Capitán Richard F. Burton. Mi rey y mi Dios. IV
Ahora bien, los paseos de Burton con su hermana, las charlas con el coronel Stisted, la vida de balneario, la visitas a Isabel en secreto, no bastaron para sanarlo. Es todo un misterio como consiguió Burton, en tan malas condiciones, escribir durante todo este periodo, pero lo cierto es que escribió, y muy bien. Es posible que la tarea de la escritura, fuese una cura para el dolor y la tristeza que le asediaban, no solo por culpa de los Arundell, sino también por culpa de Speke, que en aquel entonces andaba empeñado en hacer todo cuanto estuviese en su mano, por desacreditar y denigrar a su antiguo comandante. Estos ataques comenzaron, tan pronto arribo Speke a Inglaterra. Poco después, bajo la dirección de Laurence Oliphant, se convirtieron en un diluvio. Algunos otros, tanto amigos de Speke como enemigos de Burton, se unieron en una extensa campaña de vituperios. ¿Pero por qué no se limitó Speke, a dejar que su magnífica hazaña brillase por sí sola? Había descubierto el nacimiento del Nilo: habría bastado con anunciarlo. ¿Por qué pensó que debía destruir además a Burton?
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