Monty. 1066. En Falaise. II
Pero lo cierto es que, se creyera o no en Montgomery, se le amara o se le odiase, se le tratara con respeto o con indiferencia, casi todo el mundo coincidía en una cosa: no había dos como él. Ni siquiera se parecía al retrato consagrado, de un general británico. La mayor parte de sus predecesores, desde Wellington, habían sido hombres corpulentos y arrogantes; Montgomery era pequeño y fibroso. No tenía el rostro de color encendido, ni la voz profunda, ni la cordialidad que ordinariamente va de la mano, con aquellos que han triunfado en el campo de batalla.
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