No opino
Me escribe mi amigo R preguntándome mi opinión sobre la sentencia del Tribunal Constitucional sobre los ERE, y añadiendo: “lo que opino yo, te lo puedes imaginar”. Le digo que no tengo opinión al respecto, que carezco de información y de conocimientos jurídicos para pronunciarme. La opinión, la doxa como la llamaban los griegos, mueve el mundo y con las redes sociales se ha vuelto una fuerza avasalladora de la que pueden extraerse pocas pepitas de oro; antes bien, contribuye a hacer de la realidad una inmensa ciénaga. Hay que tener opinión sobre todo y expresarla de modo categórico para combatir las opiniones contrarias. Pues hasta aquí he llegado: ahora que la jubilación me permite seguir los asuntos públicos con más distancia moderaré el uso de mis opiniones, que poco significan, pues es sentencia vieja que opinión, como culo, todos tenemos la nuestra, de suerte que más vale usar la cabeza y procurar aprender y comprender antes que pontificar. No parece mal consejo poner freno a la apetencia desmesurada de tener razón a toda costa.
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