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Josep Burgaya

La deriva de las clases medias

(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Toda sociedad y todo individuo sienten y experimentan múltiples formas de miedo. Pero quizás nunca como ahora el miedo atenaza y condiciona a los grupos sociales intermedios. Es lógico: tienen miedo aquellos que tienen algo que perder. Las clases medias crecen y se consolidan en el mundo occidental, especialmente durante las tres décadas gloriosas del Estado del bienestar. Si el conflicto de había sido muy duro en los primeros cuarenta años del siglo XX, con salidas totalitarias que representaban una apuesta burguesa frente a una clase obrera revolucionaria que tenía como referente el modelo soviético de superación del capitalismo, tras una guerra que dejó más de cincuenta millones de muertos, se impuso un cierto arreglo entre capital y trabajo. El miedo inherente a la incertidumbre del futuro quedaba mitigado por las seguridades que el Estado se encargaba de proporcionar. De paso, se desarmaba a la clase obrera clásica y su sentido de pertenencia como grupo, reforzando el ascensor social y un nuevo sentido de inclusión en un grupo heterogéneo en progreso. El centro de la sociedad pasó a estar dominado por los sectores intermedios de empleados, profesionales y autónomos, quienes, en una feliz definición de los sociólogos alemanes Ulrike Berger y Claus Offe, fueron calificados como una "no-clase" insustancial. Las generaciones occidentales nacidas después de 1945 no conocerían ni el totalitarismo ni la guerra. Se acostumbrarían a la seguridad, el bienestar, los derechos y el ascensor social. El horizonte era expansivo y el futuro, un escenario donde actuar y triunfar. Pero la posibilidad de perder lo que se tiene, a partir del cambio de siglo y sobre todo con los efectos de la crisis de 2008, ha generado miedos que han afectado las actitudes sociales y políticas.

Gana la democracia

(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Que la extrema derecha avanza por todas partes es una evidencia. Los sistemas democráticos han perdido crédito entre una parte de la población que ha visto empeorar su situación económica, es víctima de todo tipo de temores, a menudo se ha sentido humillada y, además, tiene pocas expectativas de futuro. Aunque la causa de esto justamente no es el sistema democrático, en realidad expresa sus malestares por medio de un voto extremo que no le ayudará en nada, pero que nos provoca mucha preocupación a los demás. Gran parte de los ciudadanos de Europa Occidental nos quedamos perplejos ante una situación geopolítica que, como poco, resulta preocupante, unos dirigentes mundiales que se abonan a la estrategia del caos y la amenaza y una Unión Europea cada vez más debilitada y dividida, que no acaba de encontrar su sitio en este escenario de confusión y conflicto.

La banalización del mal

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El malismo es tendencia. La bondad cotiza a la baja en la bolsa de valores de virtudes y comportamientos. Hay una auténtica atracción por el lado oscuro, por los superricos, por aquellos que actúan sin ningún tipo de escrúpulo. Donald Trump, Elon Musk o Mark Zuckerberg son figuras de relevancia, casi ídolos. Se les admira porque actúan sin miramientos, sin filtro moral ni social alguno. Se considera que lo que tienen se lo han ganado, ya que no se han detenido ante leyes ni normas y, menos aún, en cortapisas. Quien se va a Andorra o vete a saber dónde para no contribuir al bien común resulta admirable mientras se le sigue en su demostración de mal gusto en las redes sociales. Que Musk haga un saludo nazi es visto como una ocurrencia divertida y no como un mal presagio que debería estar penalizado. Todo vale, probablemente porque la ignorancia y la frivolidad van de la mano en nuestro mundo. No hay referencias históricas, las dictaduras de los años treinta o el holocausto tienen la misma importancia que un episodio de una serie vista en Netflix. La historia ya no se enseña. Vivimos instalados en un eterno presentismo, abiertos sólo a los delirios del consumo y de las novedades que nos llegan por los trastos tecnológicos. El mundo del entretenimiento sin pausa. La vida es lo que ocurre mientras matamos el tiempo en juegos inútiles inmersos en pantallas luminosas y de alta definición.

La estrategia de la tensión

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En la política y en la vida se producen situaciones de tensión. Momentos inevitables debidos a diferencias, desconfianzas o decepciones. A pesar de ser consustanciales a las relaciones de todo tipo, por sí mismas, las situaciones tensas no aportan nada bueno, ya que deterioran el clima, las posibilidades de entendimiento y dan muy mal ejemplo. Siempre son un error si son evitables y especialmente en la política, ya que, a menudo, para el gran público resultan incomprensibles y respaldan la desconsideración de esta actividad y su desafección. Por eso sorprende e irrita al “sinsentido” de la estrategia de Junts en Madrid. Decidieron en su momento pactar una mayoría de progreso en el gobierno de España, especialmente a cambio de una ley de amnistía. No fue poco pues hacer entender la bondad de esta medida a gran parte de la sociedad española y también catalana ha tenido importantes costes políticos. También se pactaron otras cuestiones a desarrollar en esta legislatura. Junts podía no haberlo hecho, era legítimo, lo que dada la aritmética parlamentaria habría abocado a una repetición de elecciones. Visto lo visto, quizá hubiera sido lo mejor. Los pactos sólo deben hacerse con gente confiable.

Riders

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Hay una economía de la exclusión y de la miseria que ha creado fenómenos curiosos como es que individuos con bicicletas y una caja te traigan a casa cualquier necesidad o capricho, cualquier día, a cualquier hora, haga frío o calor, nieve o llueva. Para que esto sea posible es necesaria una demanda suficiente basada en comportamientos aristocráticos de querer ser servidos y que se nos satisfaga cualquier extravagancia fuera de hora. El permitírnoslo nos hace sentir que formamos parte de la élite o de un grupo social privilegiado. Más que necesidad de algo, queremos sentir que, aunque sea momentáneamente, alguien está por debajo de nosotros, nos sirve, somos reinas por un día. Este comportamiento puede tenerlo todo el mundo, no hace falta ser de buena família y malos hábitos. Son precisamente la gente más humilde quienes disfrutan más de sentirse distinguidos y relevantes. Entre los servicios prestados, predomina el llevar comida, "para no tener que salir", y la demanda aumenta exponencialmente cuando hace mal tiempo. A nadie se le ocurre pensar con el sufrimiento de quien hace el trabajo, “por algo les pago”, y tampoco se piensa en por qué alguien se ve obligado a aceptar un trabajo de mierda de estas características. Para que haya suficiente demanda como para que, especialmente de noche, los riders sean los protagonistas del paisaje urbano, es necesario que los precios sean muy bajos. Y, pese al esfuerzo y sacrificio que les supone, lo son. Mucha gente sin demasiadas posibilidades y expectativas no tiene más remedio que aceptar formar parte de la función subordinada de los encargos, para ingresar algo que pueda parecerse, aunque sea remotamente, a un salario. Como son muchos los que deben recurrir a esto, los precios son extremadamente bajos. Los clientes, incluso, pueden permitirse retarse a hacer el encargo más difícil posible y dar alguna propina que hace la función de aumento de la burla. En nuestro mundo, se supone que el cliente, en tanto que parte demandante, no debe tener ningún tipo de considerante ético o moral. ¿Por qué?, si la economía de mercado me lo justifica todo.

Reducir la semana laboral

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Reducir la semana laboral es una aspiración lo suficientemente lógica en un mundo en el que el aumento de la productividad lo hace posible y si queremos repartir el trabajo disponible que cada vez será menos. La tecnología y la mejora de procesos ha hecho disminuir, y lo hará aún más, el trabajo necesario, a pesar de las nuevas funciones y profesiones que la sociedad y la economía irán requiriendo. En el mundo occidental se da la paradoja de que la tasa negativa de reposición de la población provoca falta de población en edad de trabajar a la vez que existe un paro estructural bastante elevado. Esto tiene que ver en la necesidad de cubrir puestos de trabajo en el segmento bajo de la ocupación, mal remunerada, que se realiza con mano de obra procedente de la inmigración que, por su situación está dispuesta a trabajar en condiciones laborales más precarias. En cambio, existe una población joven, a menudo bien formada, que le cuesta encontrar empleo. Esto es compatible con la movilidad hacia otros países buscando mejores remuneraciones y condiciones, como ocurre por ejemplo en el sector sanitario. El trabajo disponible no es una bolsa única, sino que conforma un mundo complejo hecho de segmentos muy diferentes y difícilmente interconectados.

La democracia en peligro

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Vivimos tiempos en los que el pesimismo está cargado de razones. Polarización, predominio del discurso de la derecha extrema, manipulación informativa, peligro de guerra, precariedad, exclusión social, pobreza, calentamiento global, falta de expectativas, inseguridades e incertidumbres diversas. La idea de progreso sobre la que se sustenta la civilización occidental desde la Ilustración se ha demostrado más débil de lo que esperábamos. Ahora, cuesta mucho defender la idea de que avanzamos con algún propósito. Dentro de las clases subalternas, probablemente seamos la última generación que ha logrado unas seguridades y unos niveles de bienestar aceptables, mejores sin duda que la generación de nuestros padres, al igual que los nuestros padres mejoraron y mucho la de nuestros abuelos. La generación de nuestros hijos, con mucha formación y habiendo vivido en un entorno cultural y tecnológico relativamente cómodo, tiene muy difícil evitar que su situación social, económica, material y de independencia para construir su propio proyecto de vida mejore; ya no es posible la clase media. El mundo del establishment, de las élites es, cada vez más, otro mundo.

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Esperando a Trump

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Que las cosas siempre pueden empeorar, es una evidencia empírica. Llevamos ya unos cuantos años en que la evolución de las corrientes políticas dominantes induce más bien al pesimismo. En todas partes se impone una noción de la política basada en la confrontación agónica, la constitución de grandes frentes absolutamente polarizados y la política entendida como gran campo de batalla entre nociones del mundo totalmente opuestas. Aunque la denominada izquierda populista también ha colaborado algo en esta dialéctica, es especialmente en el terreno de juego de la derecha donde se ha ido imponiendo una noción de la democracia política cada vez más débil. Las elecciones entendidas como una contienda en la que solo hay un ganador que se lo lleva todo, negado la legitimidad al contrincante mientras se descalifican minorías y perdedores. Una visión muy restrictiva de la cultura democrática donde el terreno de juego debe servir, desde el reconocimiento y el respeto, un lugar donde armonizar y pactar las diferencias para asegurar el progreso y una buena convivencia. La nueva extrema derecha, en todas partes, ha empujado al conservadurismo tradicional hacia los márgenes llevando a cabo una batalla cultural que nos ha conducido a una especie de versión soft del totalitarismo. Resulta curioso, que afirmen hacerlo en defensa de la libertad, un concepto éste que se ha resignificado para querer decir que no esperemos nada de la Administración ni de formas solidarias como las que representaba el Estado de bienestar. Individualismo extremo, aislamiento y fragilidad, negación de la noción de sociedad, aumento de la desigualdad y cada vez más excluidos recluidos en los márgenes o directamente fuera. La pobreza como culpa por no haberse sabido desenvolver en una sociedad contemporánea convertida en una selva, un lugar sólo digno de los fuertes y de los individuos con espíritu de lucha.

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La decadencia argentina

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Las políticas económicas neoliberales suelen practicar el sadismo con relación a la pobreza. El experimento de Javier Milei lleva ya diez meses de recorrido en Argentina. Un país magnífico que nunca ha tenido suerte con la política. El paisaje humano de su capital expresa desolación y desesperanza. Saben que las cosas siempre pueden ir a peor. Existen problemas económicos estructurales difíciles de resolver. La desindustrialización de la época de Menem y la paridad monetaria con el dólar dejó buena parte del país sin posibilidad de empleo. País reprimarizado sólo puede exportar productos agrarios básicos y, desde hace poco, hidrocarburos. Sin embargo, tiene una capital con veinte millones de personas llena de pobreza y desempleo. Sólo se puede aspirar a trabajar para la administración pública y, ésta, no da para tanto. La pobreza está presente en todas partes y la miseria más absoluta en cada esquina. No existe obra pública y la dejadez del espacio urbano simboliza bien el estado del país. Las políticas de contención de la pobreza, tan propias del peronismo, han ido desapareciendo en manos de unos gobernantes cuya pretensión es dejarlo todo en manos del mercado y que cada uno se espabile. Los mismos datos oficiales de ahora ya reconocen que 5,5 millones de argentinos no pueden realizar dos comidas al día. La situación es tercermundista. La gente formada, que es mucha, cae en la tentación de buscarse una vida más esperanzadora afuera.

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El caso Errejón. Nos toman por idiotas

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Nos entusiasman los linchamientos públicos. Hacer caer a alguien del pedestal y hacer escarnio nos hace sentir que estamos del lado bueno de la moralidad y que nosotros no somos capaces de caer tan bajo. Íñigo Errejón es ahora un juguete roto. Seguramente hace tiempo que en realidad lo era. Ciertamente parece mentira que alguien con una forma de comportarse tan lejos de lo que decía defender no hubiera puesto en marcha las alarmas. La vida privada tiene una parte pública cuando se tienen responsabilidades políticas. Cierto que no parece que cometiera ningún delito penal, pero la afición a establecer relaciones tóxicas y de dominio justamente con un evidente consumo de farlopa, no parece la mejor forma de ser consecuente con representar ideas progresistas donde el combate contra la violencia machista y la consecución de la plena dignidad para las mujeres se ha convertido en un elemento crucial. Dirigente que hace tiempo, al parecer, estaba fuera de control y autocontrol, cometiendo la enorme irresponsabilidad de debilitar y poner en peligro un proyecto político levantado por mucha gente. El reaccionarismo está de fiesta. Algunas luchas, habrán retrocedido unos años.

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La corrosión de la desigualdad

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Si algo corrompe a nuestras sociedades, es el aumento continuado de la desigualdad económica y social. Los aumentos de la producción, la productividad y la riqueza a escala global no cuentan con mecanismos de nivelación, sino con procesos que llevan justo a lo contrario. No es sólo la cantidad ingente de personas que todavía viven por debajo del umbral de la pobreza, sino que la iniquidad, el aumento de la desigualdad económica, de posibilidades y perspectivas, erosiona el mismo concepto de sociedad y lleva a la toma de posiciones políticas nihilistas y extremas. Fue a partir de los años ochenta del siglo pasado cuando esta dinámica se aceleró, producto la confluencia del predominio político y económico liberal-conservador, con el proceso de mundialización del comercio y de la circulación de capitales. La internacionalización de algunos factores económicos no era un tema baladí como tampoco sus efectos en la sociedad resultaban neutros. Las grandes corporaciones tomaban el mando, las fusiones le daban una nueva dimensión más acorde al nuevo escenario, y la posibilidad de los estados nacionales para someter la dinámica económica a los intereses de la colectividad iban perdiendo eficacia.

Israel

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La existencia y las políticas expansivas del estado de Israel llevan más de 75 años condicionando como ningún otro tema la política, la geopolítica y la seguridad internacional. La creación artificial de un estado judío en medio de territorios árabes, desplazando y subyugando éstos, como el tiempo ha demostrado no fue muy buena iniciativa. Tras la Segunda Guerra Mundial, un pueblo con fuertes vínculos culturales y religiosos que había sufrido una diáspora histórica reclamó una "tierra prometida" como propia, a pesar de ser una tierra ancestralmente ocupada por los palestinos. En el contexto de una mala gestión de la descolonización por parte de Gran Bretaña y del conocimiento e impacto de lo que había sido el Holocausto, buena parte de los países occidentales, así como las Naciones Unidas dieron vía libre a la culminación de lo que era el sueño y la reclamación del sionismo: la creación de un punto de referencia territorial para los judíos. El conflicto con el mundo árabe estaba servido y la supervivencia de este destino artificioso pasó tanto por armarse de forma disuasoria hacia los vecinos como disponer de la fuerza para practicar una política colonizadora que fuera disminuyendo la presencia palestina y los forzara a marcharse. Lo que debía ser una realidad mixta donde convivieran en paz judíos y árabes, se convirtió rápidamente en una subyugación y un intento organizado de exterminio. Mirar los mapas de 1948 y los de hoy sobre quién ocupa qué es más elocuente que ninguna explicación al respecto.

Sobre la Copa América de Vela

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Barcelona tiene ya una larga historia de hacerse y reponerse a golpes de eventos. Las grandes Exposiciones Internacionales, de 1888 y 1929, mostraron al mundo la fortaleza de la ciudad industrial y permitieron inversiones y darse a conocer en el mundo. El Congreso Eucarístico de 1952, en pleno franquismo, aparte de rehacer más o menos la fe de los catalanes dejó como resultado un barrio de viviendas sociales e impulsó un templo de la Sagrada Familia que todavía no había sido víctima de la desmesura de los sucesores de Gaudí. En 1992, probablemente vivió la ciudad el acto de promoción más emblemático y de exhibición de modernidad que tuvo como resultado aparte de ser admirada, la apertura al mar, las rondas y otra remodelación urbanística y de estilo, aunque el contrapunto ha sido la turistificación que vino después y que, hoy, resulta ya insoportable e insostenible. Tras las Olimpiadas se quiso crear otro evento, más bien fallido porque nadie entendió su sentido, como fue el Foro Mundial de las Culturas en 2004. Aunque gran alcalde, Pasqual Maragall no acertaba todas las ideas que ponía sobre la mesa. Joan Clos lo gestionó con tanta dignidad como pudo. Ahora se ha encargado que hiciera el papel de revulsivo, la Copa América de Vela.

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Los migrantes como cabeza de turco

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La inmigración no es un problema, y ​​menos aún los inmigrantes. La inmigración es un fenómeno complejo que, cuando se produce en forma de contingentes elevados y que se desplazan de forma informal y muy arriesgada, requiere ser abordado y gestionado. No es fácil y en cambio lo es -y mucho- hacer demagogia y expresar frustraciones y bajas pasiones que suelen tomar la forma de xenofobia.

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El cambio tranquilo

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Se acaba de producir en Cataluña un cambio de gobierno con formas y fondos impecables, una demostración de que la sociedad y la política catalana, en su mayor parte, mantiene una cultura democrática muy sólida. El presidente y el gobierno entrante agradecen el trabajo a sus predecesores y éstos desean suerte y aciertos a los que llegan. Los hechos colaterales de la jornada de la investidura han resultado irrelevantes, los últimos estertores de un personaje y de unos planteamientos políticos minoritarios y que con sus excentricidades no hacen más que devaluarse. Cataluña, ha entrado en una nueva época, en un nuevo ciclo político en el que imperará el gobierno de las cosas, la gestión de la realidad, la asunción de los problemas reales de las personas, el abandono de las fantasías y el regreso a la realidad. Hay quien dice, que con el presidente Illa la política catalana se volverá aburrida e insulsa después de años acostumbrados a la tensión dramática constante. Una afirmación que parte de la frívola idea de que la política es un divertimento, un juego de pícaros, sacar a pasear los delirios. Es bueno que la política pierda su dimensión de espectáculo y que se enfríen un poco las pasiones. Si lo que nos interesa es el bien común y el progreso del país, creo que puede ser muy interesante debatir, y así debería ser, los diferentes puntos de vista de cómo mejorar los servicios públicos, las infraestructuras necesarias y las que no, el papel del turismo, la integración de los contingentes migratorios, la política cultural que necesitamos o el papel de la industria. No hay épica, pero existe la vibración de un país y sus necesidades, también la expresión de su diversidad.

El Trumpismo está en todas partes

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Se está configurando en la política española un sector reaccionario que puede acabar siendo mayoritario, que hace de la xenofobia y el rechazo a la inmigración su caballo de batalla. Imitando los postulados ultraderechistas que hay en buena parte de los países europeos, así como el trumpismo, criminalizan a los migrantes presentes en nuestra sociedad, así como a los contingentes que van viniendo y así paliar las frustraciones de, desgraciadamente, una parte de la sociedad que proyecta en este tema su rabia. Se trata de buscar a personas más débiles de las que poder culpar de los males propios, responsabilizarles de todo tipo de miedos y todo ello envuelto en un discurso profundamente antipolítico. La llegada de población de fuera como el resultado de una gran conspiración para “diluir” nuestra cultura y dar lugar a la llamada “gran sustitución”. En nuestro caso, los magrebíes serían los peor considerados y más mal tratados no sólo por un tema cultural, sino con argumentos de signo religioso. El islam como gran enemigo de nuestra cristiandad. Una auténtica bestialidad. Hay quien ya se presenta públicamente como “islamófobo” y no genera el rechazo unánime de que merecería un posicionamiento tan estúpido. Se puede pensar lo que se quiera de culturas y religiones, y unas pueden gustarnos más que otras, pero el respeto debería estar fuera de toda discusión. En nombre de toda religión, en un momento u otro, hay quien ha practicado la barbarie más que la cultura. Deberíamos distinguir una cosa de otra.

A propósito de los ‘Menas’

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Este acrónimo está siendo muy importante en la política española. Sirve para que aquellos que hacen del discurso xenófobo y antiinmigración su único argumento se sientan imbuidos de solemnidad criminalizando a unos jóvenes que serían portadores de todos los defectos que se atribuye a los de fuera: delincuencia, incivismo, abuso del Estado de bienestar, nuestros excesos en la empatía hacia los pobres.... Se utiliza el acrónimo para evitar que lo que hay detrás tenga ninguna connotación de humanidad, como una forma neutra de hablar. Pero la realidad es que con esta palabrota se pone una etiqueta condenatoria a menores extranjeros no acompañados, es decir, chicas y chicos menores de 18 años que no tienen ningún adulto que los acoja o cuide y que son los servicios sociales de las comunidades autónomas quienes se hacen cargo, los tutelan, y les proporcionan un techo y educación. Niños que han huido de la miseria, que se han embarcado solos o han perdido a la familia por el camino, pensando que en el mundo occidental tienen alguna posibilidad más que quedándose en su país. Hay quien cree que, al proporcionarles acogida, se fomenta el efecto “llamada” a que vengan muchos más. Nadie se pregunta por qué huyen. Hoy en día estamos hablando de unos 10.000 jóvenes en esta situación. El problema no resuelto es que, cuando cumplen 18 años, se les pone en la puerta y que espabilen. Aquí comienza la auténtica marginación.

La ciudad espectáculo

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El mundo actual, más que por territorios, está conformado por ciudades. Grandes urbes que reúnen a buena parte de la población, que configuran un nódulo en los flujos globales de recursos, información, tecnología y conocimiento. Las ciudades globales (Londres, París, Barcelona, ​​Nueva York, Madrid, Ámsterdam...) aspiran a la totalidad de las energías de los territorios a los que no dejan ni población, ni oportunidades y menos protagonismo. Los estados-nación son una especie de rémora antigua. La competencia global es entre ciudades, las cuales pugnan por hacer de escaparate y atraer turismo de élite y economía del conocimiento, aparte de ser un referente de cultura y de grandes eventos mundiales. A menudo, detrás del esplendor que brindan hay muchas miserias, sufrimientos, expulsiones de la población hacia los márgenes y los problemas irresueltos son multitud. Barrios degradados que coexisten con procesos de gentrificación, falta de viviendas, turistificación insoportable, falta de servicios, pérdida de bienestar de sus ciudadanos, déficit de atención... Tras las lentejuelas de resultar ciudades deseables y deseadas, de representar el cosmopolitismo y la modernidad, hay gente que tiene que irse, las bolsas de miseria aumentan o no hay actividades económicas más allá del turismo. Las ciudades han pasado a ser para sus dirigentes y por las clases dominantes que cortan el bacalao, meros escenarios en los que exhibir grandezas que, en realidad, no se tienen. Destinos obligados en un mundo de movimiento acelerado y continuado en la conquista de fotografías para colgar en Instagram. Ciudades que, como las estrellas brillantes del music-hall, tienen una triste historia y una deprimente realidad cuando descienden del escenario. El marketing ya ha sido despojado de ser un puro instrumento para dar a conocer para constituirse en un fin en sí mismo.

Saturación turística

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El turismo es un fenómeno que en las últimas décadas ha crecido exponencialmente, y sigue haciéndolo. La pandemia le comportó un paro puntual, pero, después, quien más quien menos se ha lanzado a practicarlo como si no existiera un mañana. Es un comportamiento global que descansa sobre una industria ingente y sobre una promoción que la activa de forma desaforada. Ha cambiado la psicología colectiva y ya sólo "somos" en la medida en que viajamos. La finalidad del porqué lo hacemos no está muy clara, ya que la autenticidad de los destinos se ha perdido y, cuando hacemos el turista, poco más vamos a lugares que son idénticos y que están ocupados por turistas. Pero la cuestión es moverse que esto activa el gasto y el sector que está detrás es siempre deseoso de hacernos nuevas propuestas que, en realidad, son idénticas a las que ya nos hacía. Los vuelos son extremadamente baratos (o no tanto) e internet nos permite soñar que cualquier cosa que imaginamos es posible. El resultado agregado de todo ello es que los 2.000 millones de personas que podemos hacerlo, vayamos arriba y abajo sin que nos importe demasiado los efectos que esto tiene. Las instituciones y el negocio turístico, siempre de la mano, nos cuentan gozosos cómo vamos batiendo récords de visitantes años tras año, sus evidentes efectos no precisamente positivos no importan. El negocio es el negocio.

Crisis del europeísmo y de la democracia

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Para los europeístas, estas próximas elecciones al Parlamento pueden ir entre mal y muy mal. Los partidos de izquierda, los socialdemócratas y las demás, todo apunta a que también saldrán bastante maltrechos. Como hemos visto hace unos días en Madrid, con la concentración de figuras de la extrema derecha europea más el incalificable Milei, la batalla política que ha planteado el reaccionarismo europeo, tiene un gran calado, abundancia de medios y discursos lo más extremos posibles en lo que respecta a la polarización de la política y la sociedad.

El problema de la vivienda

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El tema de la vivienda es, su falta a precios asequibles, probablemente el tema más crucial en afrontar en los próximos años. En Cataluña, y especialmente en la ciudad de Barcelona, resulta dramático.

Matar al perro

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El maltrato animal está socialmente mal considerado y, además, es un delito. Hemos avanzado bastante. No hace tanto tiempo matar a perros o gatos o jugar de manera perversa con animalitos hasta destruirlos, era poco más que un pasatiempo, algo rústico, eso sí. En el mundo campesino, nunca se ha sido tan pulcro como en la ciudad con el trato a los animales domésticos. Se les respeta por su utilidad, pero por lo general no se cae en un exceso de proximidad y, mucho menos, al darles un trato de persona. La jerarquía está clara. En el mundo urbano, en los últimos tiempos, existe un exceso de animales de compañía, de mascotas. El crecimiento exagerado de la “animalofilia” probablemente también tiene que ver el ser una manera de combatir la soledad contemporánea, el tener a alguien con quien compartir algo, aunque sólo sea el cariño y el aprecio. No hace falta que nos hable. O quizás sí, según dice públicamente el presidente argentino Milei él habla con Truman, su perro muerto y, pese a saberlo, los votantes argentinos le han apoyado en masa. Qué tiempos. A los que nos gustan los animales de forma más convencional, les cuidamos, pero valoramos que mantengan esta condición; a menudo sorprenden y tememos que no sean relaciones muy saludables, cuando nos encontramos a conciudadanos que tratan a sus mascotas como personas, de manera exageradamente cuidadosa: podólogos, peluquerías, psicólogos, nutricionistas, vestidos de temporada y que, además, nos los hacen aguantar en situaciones que no deberían. En fin, los míos deben ser prejuicios de persona poco sofisticada que se crio y vive en el campo.

Tambores de guerra

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Entre los muchos conflictos militares y geoestratégicos con el peligro que deriven en bélicos, hay dos que generan especialmente preocupación, no porque unos muertos importen más que otros, sino por el temor que escalen y se conviertan, prácticamente, en enfrentamientos globales con lo que esto significaría a nivel humanitario, pero también sus efectos políticos, económicos y sociales que se derivarían. Hablo de Ucrania y de Gaza, para poner nombre a agresiones centrándolo en sus principales perdedores. La invasión de Ucrania por parte de una Rusia que pretende rememorar el sueño imperial de los zares y de la Unión Soviética, es también el resultado de la impericia occidental a la hora de ayudar a reubicar a Rusia en el marco global después de la implosión del sistema comunista. Más allá de las manías de Putin, ni la OTAN ni la Unión Europea han tenido estrategia ni tacto para incorporarla, o bien no hacer movimientos que la pudieran hacer sentir sitiada. No ha sido una buena idea llevar soldados y armamento a sus puertas, tratando al país como enemigo durante las últimas décadas. Para Europa, el seguimiento acrítico de la estrategia norteamericana de aislar a China neutralizando a sus aliados, ha resultado nefasto. Tanto con un país como con otro, Europa debe comerciar y colaborar, no buscar el enfrentamiento. En estos momentos la guerra de Ucrania está empantanada y cada vez toma más vuelo. La resistencia sólo se sostiene con la profusión de armamento y recursos que envía Europa Occidental. Una guerra que, en modo alguno, puede ganarse porque Rusia que es una potencia nuclear, no la puede perder. La escalada verbal y bélica va haciendo un in crescendo, y se corre el peligro de que tome mucha mayor dimensión. Líderes europeos, día sí y día también, apelan a aumentar el gasto militar y prepararnos para la guerra. Un escenario, éste, que acabaría siendo dantesco. En el tema de Ucrania, o bien se fuerza a una salida pactada, o no tiene salida. Las soflamas de guerra poco aportarán a la solución del problema.

¿No éramos una sociedad laica?

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Que los estados y sociedades en su dimensión pública dejaran de ser confesionales ha sido históricamente una ardua y dura batalla, incluso sangrienta. Hasta la época moderna, no se concebía el laicismo ni individual ni colectivo. La creencia religiosa, el temor a Dios, era una norma relevante y de obligado cumplimiento. Ya conocemos que les pasaba, durante muchos siglos, a los que se apartaban de esta ortodoxia. No fue hasta el siglo XVIII, y sólo para unas escasas minorías, que empezó a imaginarse un mundo sin Dios y en todo caso, ganó enteros el concepto de “tolerancia religiosa”, es decir, el respeto absoluto a cualquier tipo de creencia arrancando de las iglesias el derecho adquirido a la imposición de una fe y una moral incontrovertible. En el mundo de la Ilustración, que es de lo que hablamos, se fue imponiendo también la noción primordial de que las estructuras políticas, los Estados, debían ser no confesionales, pues la dimensión religiosa formaba parte del ámbito de lo que era privado. Todo el mundo podía tener y expresar la religiosidad que quisiera, o no tenerla, pero en ningún caso podía imponerla o hacerla dominante en el espacio público. Un hecho éste, al que el catolicismo fue, y todavía es, reacio a abandonar. Que una parte importante de la ciudadanía del sur de Europa venga de tradición católica, no implica, aunque sea practicante y que su vínculo vaya más allá de ser un referente cultural, un hábito, que ha ido perdiendo peso en un mundo y unas vidas mayoritariamente secularizadas.


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