Después de hablar con los guías de caravanas, como adelantamos en el anterior escrito, László Almásy contorneó el Jilf Al Kabir por el norte con uno de los coches y, penetró por la desembocadura del wadi Abd El Melik, primero de los valles avistados, siguiendo las huellas de una antigua senda de camellos. Desde su interior, el 5 de mayo, acompañado por uno de sus sudaneses, trepó a la meseta, superando los 200 metros de altitud de un talud rocoso. Una vez arriba, continuaron hacia el este y, 5 km antes de llegar al borde occidental del Jilf, divisaron un amplio valle a sus pies… ¡allí estaba el wadi Tahl! El tercero de los mencionados por Wilkinson. Sin tiempo para descender a él, Almásy apreció que debía tener casi 2 km de anchura y, que numerosas acacias se esparcían sobre su fondo, al menos en una extensión de 4 km de longitud. Antes de emprender el regreso al campamento, aún pudo contemplar, no sin cierta excitación, el vuelo de un pequeño pájaro, especie de estornino, al que los beduinos llamaban “zarzur” … ¿Se trataba de un presagio?