién? La cuestión, como mínimo, resulta éticamente dudosa y posiblemente disfuncional. Se apela al hecho de que la IA debe permitir que los procesadores sean ellos mismos los «constructores» de su mayor eficiencia, pero más allá de los peligros distópicos, la no introducción de variables humanas en relación con las máquinas resulta, cuando menos, inquietante. No es una cuestión de futuro, sino de ahora. El trading algorítmico se impuso en las transacciones bursátiles porque el procesador toma decisiones que los humanos serían incapaces de tomar. Aparentemente, es una cuestión de rapidez y de una determinación más racional, ya que puede tener en cuenta una infinidad de datos. Pero, aunque quien utiliza estos métodos y técnicas pueda considerarlo un juego, en realidad los efectos de la toma de decisiones mecanizada pueden tener consecuencias que deberían incorporar una mirada, y también un tiempo, humanos. No se consideran las consecuencias extremadamente especulativas de esto, y menos aún las repercusiones económicas y sociales que vienen detrás de grandes inversiones y desinversiones.
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