La deriva de las clases medias
Toda sociedad y todo individuo sienten y experimentan múltiples formas de miedo. Pero quizás nunca como ahora el miedo atenaza y condiciona a los grupos sociales intermedios. Es lógico: tienen miedo aquellos que tienen algo que perder. Las clases medias crecen y se consolidan en el mundo occidental, especialmente durante las tres décadas gloriosas del Estado del bienestar. Si el conflicto de había sido muy duro en los primeros cuarenta años del siglo XX, con salidas totalitarias que representaban una apuesta burguesa frente a una clase obrera revolucionaria que tenía como referente el modelo soviético de superación del capitalismo, tras una guerra que dejó más de cincuenta millones de muertos, se impuso un cierto arreglo entre capital y trabajo. El miedo inherente a la incertidumbre del futuro quedaba mitigado por las seguridades que el Estado se encargaba de proporcionar. De paso, se desarmaba a la clase obrera clásica y su sentido de pertenencia como grupo, reforzando el ascensor social y un nuevo sentido de inclusión en un grupo heterogéneo en progreso. El centro de la sociedad pasó a estar dominado por los sectores intermedios de empleados, profesionales y autónomos, quienes, en una feliz definición de los sociólogos alemanes Ulrike Berger y Claus Offe, fueron calificados como una "no-clase" insustancial. Las generaciones occidentales nacidas después de 1945 no conocerían ni el totalitarismo ni la guerra. Se acostumbrarían a la seguridad, el bienestar, los derechos y el ascensor social. El horizonte era expansivo y el futuro, un escenario donde actuar y triunfar. Pero la posibilidad de perder lo que se tiene, a partir del cambio de siglo y sobre todo con los efectos de la crisis de 2008, ha generado miedos que han afectado las actitudes sociales y políticas.
- Publicado en Opinión