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⮕ APÓYANOS

Juan Antonio Tirado

No opino

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Me escribe mi amigo R preguntándome mi opinión sobre la sentencia del Tribunal Constitucional sobre los ERE, y añadiendo: “lo que opino yo, te lo puedes imaginar”. Le digo que no tengo opinión al respecto, que carezco de información y de conocimientos jurídicos para pronunciarme. La opinión, la doxa como la llamaban los griegos, mueve el mundo y con las redes sociales se ha vuelto una fuerza avasalladora de la que pueden extraerse pocas pepitas de oro; antes bien, contribuye a hacer de la realidad una inmensa ciénaga. Hay que tener opinión sobre todo y expresarla de modo categórico para combatir las opiniones contrarias. Pues hasta aquí he llegado: ahora que la jubilación me permite seguir los asuntos públicos con más distancia moderaré el uso de mis opiniones, que poco significan, pues es sentencia vieja que opinión, como culo, todos tenemos la nuestra, de suerte que más vale usar la cabeza y procurar aprender y comprender antes que pontificar. No parece mal consejo poner freno a la apetencia desmesurada de tener razón a toda costa.

Trapiello y el yogur

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

A veces pienso que el diarista es el carterista de la literatura, o el chulo que saca la navaja de hacer frases y las sirve a la hora de la cena. A veces pienso, yo que solo escribo diarios como apuntes, sin hilván literario, que es diarista quien en literatura no puede ser otra cosa, aquel a quien le falta genio para levantar una novela, erudición para redactar un tratado, cultura e inteligencia para hacer un ensayo, gracia para la poesía o penetración para filosofar. Otras veces pienso que el autor de diarios es el más puro creador literario, el tipo que sabe que su libro no se disputará un sitio entre los más vendidos; incluso quienes le lean con interés le reprocharán su entrega al género y le exigirán una novela; entonces, el pobre diarista dirá que no le interesa la narrativa o argüirá que el diario es una suerte de novela o, quizá, se verá forzado a escribir una novela, salvo que el diarista sea previamente un novelista genial.

La pérfida Albión

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Hace 16 años, la España futbolera se levantó un domingo como este con mariposas en el estómago, ansiosa por que pasaran las horas y en Viena comenzara a rodar el balón. La España que jugaba ese día la final de la Eurocopa contra Alemania era una selección curtida en la derrota, un combinado que arrastraba una larga historia de fracasos. Parecía condenada a no pasar de cuartos de final en las grandes competiciones hasta que ese 2008, un hombre, Luis Aragonés, sabio por su patria chica, Hortaleza, armó una escuadra de jugadores bajitos y talentosos: la España de la idea, frente a la España de la furia, aquella apolillada etiqueta surgida en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, cuando el jugador del Athletic Belauste gritó: “A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo”. Sabino, que también jugaba en el Athletic, le pasó el balón a Belauste, que, en efecto, arrolló a tres jugadores suecos, a los que metió, junto al balón, en la portería. De esa leyenda de la furia, que acabó siendo negra, vivió España durante casi un siglo, con dos oasis en un desierto infinito, los famosos goles de Zarra a Inglaterra, en 1950, y el de Marcelino a Rusia en 1964.

La hoja roja

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Tengo un recuerdo lejano y vago de La hoja roja, la novela de Miguel Delibes, en la que cuenta las peripecias de don Eloy, un hombre que se enfrenta al momento dramático de su jubilación. Un recuerdo agradable, pues en Delibes he encontrado cada vez que me he aproximado a su literatura el calor de la buena letra, y, en el caso de este libro, una imprecisa sensación de tristeza. He ido a una biblioteca pública y he sacado el libro con la intención de releerlo, pero no he pasado de la página 5. Creo que no es una lectura que me convenga para este tiempo a punto de estrenar. El 9 de julio, coincidiendo con mi 63 cumpleaños, paso oficialmente a la condición de jubilado. Desde el 7 de junio ya no trabajo, estoy de vacaciones y libranzas, de lujurias y azoteas me gusta decir por ponerle un poco de música festiva a la situación.

Casanova en la biblioteca

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Borges aspiró toda su vida a ser bibliotecario y quiso su destino paradójico que hiciera realidad su sueño en el mismo momento en que le atacaba la ceguera. Lo dejó escrito en versos memorables: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/esta declaración de la maestría/de Dios, que con magnífica ironía/me dio a la vez los libros y la noche./De esta ciudad de libros hizo dueños/a unos ojos sin luz, que sólo pueden/leer en las bibliotecas de los sueños/los insensatos párrafos que ceden”

Kafka no sabía que era Kafka

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Como es natural, Kafka se murió sin saber que era Kafka. Ni en un ataque de imaginación desbordada, ¡y mira que imaginación no le faltaba!, podía haber sospechado algo así. Contaba su amigo Max Brod que Kafka se reía mientras le leía fragmentos de alguna de sus obras, como La metamorfosis, que comienza con Gregorio Samsa convertido, al despertarse una mañana, en un monstruoso insecto. Suele creerse que los escritores trágicos viven inmersos en una tragedia permanente, del mismo modo que se tiende a pensar que los escritores cómicos no respiran fuera del humor, pero tal cosa es una suposición infundada. Decía Borges que no hay un día en que no vivamos un instante en el paraíso, pero también en los cráteres del infierno, y eso, traducido a drama o humor, sirve para autores dramáticos, para escritores ligeros y para funcionarios de Hacienda.

El extraño caso de los dos uruguayos

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Estaba en la librería Antonio Machado, hablando con Luis, mi librero de los viejos tiempos de La Chuca en la Prospe, cuando entraron dos uruguayos. Uno de ellos, el más resuelto y decidor, pidió un libro en el que se sintetizara el carácter del español.

El maestro Balzac

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Paseaba una de estas tardes con mi amigo Pedro Matamorón, el hombre que se parecía a Balzac, y la conversación nos fue llevando de un asunto a otro, sin más guion que el discurrir ameno de las palabras. Caminar con un buen amigo es un ejercicio que dulcifica la vida y puede llegar a ser tan estimulante como hacerlo solo. Plagio aquí una idea recogida en un delicioso libro de Eduardo Chamorro, periodista y escritor de espléndida sintaxis e imaginación, que hace años que se marchó por el callejón sin sombra que nos ha de tragar a todos. El libro se titula Galería de borrachos y es una reivindicación, hoy políticamente incorrecta, del hecho de beber a tapón quitado. En sus páginas, Chamorro glorifica los excesos del bebedor amantísimo de la botella, da, incluso, consejos sobre cuál es la orientación ideal de la casa del buen bebedor y señala –a esto voy- que beber en buena compañía puede ser “casi” tan gratificante como hacerlo solo o a solas. Tanto vale para andar.

Los chismosos

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Recuerdo que hace 26 años, cuando llegué a Informe Semanal, aquella era una redacción poderosa, heredera de la anterior, que había sido mítica, y de la primera, la legendaria. Uno siempre llega tarde a los sitios, aunque no del todo, porque aún me cupo la oportunidad de trabajar y competir con un puñado de periodistas muy dotados para el ejercicio profesional y armados de briosos egos. Chicas y chicos. Los viajes en Informe son un regalo, y no ya por las dietas y los kilómetros, que tampoco están mal, sino porque recorríamos España, y otras veces el extranjero, cuatro compañeros: realizador/a, reportero gráfico, sonidista y periodista, con tiempo para conocernos, divertirnos y hasta a veces, pocas, discutir. Lo que no faltaba en ningún viaje eran los trajes. Teníamos una factoría de corte y confección, a pleno rendimiento. Los cuatro que viajábamos en cada ocasión éramos los sastres y a los que se quedaban en Madrid les preparábamos una formidable colección de trajes, que hubieran lucido primorosamente en cualquier armario. Claro que cuando viajaban otros cuatro, eran ellos los sastres y los demás los destinatarios de las prendas.

La cámara

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

¿Quién recuerda la primera vez que se vio en foto? Mirarse en un papel y verse reflejado debe ser un milagro. O una aparición. La primera vez, esa es la clave de una foto y de la vida, pero la primera vez no existe. Todo lo importante se repite, no tiene origen. La primera vez que vimos el fuego, la primera vez que nos vimos en un espejo, la primera vez que escuchamos la radio, la primera vez que tuvimos una pesadilla. El niño no ve nada por primera vez, porque existen muchas veces previas en que va viendo sin ver, hasta que se acostumbra a ver lo ya visto. Los padres se hacen la ilusión de descubrir a través de los ojos de sus hijos el mundo, pero esa intención no llega a concretarse. Nada importante se ve por primera vez. Nadie se ve en foto por primera vez.

Churras y Meninas

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Iba a haber titulado esta columna ¡¡¡coño!!!, con la pompa y arrebato que dan los signos de interjección acompañando a una palabra de uso común que en los últimos tiempos ha adquirido nuevas connotaciones. Quizá no todos los lectores estén al cabo de la calle lingüística: se está extendiendo la expresión “servir coño”, con un sentido reivindicativo feminista, en plan “aquí estoy yo, porque lo valgo”. Como es natural, yo no vengo a servir coño, no tengo atributos para ello, sino a hablar del ataque sufrido en el Museo Pompidou de París por el cuadro El origen del mundo, que pintó en 1866 el francés Gustave Courbert. Supongo que lo tienen en la cabeza, o a mano de Google, pero si no, les aclaro que el lienzo muestra una vagina en toda su expresividad, en una muestra de realismo naturalista. Courbert pintó un coño, sin más, y el cuadro ha sido objeto de arduas controversias desde que el artista dio a conocer la obra hace ya siglo y medio.

Las ilusiones perdidas de Paul Auster

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Los escritores antiguos, pongamos Valle, Baroja, Azorín, entre los nuestros, o Joyce, Proust, Thomas Mann, entre las cumbres foráneas, posaban muy serios, como quien es consciente de llevar encima una pesada carga, una responsabilidad intelectual que no admite deslices frívolos. Con el paso de los años y la desembocadura en la era pop, los escritores fueron perdiendo gravedad y empezaron a sonreír en las solapas de los libros, como si se sintieran obligados a transmitir un estado de alegría permanente, que era también una señal de cercanía con el lector. Con todo, la sonrisa se adivina forzada en muchos casos, como si los demonios interiores no dieran para muchas alegrías. Entre nuestros autores de hoy, quizá las campeonas en sonrisas felices sean Elvira Lindo y Rosa Montero. Paul Auster aparecía en las fotos con una tristeza serena, de hombre con profundas ojeras. Cuando sonreía lo hacía de manera contenida y ligeramente melancólica.

Un secreto

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Tengo que contarles un secreto. Me gustaría contárselo, pero no sé si me atreveré. Ya veremos. En todo caso, no les haré spoiler, no les reventaré la historia. Por lo demás, es imposible, porque tampoco yo sé cómo acabará todo esto, si es que acaba.

Arroyo Lobo

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Lo difícil es encontrar el tono, no dejarse engañar por el sonido de las palabras, las putas palabras, que como pedradas traicioneras descalabran al escritor; al autor prolijo en talentos le merman no poco de su fortuna y al menesteroso lo dejan en harapos. Las palabras son las sirenas de la literatura. Aun así, ¿cómo desprenderse de los vocablos si de ellos está hecha la invención? Ahí radica el quid y por lo mismo la gloria cabe a tan pocos. ¿Qué mérito tendría escribir una obra, si ésta se hiciera por acumulación de palabras? ¿En qué se distinguirían entonces las lecciones de un jurisconsulto de la magia de Flaubert? Sugiero una literatura sin palabras, de espacios en blanco; tal vez sea este el sueño de algún creador corroído por una ambición insana. Frente al boato verbal, el silencio; un silencio que duela como un puñetazo. Que en el texto la mierda huela, que el miedo haga al lector tentarse la ropa, que solo quepa una palabra para cada cosa y que los sinónimos perezcan ahogados en el mar del olvido.

Luis del Olmo

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Cuando Marconi se despertó, Luis del Olmo ya estaba allí. Había llegado desde Ponferrada con su voz manantial que, con el tiempo, atravesaría afluentes, acantilados, cráteres y mesetas. De costa a costa venía a Madrid, rompeolas de las sintonías, con un país en su mochila de locutor de provincias. El hombre alto del Bierzo aún no lo sabía, pero estaba llamado a darle un vuelco a la radio de cabalgatas y partes, de seriales de Sautier Casaseca, discos dedicados y consultorios de Elena Francis. Aquella radio llena de encanto, fábrica de nostalgias, que había sido el Hollywood de una España en blanco y negro, esperaba su transición. En la sala de máquinas de una democracia que aún no había dejado de ser orgánica, un abulense de Cebreros se empeñaba en cuadrar el círculo de una España que se debatía entre trágica y mágica. Para entonces, en Radio Nacional hacía varios años que se escuchaba un saludo que terminaría siendo un emblema: “Buenos días, España. Les habla Luis del Olmo”.

Adjetivos

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Decía Vicente Huidobro que los adjetivos cuando no dan vida, matan. Creo que tiene fundamento la advertencia del poeta chileno, quien sigue su aserto con precisión, basta leer el prefacio de su libro Altazor para comprobar la potencia de su imaginación, poco tocada por el abanico de colores de los adjetivos. Es verdad que con los adjetivos hay que tener cuidado, porque pueden dar brillo y gracia a la prosa, pero también pueden arruinarla. Hay escritores como Valle-Inclán que los usan con profusión, con frecuencia en triada, sin que su escritura se resienta, antes bien alcanzando vuelo de águila. Quizá yo mismo tengo apego a su cultivo y crecen en el huerto de mis textos con facilidad, de manera que a veces me planteo si no abusaré de ellos. Me he propuesto escribir esta columna arrancando cualquier yerba en función de adjetivo, dejando que vivan a sus anchas los verbos y los sustantivos, las preposiciones, las conjunciones y demás instrumentos de la orquesta sinfónica del idioma. Repaso lo que llevo, no encuentro adjetivos, y debo estar en mitad del segundo cuarteto.

Viciosos de película

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Durante años, Javier Tolentino tuvo en Radio 3 un programa que llevaba por nombre El séptimo vicio. Tolentino, que rima en consonante con Tarantino y con Patino, es un enfermo de cine sin cura, ni puñetera falta que le hace, pues la penitencia es gustoso peaje de su pecado y el vicio es su virtud más inquebrantable. He enlazado en las dos últimas semanas la lectura de un par de libros de cine muy sugestivos: uno sobre Basilio Martín Patino, del mentado Tolentino, y otro de Cameron Crowe, de conversaciones con Billy Wilder. No me gusta el término cinéfilo, y, en todo caso, no va conmigo, puesto que el cine no es para mí vicio, sino arte del que disfruto sin la pasión de los que lo tienen como una vida de repuesto, como dice Garci. A esa hermandad pertenecen Javier Tolentino y José Guerrero Higueras, Amalio para los amigos, del que hablaré más adelante en esta esquina de papel invisible.

Culos de primavera

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Los columnistas ya no le cantan a la primavera, con sus canastas de color y ese aire que se espesa a la altura del mediodía, con el sol enrollándose en las piernas de las muchachas y los músicos ambulantes improvisando la banda sonora de las terrazas. En las páginas de los periódicos solo cabe la crónica abigarrada de los mentideros políticos, las emociones de la liga y esas fatalidades que pasan en el mundo antes y después de Putin: guerras, mutilaciones y cinismo envuelto en papel de estraza diplomático. Comprendo que para eso se publican los diarios, para la intoxicación fundamentada y el vértigo y la extrañeza, pero a mí me gustaban esas esquinas de papel donde un maestro/maestra del oficio se fijaba por un instante en el laberinto de calles que revientan de gente sin biografía pública, en esos parques donde los bancos no dan interés, sino asiento, y propician la conversación. Todas las estaciones son hermosas y merecen su poeta, ninguna tan excesiva y sensual, tan agotadora y deslumbrante como la primavera, que intimida y espanta a los hipocondríacos y hace que la mirada de los bebés se fije luminosa en las cosas que llenan el mundo.

Salsa de caramelo y arroz frío

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Este artículo es un ensayo, un a ver qué sale. El personaje principal soy yo, como podrías serlo tú, o esa mujer de hermosas piernas que camina con prisa de tacones de aguja. O el bizco, que te taladra mientras te mira. Acaricio las teclas, y a ratos las abofeteo, para que pongan algo de música a mi reloj de muñeca. Me muero, como te mueres tú, soy un laberinto de enfermedades, una vana retahíla de esperanzas sin funda. A la prosa de la vida le busco las cosquillas y de tarde en tarde me da una metáfora feliz o un ataque de risa.

La guerra

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Como quiera que pareciese que cada cierto tiempo las sociedades necesitaran que suenen tambores de guerra y dado que el mundo fue y será una porquería en el 510 y en el 2024 también, en domingos desaboríos como este me da por pensar que quizás no sea una hipótesis descartable la de que el globo explote y la tierra empiece a arder a lo grande alguna tarde de esta década, de forma que el incendio nos pille a todos. Como ya no hay guerra fría que temple los mapas, ni disuasión nuclear, ni amenaza de destrucción mutua asegurada que frene los impulsos inflamados, el asunto está en ver por dónde podría empezar la furia bélica.

Ana Blanco

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Ana Blanco es un enigma encerrado en un cráter en erupción permanente: TVE. Es también un milagro y una extrañeza, nunca una extravagancia. De qué manera una presentadora de informativos haya podido permanecer treinta y dos años ininterrumpidos dando la cara en los telediarios, en un medio público híper sometido al escrutinio permanente, en un país atravesado por escándalos y sobresaltos como los que han sacudido España durante las tres últimas décadas, polarizado hasta extremos irritantes, no es explicable desde la lógica mediática convencional. Igual que existe el humor blanco, que gusta a casi todo el mundo, quizá podríamos plantear la hipótesis de estar ante un caso original de periodismo televisivo blanco, apto para todos los públicos: una televisión baja en grasas ideológicas, con unos índices de colesterol envidiables. Tal suposición podría tener algún grado de verosimilitud, por ínfimo que fuera, si Ana hubiera ido por libre, pero los telediarios que ella presentaba han sido la crónica colectiva, a menudo convulsa, de un tiempo de ruido, furia y bronca políticas.

Garci

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Manuel Alcántara, columnista y poeta retirado hace unos años de las cosas de esta vida, escribió con su elegancia sentenciosa que “por el tiempo no pasan los años”. Por Garci, amigo entrañable de Alcántara, parece que tampoco. Algún pacto ha firmado el cineasta con Cronos para que los años le resbalen, siquiera relativamente, que nadie está a salvo de los rigores del calendario, ni siquiera, por más que se diga, Jordi Hurtado. Garci, que tiene una juventud de interiores, está lejos del retrato de Dorian Gray, no está podrido por dentro como el personaje de Oscar Wilde, sino que mantiene la vitalidad del muchacho que soñaba películas.

La importancia de llamarse Ernesto Gil

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

No todas las noches tiene uno la oportunidad de cenar con un personaje de novela. ¡Cuánto daría yo por hacer un viaje en el tiempo y compartir mesa y mantel con Emma Bovary! Cenar, sí, y una copa, y lo que se terciare. Aprovechando el viaje, y dado que estábamos en el siglo dorado de la novela, procuraría citarme con Ana Ozores y con Anna Karenina. Con Raskolnikov no tendría mayor interés en pegar la hebra, y no ya por miedo al crimen, sino por evitarme el castigo de una conversación que sospecho sórdida y enredosa.

El siglo de la radio

(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Quisiera tener el talento disruptivo preciso para hacer una columna que fuera una parodia, cuando no una burla, sobre la radio. Se destila tanta cursilería merengada cuando se habla de este medio de comunicación, que estoy tentado de sacar el revolver verbal y disparar sin piedad sobre el primer radiofonista o radio adicto que se mueva, especialmente en ocasión tan indicada como este 2024, en que la radio cumple un siglo. Por lo que sea, la radio tiene muy buena prensa, todo lo contrario que la televisión, que la tiene mala. Me pregunto el porqué, desde el entendimiento de que soy alguien poco indicado para resolver esa cuestión, dado que soy un radio-adicto contumaz y un espectador de televisión desapasionado. En lo profesional, he trabajado en ambos medios, si bien ha sido en televisión donde he tenido oportunidad de hacer los mejores trabajos. Pues, aun así.


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