En su conocido libro “La trahison des clercs” – obra publicada en 1927, cuyo título puede traducirse aproximadamente como “La traición de los eruditos o de los intelectuales” – el ensayista francés Julien Benda, observó y describió a las élites “autoritarias” de su época, mucho antes de que nadie más fuera consciente de su importancia. Anticipándose a mi admirada Hannah Arendt, se centró, no en las “personalidades autoritarias” como tales, sino más bien en las personas concretas que apoyaban un autoritarismo que, como él mismo podía ver, ya estaban adoptando formas, tanto de izquierdas como de derechas, en toda Europa. Benda describió a ideólogos, tanto de extrema derecha como de extrema izquierda, que pretendían fomentar, ya fuera la “pasión de clase”, en forma de marxismo soviético, o la “pasión nacional” en forma de fascismo y, acusó a ambos grupos de traicionar la labor esencial del intelectual, la búsqueda de la verdad, en favor de determinadas causas políticas concretas. Irónicamente, para designar a aquellos intelectuales venidos a menos, utilizó la palabra “clerc”, un término que en francés también significa “escribiente” y, en su sentido propiamente etimológico, “clérigo”. Diez años antes del Gran Terror de Stalin y, seis de que Hitler llegara al poder, Benda ya temía que los escritores, periodistas y ensayistas, reconvertidos en emprendedores políticos y propagandistas, incitaran a civilizaciones enteras, a ejecutar actos de violencia. Y, en efecto, eso sería lo que ocurriría.